“Pues no estoy tan mal…veamos qué tal va la mañana” mientras se examina en la cristalera del centro de la plaza. Aún es temprano para que los perezosos turistas hayan llenado la plaza, por lo que elige uno de sus sitios predilectos, cerca del Oso y el Madroño, y a la sombra de uno de los edificios que alberga una tienda de telefonía.

Resopla. “Dios, NECESITO un café”. Taconea nerviosa, intentando calmar el remolino que siente que empieza a subirle ya por el estómago. “¿Qué hago aquí?”. Tres años de estudios dramáticos, dieciocho meses de gira por toda la península y ahora… ¿esto?

Saca un espejito del bolso y evalúa el rojo de sus labios, el negro que rodea los ojos, y por último, el tocado que, pese a lo que pueda decir la abuela, bien podría haberlo comprado ayer por la tarde en una tienda de disfraces. “No sé yo si la madre de la abuela tendría el dinero y el glamour necesarios para llevar esto, pero lo cierto es que a mí me sienta de lujo”. Estira la espalda y saca el pecho mirando juguetona a los primeros turistas que empiezan a llegar, en su mayoría asiáticos. La miran curiosos y algunos ríen tímidamente, pero todos pasan de largo. “Vaya, será que la Almudena es mucho más bonita que yo”.

Las horas pasan y nada sucede. Una amiga de la academia se pasa a saludarla, su turno empieza a la hora de la comida. Fuman un cigarro a medias y prometen llamarse un día de estos. “No te voy a llamar OBVIO. Somos actrices frustradas. Tú sirviendo hamburguesas y yo aquí… que no sé ni qué hago aquí”. Mira a su alrededor. Le piden fotos y sonríe, complaciente. Les va poniendo parte de su atrezzo, y posa con posturas absurdas. Sonríe. Saluda. Sonríe mucho cuando le dejan unos céntimos en la maleta forrada en terciopelo que tiene delante.

La mañana va tocando a su fin y cada vez hay más gente. “Malditos, iros a comer. ¿Que no veis que es la hora de comer? ¡Si yo me estoy muriendo de hambre hace horas!”.

Aburrida, mira a su alrededor y se le cruza una idea por la cabeza. Empieza a reir histérica, nerviosa, feliz. Cuenta las monedas junto con el arrugado billete que ha conseguido ganar y se acerca a Bob Esponja.

- Eh tío, ¿Cuánto pides por tu disfraz?

Bob empieza a saltar y bailar una absurda coreografía. Al momento se le unen Dora la Exploradora y Mickey Mouse. Los turistas hacen un corro a su alrededor y les vitorean.

"Esto es de locos. Me voy a casa y ya mismo me cojo un autobús al pueblo. Estoy harta de la Gran Ciudad"


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