Laura vuelve a mirar su reloj de cadena. Ha perdido la cuenta de las veces que lo ha hecho en los últimos minutos. Está nerviosa, impaciente. Le incomoda la gente que la observa. La Puerta del Sol es un lugar muy concurrido, pero es el idóneo. Un punto mágico. Agacha la mirada y abre la tapa, quedan cuatro minutos.

—¡Laura! —Una voz suena por encima del ruido de la ciudad.

Levanta la vista y ve a Ariadna correr hacia ella, esquivando a la gente.

—Laura… —dice sin aliento al llegar a su lado—. ¿Donde estabas? Llevo toda la tarde buscándote.

—He estado ocupada — contesta ella sin dejar de observar a la gente de alrededor.

Ariadna se sienta a su lado, en el borde de la fuente y la observa. Laura vuelve a consultar el reloj. Tres minutos.

—¿Por qué estás vestida así?

El vestido de tirantes decorado con lentejuelas destaca entre la ropa de abrigo del resto de gente. La pluma de su diadema se mece por la suave brisa al mismo ritmo que las de la boa que cubre sus hombros.

—Es como estoy cómoda —responde. Varias personas han alabado su "disfraz" y, aunque no le molesta, le resulta incómodo que lo confundan—. Es mi ropa. Me voy.

—¿Qué te vas? ¿A dónde?

—pregunta Ariadna.

—A mi casa —dice mientras rebusca en el pequeño bolso de negro de flecos. Intenta parecer calmada, pero la rabia y el dolor la consumen por dentro—. No puedo seguir aquí. No es mi sitio.

Ariadna la coge del brazo y nota su mano caliente sobre la piel. Un escalofrío le recorre la espalda y se obliga a apartarse de ella con un movimiento brusco. Saca el pequeño dispositivo electrónico que le dio la agencia y se cuelga el bolso al hombro. Observa la hora de nuevo: solo faltan dos minutos.

—Este no es mi lugar —murmura. Aprieta con fuerza el dispositivo y se dice a sí misma que no puede llorar.

—Ya lo se, pero si vuelves allí...

—¡No quiero saberlo! —grita Laura.

Se quita los zapatos y los recoge del suelo antes de ponerse de pie. Nota la cara de asombro de Ariadna y los murmullos de los que les rodean cuando se mete descalza en el agua helada de la fuente. Un minuto queda, según su reloj.

—¡Laura, sal de ahí!

—Me alegro de haberte conocido —se despide. Le resulta imposible seguir conteniendo las lágrimas—. Pero prefiero volver a mi época.

Laura pulsa el interruptor del dispositivo ante la cara extrañada de Ariadna y el paisaje de alrededor se desvanece. Tras unos segundos de oscuridad comienza a dibujarse un nuevo entorno. Unos edificios más bajos, unas estructuras más toscas. Un tranvía cruza frente a ella. La explosión del escape de un Ford la saca de su ensoñamiento.

—De nuevo en casa —suspira con tristeza. Sale de la fuente y se pone los zapatos.

Vuelve a llorar al recordar a su bisnieta, pero esta vez lo hace de felicidad.


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