Tara había trabajado muy duro para llegar a ese día pero allí estaba, en la Puerta del Sol de Madrid en junio de 1923. Deslumbrada en parte por un rayo de sol que se empeñaba en golpear sus ojos verdes y en parte por la cantidad de estímulos nuevos que estaba percibiendo, sentía una mezcla de felicidad y ansiedad. Felicidad por haber recibido la recompensa que creía que merecía después de tantos años de preparación. Ansiedad por lo crucial de ese día para su vida profesional.

Esperaba de pie a unos diez metros de la salida del metro única línea de la ciudad. Desde su posición podía contemplar el reloj de la Casa de Correos y más allá el cartel de Tío Pepe en lo alto de un edificio que no supo nombrar. Aunque fascinada por el trajín de la gente subiendo y bajando de los numerosos tranvías, por los olores a grasa y los gritos de vendedores ambulantes, no quitaba ojo del metro. Se había imaginado muchas veces cómo era la Puerta del Sol ayudada de fotos, libros de historia e informes técnicos, pero no era lo mismo que estar ahí. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando el hombre que buscaba salió del metro. Era alto y delgado. Vestía un traje gris ligeramente desgastado con una larga gabardina negra. Llevaba en la mano un sombrero marrón que se puso nada más salir. Tara se acercó a él con determinación.

—Buenos días ¿Francisco Puebla? —le dijo agarrándole del hombro.

—¿Sí? —respondió el hombre sorprendido.

—Soy Tara Ferguson de la unidad de control histórico. Le ruego que me acompañe. Por favor no oponga resistencia.

—No sé de qué me hablas mujer. Déjame en paz —exclamó el hombre apartando la mano de Tara de su hombro.

Tara notó que el hombre estaba muy nervioso. Su mano estaba sudada. Su mirada era huidiza.

—No trate de disimular. Sabemos quién es. Sabemos que tiene la intención de intervenir para evitar el golpe de estado de Primo de Rivera. Sabe que eso va contra nuestras directrices. El intervencionismo no está permitido.

—Ustedes lo clásicos dicen que son científicos pero no hay ciencia sin pruebas empíricas. La observación no nos va a ayudar a cambiar la historia. El Cuadrilátero tiene sus horas contadas. Sin ellos no habrá golpe de estado

—dijo con desprecio.

—Hágame el favor Puebla. Desista en su actitud. No sabemos las consecuencias que nuestros actos pueden tener en nuestro futuro o en universos paralelos si estos existen.

Tiene que venir conmigo.

Puebla se revolvió dando un paso atrás. Metió su mano bajo la gabardina para agarrar algo.  Tara reaccionó con rapidez y frialdad. Sacó bajo el chal su pulverizador y disparó.  

Sin apenas hacer ruido un haz luminoso envolvió a Puebla y lo convirtió en polvo. Fue tan rápido que nadie pareció notar nada. Tara se agachó con calma para coger el sombrero del infortunado intervencionista.

Su primera misión había sido un éxito.

—Malditos intervencionistas —dijo para sí misma mientras se alejaba a paso lento.


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