María se había vestido de gala. Llevaba el mismo vestido que aquella vez hacía tantos años, cuando su querido José le propuso matrimonio. Un siglo exactamente, madre mía como pasaba el tiempo. La vejez la había adelgazado tanto que le volvía a caber en él. Su bisnieta y tocaya le decía que le quedaba perfectamente. Tenía brillantes por doquier (todos falsos, las lentejuelas hacían ya milagros), un collar de perlas (esas sí que eran de verdad), la falda de flecos y una cinta en la frente con una pluma negra. 

Vestía mucho mejor que la mayoría de los que estaban a su alrededor. Todos llevaban abrigos. Lo normal un 31 de Diciembre a las once de la noche. Algunos se atrevían a lucir unas gafas con forma de 2020. Uno de sus nietos se la había intentado poner a la matriarca de la familia. La mirada asesina que le había lanzado esta le hizo retroceder tanto que provocó una carcajada generalizada. 

Estaban en la Puerta del Sol. Era una tradición familiar. Desde siempre, se reunían allí para acoger el año nuevo. Lo habían hecho en época de República, de guerra, de dictadura, transición, de democracia. El que María no pudiese moverse de su silla de ruedas no le iba a impedir comerse las doce uvas en su plaza, con el calor de los alegres desconocidos, y las doce campanadas tan familiares. 

Conforme la hora decisiva se acercaba, la excitación iba subiendo cada vez más entre la multitud. María podía sentirla también. Su pecho repiqueteaba con los gritos de la gente y las caras impacientes de su familia.

—No os olvidéis de pedir un deseo al acabar las uvas.

Esa era otra tradición familiar instaurada por María. Con la última uva, un deseo para el año nuevo.

Entonces la oyó: el cling, cling, cling de la bola descendiendo anunciando que iban a venir los cuartos. Un niño impaciente quiso empezar a comerse ya las uvas. Sus padres lo pararon y tuvo que escupirlas antes de volverlas a comer porque empezaban a sonar las campanadas. 

Una....

Dos....

Tres...

María...

Cuatro...

Cinco...

Seis...

Siete...

María....

Ocho... 

Nueve...

Diez...

Once...

Y ¡¡Doce!!

¡FELIZ AÑO NUEVO! 

Y María se quedó para siempre en la Puerta del Sol.

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