El carrillón comenzó a sonar. Doce campanadas para el final. Claudia corría tan rápido como los tacones le permitían, implorando que el negro de su vestido de charlestón le ayudase a ocultarse entre las sombras. Le temblaban las piernas, sobre sus hombros sentía la boa de plumas como un pesado lastre. Una cinta de satén recogía el sudor de su frente, que intentaba huir de su cuerpo antes del desenlace. Talán.

No sabía cómo hacer aquello. Una sombra le hizo retroceder con un gemido de cachorro. Talán.

Su sombra, ridícula, temblorosa; el tocado de plumas convulsionaba al ritmo de su corazón. Apretó sus manos en torno a la pistola Star, no sentía el frío metal con sus guantes, pero sentía el peso, atándola a la escena. Talán.

Calculó cuanto tardarían en encontrarle si disparaba. Retiró el dedo del gatillo, se tapó la boca para ahogar el llanto. Tenía miedo. Talán.

Miró a su alrededor, había estado miles de veces en la Plaza del Sol, un escenario de paso casi diario. Debía reaccionar, quizás el tranvía podía ofrecerle refugio. Talán.

Miró a su izquierda, creyó oír algo junto al carro de combate, derecha, podrían estar en cualquier parte. Talán.

Gateó hasta un Seat 600 con margaritas en el capó, ridículo contraste con su vestido, su ánimo y la sobriedad de la muerte vecina. Talán.

Avanzó. Odió los estúpidos tacones; estúpido sorteo, estúpidas reglas. Debía conservarlos, no alterar nada. Solo suerte e ingenio. Talán.

Solo había dos parapetos por alcanzar sin ser vista: un furgón policial con la pintada “mucha policía poca diversión” y un carruaje de la Santa Inquisición. Talán.

Si los alcanzaba podría llegar a la placa del Km. 0, ansiada meta, y acabar con aquello. Un proyectil le sorprendió. Talán.

Una saeta se clavó a su espalda, no vio al tirador. Se acabó. Le habían descubierto. Echó a correr. Desde la distancia vio una armadura intentando llegar a la placa en pesada carrera. No se lo pensó, con los ojos cerrados disparó. La armadura cayó. Algunos habían tenido más suerte en el sorteo que otros. Oyó una detonación, vio a un bandolero cargando su trabuco con frenesí. Tras el tranvía surgió un fusil republicano. El soldado fue derribado por un escudo romano. Claudia pensó que sucumbiría a la locura antes que a las armas. No sabía cuántas campanadas quedaban. Talán.

Los focos alrededor de la plaza se iluminaron. Los competidores quedaron congelados. Claudia sabía lo que significaba. Alguien había alcanzado la meta antes del nuevo año. No habría nuevo año. Los vencidos se prepararon para ser descartados.

El Alcalde proclamó 1999 año campeón de las Campanadas de los Anacrónicos. El chándal y la navaja habían dado un giro inesperado al festejo.

—¡Feliz 1999 a todos! ¡Gloria a revivir y tradición a seguir!

1999, nostalgia y pop. Comedias y acción. Nadie tenía por qué mirar al futuro, no había futuro posible. Solo conformismo.

Pero aquel cuyo espíritu distinto tenía, lamentó Claudia, Noche Vieja su suerte escogía.

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