—Salta.

Lorena se estremeció al escuchar al hombre de la capa.

Salta conmigo, digo salta —canturreó de manera automática.

—Pero ¿te crees que estamos en un karaoke?

—Perdón, perdón. Es que estoy muy nerviosa.

Se asomó desde el campanario para mirar hacia abajo y los flecos negros de su vestido se balancearon con ella. La Puerta del Sol estaba prácticamente desierta a esas horas de la madrugada. Era el mejor momento para hacer aquello, reflexionó; nadie repararía en la chica que saltaba desde el reloj más famoso de España.

—Cuanto más te lo pienses, menos éxito tendrás.

—¿Y si no estoy preparada?

—Lo estás, Lorena.

La chica rio, incrédula, y negó varias veces con la cabeza.

—No, no. No me ha dado tiempo a mentalizarme. Te presentaste sin avisar y me sacaste de una fiesta de disfraces que, no es porque yo la organizara, estaba yendo muy bien. Y, ahora, pretendes que salte, así sin más.

—Así sin más, no. Es tu hora.

Lorena giró sobre sus talones para encarar al hombre. Sabía muy poco de él, solo le había visto una vez en su vida e iba tan borracha que no se acordaba bien de qué habían hablado; solo que, llegado el momento, le ayudaría «a nacer».

—No quiero hacerlo. 

—Puedo empujarte.

Estar de espaldas al vacío multiplicó los vértigos que aquella horrible sugerencia despertó en su estómago, por lo que volvió a girar sobre sí misma para tener un mínimo de control sobre el lugar.

—¿Sabes que llevé este vestido al casting de Las Chicas del Cable? —Se llevó una mano al collar de perlas—. No me cogieron, pero eso demuestra mi compromiso con las cosas que me importan. Soy profesional, soy trabajadora, puedo incluso enseñarte un truco para que la declaración de la renta te salga siempre a devolver.

—Salta, Lorena.

—¿De verdad tengo que hacerlo?

—Tu madre lo hizo.

El corazón le dio un vuelco. El silencio que reinaba en la plaza se trasladó al pequeño espacio que compartía con el hombre de la capa.

—¿Conociste a mi…? —Enmudeció cuando sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Gritó con todas sus fuerzas. El maldito la había traicionado; tardaría poco en estamparse contra el suelo, pues la torre del reloj no era de los edificios más altos de Madrid.

Entonces algo la empujó hacia arriba, una fuerza que revolvió el aire a su alrededor e interrumpió la caída. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era ella quien lo provocaba: dos enormes alas aleteaban a su espalda.

—¡Ostras! —exclamó mientras aterrizaba con torpeza a los pies de la Real Casa de Correos, agradecida de seguir viva.

Echó la cabeza hacia atrás para intentar verse las alas. Decenas de filigranas doradas recorrían su superficie translúcida como raíces. Eran finas, pero parecían suficientes para mantenerla en el aire.

—Enhorabuena —anunció el hombre, a su lado otra vez. Su capa había resultado ser otro par de alas—, ya eres un hada. Siempre os cuesta el primer salto.

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