Abrió los ojos y un potente grito casi le reventó los tímpanos.

—¡Feliz año nuevo!

Asustada, miró a uno y otro lado. Estaba en una plaza, rodeada de personas que gritaban y se abrazaban. Una tormenta de fuegos artificiales estalló sobre su cabeza. Sofía se preguntó si el invento habría dado resultado. Miró a su alrededor y encontró la respuesta en el alto edificio que se alzaba al fondo de la plaza; justo debajo de lo que parecía ser un campanario, había un cartel luminoso que rezaba «Feliz 2020».

«Así que Juan lo consiguió —se dijo—. He llegado. Ahora solo debo buscar a la chica».

La cabeza le daba vueltas. Tal vez fuera un efecto secundario del viaje, se dijo. Se escabulló entre la gente como pudo. Tuvo que tener cuidado para que no la pisaran; llevaba sus delicados zapatos merceditas recién comprados. El frío se colaba por debajo de la falda de su holgado vestido negro, que le llegaba un poco más abajo de las rodillas. Un grupo de chicas pasó por su lado y alabaron su ropa.

—¡Qué buena idea! ¡Los felices 20 han vuelto!

Sofía se limitó a sonreír. Se caló un poco más el sombrero cloche sobre el pelo corto y se cubrió los hombros desnudos con su chal de seda. Desde un extremo de la plaza, escudriñó los rostros de las personas que celebraban el año nuevo. Ella tenía que estar allí. Solo debía buscar un sombrero amarillo. Según la carta que les había dejado la Viajera, el fin del mundo empezaría en la Puerta del Sol de Madrid el día 1 de enero del año 2020.

Sofía sacó su boquilla y le dio una larga bocanada para entrar en calor, pero luego recordó su estado y la lanzó al suelo. La pisoteó, nerviosa, y pensó en lo que les había explicado la Viajera: ocurriría una hecatombe que iniciaría una serie de desgracias, y todo por un simple gesto. Sofía no lo había vivido, pero era la única que podía detenerlo. 

Creyó ver una figura alta y desgarbada entre la muchedumbre. Su cabeza adornada con un gorro amarillo resaltaba entre la multitud. Sofía anduvo hacia ella. Las palabras de la Viajera resonaban en su cabeza a cada paso que daba:

«Debes detenerla, Sofía. Tú serás la encargada de viajar a mi pasado, que es tu futuro, para evitar el presente en el que vivo».

Sofía se acercó por detrás y le puso una mano en el hombro. Ella dio un respingo, pero no se giró. Escondía su mano derecha bajo la chaqueta. Sofía creía saber qué ocultaba.

—No lo hagas —le dijo. 

—Tengo que hacerlo. —Una bocanada de vaho se formó frente a sus labios—. Me han hecho tanto daño…

—Sentenciarás tu futuro.

—¿Por qué he de obedecerte?

Sofía acarició su vientre algo abultado bajo la suave tela del vestido. 

—Porque somos familia.

La joven se giró despacio y Sofía enseguida reconoció los rasgos de su rostro y sus ojos claros.

Era ella. 

Su bisnieta era la Viajera.




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