Los flecos del vestido le rozan las piernas con cada paso y sus tacones de aguja repiquetean contra los adoquines. El sonido viaja por la plaza desierta, rebota en las fachadas de los edificios y regresa hasta ella, parecido pero nunca igual.

Nunca es igual.

La pedrería del vestido la convierte en una sombra de azogue. Resigue con la mirada las sinuosas vías del tranvía y se sienta en una de las barandas que rodean la boca del metro. En aquella Puerta del Sol inundada de luz de luna ella sólo tiene ojos para el gran reloj congelado, condenado a no dar las doce.

Pero el tiempo se acerca, puede sentirlo como una caricia en la piel. La sonrisa le estira los labios rojo cereza y se atusa las plumas del chal y el tocado de su frente con las manos enguantadas, aunque no hay necesidad. Sus ropas siguen tan inmaculadas como el primer día; en ese mundo petrificado los objetos no pueden romperse ni cambiar. Se detiene al oír unos pasos. Su única compañía en aquel instante prendido en el tiempo. Toquetea el cristal ensartado en su collar de perlas.

—Al fin me has encontrado. —Su propia voz le resulta extraña—. Es un bonito año para que se rompa el hechizo, ¿no crees? Con sus curvas y sus ceros, rotundos e infinitos como la rueda de la fortuna.

—Némesis, por favor —suplica él como la última vez. Como cada vez.

—No has envejecido un día en estos noventa años, mortal. —Le dedica una breve mirada maquillada con rímel y desdén—. Me pregunto si es por eso que tampoco has ganado en sensatez.

—Queríamos salvarlos, íbamos a arreglarlo, a…

—A encerrar a la veleidosa Tyche, diosa de la fortuna, en este artefacto vuestro. —Acaricia la gema sobre su pecho—. Así podríais usar su don para solucionar lo que causó vuestra codicia.

»Mi poder castiga a quienes abusan de la suerte, así que también debíais confinarme para que no me interpusiese. Eso no pude evitarlo, pero al menos robé la joya y quedó atrapada conmigo.

—¿Sabes a cuántos se llevó la Gran Depresión? —El ala del sombrero le oscurece la cara, pero Némesis puede ver el rictus pesaroso de su boca—. ¿Cuántas vidas habríamos salvado?

El chasquido del minutero al desperezarse la recorre como una descarga.

—Si conoces a tu raza, sabrás que eso no podía acabar bien.

Las campanadas doblan, resuenan como un canto de libertad. El mundo muta. Los raíles desaparecen, emerge una fuente, las entradas al subterráneo se envuelven de acero y cristal. Y la gente. Abarrota la plaza con su alborozo. «Feliz dos mil veinte» cantan. Némesis se arranca el collar y lo tira. Décadas evitando que la joya cayese en manos mortales. La tensión acumulada se deshace al sentirla crujir bajo su pie.

 Entre el gentío ve al hombrecito, derrotado, perdido en una época que no le pertenece, pero no se permite regodearse.

Es una diosa de la justicia.

Tiene mucho por hacer.


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