La joven del corto vestido azul con flecos y diadema con una pluma plateada pasó por encima de la placa del Kilómetro Cero. Le resultó un poco extraño y no tan extraordinario como todos decían que era. Sacudió la cabeza sin entender a la gente que se amontonaba allí para ver ese trozo de metal. No tenía nada de especial.

Enroscó un dedo en torno al collar de perlas que completaba su atuendo mientras seguía andando. La noche era fría pero contaba con la ventaja de que a esas horas la Puerta del Sol estaba desierta. Bueno, no del todo. Un hombre se acercaba por el otro extremo de la plaza. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón y el sombrero ladeado de forma que le tapaba parte de la cara.

La joven giró a la derecha y por el rabillo del ojo comprobó que el extraño imitaba su cambio de rumbo. Se dejó de sutilezas y dio media vuelta. Esperó, tranquila pero con gesto firme, a que se acercara. Miró sin miedo la mano que él sacó del bolsillo y extendió hacia ella, pero alguien les interrumpió antes de que llegase a tocarla.

—¡Corteeeeen!

El repentino grito de Miguel, el director del anuncio, interrumpió la escena y rompió el ambiente entre la pareja, que se volvió extrañada hacia él.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó el productor técnico—. Ni siquiera han llegado a la parte que hablan, no se han podido equivocar otra vez.

—¡Alguien ha metido uno de los drones en plano! —protestó el director señalando una de las tenues luces que se movían en el cielo y que sustituían a los focos tradicionales—. ¿Quién ha sido?

La actriz reprimió el impulso de llevarse una mano a la cara para no estropear el maquillaje y llevarse otra bronca por retrasar la grabación. Llevaban cinco horas y no habían conseguido rodar la secuencia completa ni una sola vez. Le habían pagado bien para que protagonizara el que iba a ser el primer anuncio del año veinte del siglo veinte, pero empezaba a dudar que hubiese sido un buen trato. Quien hubiese tenido la idea de rodar en uno de los lugares más emblemáticos de la capital y simular los antiguos años veinte ya no le parecía genio, si no un iluso.

—Hay que terminar antes de que salga el sol. No podemos permitirnos otra noche de rodaje. Alquilar Sol es carísimo —concluyó el productor en tono serio.

—Vamos a repetir, por favor —ordenó Miguel.

—Putos años veinte —refunfuñó la joven mientras regresaba a su posición de inicio, aunque no lo hizo tan en voz baja como creía a juzgar por las miradas que le dirigieron algunos de los miembros del rodaje. Así que esbozó una sonrisa inocente a modo de disculpa y reformuló su queja—. Dichosos años veinte.


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