—¿Me das fuego? —La chica se acerca a uno de los policías que acordonan la Puerta del Sol. Está solo, alejado del barullo de las sirenas.

Varios coches y furgones policiales y una ambulancia dibujan destellos en la neblina anaranjada de la noche madrileña. También hay luces por las calles laterales.

—Apártese, señorita. —El agente usa su radio. Solicita otra ambulancia.

Es tarde y hace frío. El termómetro de una marquesina marca dos grados. La ropa que lleva la joven no abriga. El vestido es corto y de tirantes. Se sujeta el pelo con una cinta de raso con pluma larga y negra. Guantes, también negros y suaves, hasta el codo. Collar de perlas. Falsas, por supuesto. Todo alquilado. El tema de la fiesta de la que viene era sobre los años veinte. Se aburrió bastante. Pero tuvo la suerte de encontrar una presa fácil antes de coger un taxi.

¿Qué ha pasado, agente? ¿Algún fallecido? —dice con voz melosa y pone morritos.

Ella sabe que sí. El policía no se inmuta. Si lo ha hecho, disimula muy bien.

—No se lo volveré a decir, señorita. Apártese.

—¿Y si no quiero? ¿Me vas a cachear? Espero que tengas las manos calientes.

El rostro del hombre cambia. Pero no es lujuria. Es otra cosa.

—¿Hay alguien esperando en casa, machote? —No parece ser de los que tienen familia.

El policía agarra el brazo enguantado de la joven y la acerca a su pechera. La cabeza de la muchacha apenas alcanza la barbilla del hombre.

—He dicho que se vaya —dice muy despacio y la suelta.

Ella se da cuenta. Lo ha intuido. También es un depredador. La joven lanza un cebo.

—¿De quién es el uniforme? Te queda algo justo —Pasa su mano por la zona del ombligo con suavidad—. Estás algo lejos de tus compañeros y de la escena del crimen. ¿Has sido malo?

—Voy a tener que enfadarme, señorita —susurra.

—No. No te vas a enfadar.

—¿No?

Es parco en palabras. Eso le gusta. No es guapo. Pero tiene un rostro bien cincelado.

—Dime, ¿qué has hecho? —Está intrigada. Ese hombre esconde algo.

—¿Hacer qué? —Ha sonreído al preguntar. La sonrisa es cruel, lobuna.

Ya tiene toda su atención. Decide enseñar todas sus cartas.

—Lo mismo que yo. Matar. El mío, un vagabundo borracho. No era nadie. ¿Y tú? ¿A quién has matado? ¿A cuántos?

Sabe que ha matado. Varias veces. Puede verlo en sus ojos.

—¿Por qué lo haces, Valentina? —Ella se estremece—. Has tenido una oportunidad. He dudado al principio y podías haberte ido. Pero eres malvada y presumes de ello. Dentro de poco llegará la ambulancia que he pedido. Es para ti. Para otro cadáver.

No tiene tiempo de reaccionar. Él saca un cuchillo. La punta traspasa el vestido fino y se hunde en el estómago. Llega hasta la columna. Valentina es esbelta. Le gusta ir al gimnasio. Escucha la voz del hombre, lejana:

—Y, por cierto, el uniforme es mío. He engordado un poco, lo sé.

Valentina ya no tiene frío. Las luces que parpadean en el cielo anaranjado de Madrid se diluyen. Todo se vuelve oscuro.

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