Leia, con sus ojos rasgados, observa la gente. Está sentada junto una fuente enjardinada y encarada a la figura ecuestre de algún rey olvidado. La plaza no la recuerda cómo la ve, pero sabe que en doscientos años algo habrá cambiado, y por un momento se pregunta si ha viajado a otro universo, u otra línea temporal. La gente viste como a principios del siglo veintiuno. Ella, con sus antebrazos enfundados en guantes de rejilla blancos, manosea nerviosa un paraguas, ahora cerrado, que hace conjunto con su vestido Charleston negro. Alguna cosa ha fallado, este no es el momento histórico programado en su consola virtual.

Maldice entre dientes a Ranma, el amigo que ha preparado este encuentro en el Madrid de principios del siglo veinte. Alguna cosa ha fallado, solo el sitio es el correcto.

Intenta calmarse y carga su soporte telescópico de fumar con un cigarrillo, lo enciende con soltura. Ha practicado durante varios días, viendo películas antiguas de sus abuelos. Ha dejado la caja de tabaco abierta en su regazo, y se admira al oír el sonido de unas monedas repicando. Y la postilla de un peatón —bonito disfraz, —ha comentado un hombre de tez morena a su pareja y apuntándola con un desfasado teléfono personal del siglo pasado. Le ha hecho una fotografía y eso la enoja, pero mira de disimular con una sonrisa al transeúnte que ya se aleja.

Ahora entiende que el oso y el madroño no estén donde ella creía que deberían estar. Alguien los cambió de sitio a finales del veinte, al reordenar la plaza, y aquella caseta de cristal para acceder al metropolitano en el espacio peatonal, tampoco la tenía controlada. Otra cosa de finales del veinte.

Coge las monedas, las mira con atención. Son euros. Piensa que en su tiempo ya nadie usa monedas, pero se las llevará, seguro que el programa puede hacerlo. Es tan realista.

Piensa que es mejor terminar con la visita, entendiendo que Ranma estará en otra realidad. Ella le había hablado de los locos años veinte, y él debió entender otra cosa. Pero entonces oye su voz. Lo tiene sentado a su lado y ella lo mira con asombro. Ya no esperaba verlo en aquel Madrid.

Ranma, vestido con un traje blanco de la misma época que ella, sostiene un mechero de plata, lo enciende y Leia observa que tiene su cigarrillo apagado. Cala para que prenda de nuevo y parpadea al sentir que algo ha cambiado. Ya no están sentados y ahora ella ve con claridad la marquesina de los ascensores que bajan hasta los pasillos del Metro de Sol, inaugurados a finales del año 1921. Admirada observa los tranvías jardinera, van repletos de gente animada que visten como ellos, ansiando celebrar el fin de año.

Ahora sí, Leia sonríe feliz de verse donde deseaba. No quiere perderse las campanadas del año que nació su rebisabuela, la primera china hispana registrada en Madrid, la actual capital del Imperio en Poniente.


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