Elena siempre había creído en el poder de los números. Bueno, realmente no siempre. Antes había creído en el reiki, el cristianismo, el zoológico galáctico y el budismo tibetano. Pero esa era una Elena más joven y crédula. Ahora sabía que los números y su relación con la armonía del universo eran clave para la felicidad. Los principios eran claros: el universo siempre escucha, los pensamientos son energía y debemos visualizar el mundo que queremos.

Por eso se encontraba dónde se encontraba, donde ningún madrileño (o al menos ninguno que ella conociese) querría encontrarse nunca: en plena Puerta del Sol en Nochevieja, algo más de trescientos minutos antes de que las campanas del reloj marcasen el comienzo de una década, en más de un sentido. Elena trataba de concentrarse en los principios de la numerología para intentar evitar pensar en los ojos risueños y las muecas burlonas que venían en su dirección.

Siendo justa, había pensado que, con el trajín de ese día y ese lugar, nadie iba a fijarse mucho en ella. Y es verdad que la mayoría de la gente sencillamente actuaba como si fuesen las únicas personas del mundo. Un grupo de turistas orientales se fajaba alrededor de la osa y el madroño para hacerse una foto, de uno en uno, tocando al animal. La ballena escupía gente de forma tan continua que una no sabía si se trataba del Metro o de un hormiguero.

A decir verdad, se sentía un poco más insegura con su plan que cuando se le había ocurrido unos días atrás, precisamente cuando iba esquivando cuerpos en la misma Puerta del Sol, buscando el regalo perfecto para todos, cuando alzó la vista y se encontró con el reloj, imponente, eterno. Fue entonces cuando se dio cuenta, como si hasta entonces solo hubiese sido consciente a medias, de que todos sus cumpleaños empezaban igual: con ese poderoso aparato marcando las campanadas para que la gente se comiese las uvas al compás de sus tañidos.

Y entonces Elena, que llevaba todo el año rumiando la idea de estar en plena cuenta atrás para cumplir veinte años, tomó conciencia de que iba a cumplirlos justo cuando el reloj diese el inicio de 2020. Si quería atraer la felicidad que había faltado hasta ese momento a su vida, la cosa estaba clara. Solo tenía que vestirse como una de esas mujeres de los felices años 20 y esperar que el universo hiciese su parte.

Así que fue a la peluquería, se hizo un corte bob sobre el que se puso un sombrero cloché, además de un vestido corto estampado de flores y se aplicó colorete con entusiasmo antes de coger sus doce uvas y poner rumbo a la Puerta del Sol. Y allí estaba. Y, pese a las miradas de soslayo y las medias sonrisas que volaban en su dirección, sabía que no se lo podían quitar. Que tenía un pacto con el universo, y esa década iba a ser mágica en su vida.



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