Cerró los ojos por un momento para armarse de valor y suspiró justo antes de abrir su portal.

Parecía un día como otro cualquiera en la Puerta del Sol, con su bullicio, sus negocios abiertos, su gente tratando de ganarse la vida y otros andando cada uno a lo suyo.


Aquel día no tenía nada que ver con cualquier otro, ni tan siquiera era un día especial ni una fecha señalada en el calendario. Mas aquel era un día único, irrepetible.


Los zapatos le eran extraños y le costaba un poco andar con ellos, sin embargo no restaba para nada determinación a sus pasos.


El sol había salido aquella mañana por primera vez en varios días y pensó que quizá lo había hecho para saludarle. Su sonrisa se ampliaba con cada paso, llenándose de valor y de fuerzas al ver que caminaba entre las gentes de Madrid como cualquiera, al darse cuenta de que nadie le prestaba atención a pesar de llevar sus mejores galas.

Nunca antes se sintió mejor el ser ignorado.


Tal vez fue la alegría, tal vez fueron los nervios o un despiste, tal vez fue la ensoñación sobre un futuro que comenzaba… de seguro fueron los zapatos los que provocaron que tropezara.

Unos fuertes brazos acudieron en su ayuda impidiendo que cayese al suelo y una sonrisa perfecta de dientes blancos fue lo primero que vio cuando un apuesto joven le acomodó el cabello tras asegurarse de que recuperaba del todo el equilibro.


—¿Estás bien, preciosa? —le preguntó.

—Sí, gracias —fue todo lo que acertó a responder, se había quedado sin voz mirando aquella sonrisa. Una sonrisa limpia y sincera.

—Cuídate, no se vayan a lastimar ese par de piernas —se despidió el joven con un guiño.


Ella lo contempló marcharse por un rato y tras perderlo de vista se giró hacia el escaparate de una tienda para que le sirviese de espejo.

Vio que todo seguía perfecto, su vestido de flecos, sus guantes que le llegaban por encima de los codos, el collar de perlas blancas que le caía hasta la altura del ombligo, su melena negra y lisa que llevaba el corte a la última moda de mil novecientos veinte adornada con una pluma en su diadema.

Sus labios rojos…


Definitivamente Antonio había quedado atrás para siempre al salir de aquel portal, Toñi paseaba ahora por la Puerta del Sol.




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