Madrid, 15 de mayo de 1929.

Dolores Galarreta, “la Lola” para los compañeros del ministerio, subía las escaleras del metro que daban a la puerta del Sol. Sus tacones repicaban en los escalones de piedra y los flecos de su vestido danzaban alegremente siguiendo el contoneo de sus caderas al caminar. Al fin y al cabo, aquel era un vestido de sociedad y estaba diseñado para brillar al ritmo del jazz, swing, charleston o cualquier otro estilo vibrante que se colase en los salones de fiestas madrileños.

Adoraba aquella época y siempre que tenía oportunidad aprovechaba para volver a ella. Los años 80 no estaban mal y el siglo XXI siempre sería su tiempo de referencia; pero nada como los felices años veinte.

Pero esta vez no se trataba de una escapada de placer, sino de una misión de vital importancia. Debía encontrarse con una persona a la que admiraba en profundidad. Un joven de cejas oscuras y mirada aniñada destinado a hacer grandes cosas. Lo reconoció a lo lejos, sentado como estaba en un banco de hierro junto a la parada del tranvía. Su corazón dio un pequeño vuelco de emoción.

—Federico… —sonrió tímidamente.

—Señora Dolores —el joven saludó a su vez con una pequeña inclinación de cabeza, se le veía nervioso—, dígame, no puedo esperar más. ¿Los tiene?

—Sí —Federico suspiró aliviado al tiempo que Lola sacaba un pequeño sobre de su diminuto bolso de cuentas—. Aquí están, dos pasajes para el RMS Olympic, que partirá de Londres hacia América dentro de dos semanas.

El joven cogió el sobre cuidadosamente, como si los billetes que contenía pudieran resquebrajarse al tacto.

—Le debo la vida, no sé cómo pude olvidarlos. Mi partida de Granada fue algo precipitada, tantos preparativos que uno no sabe ya dónde tiene la cabeza.

Lola sonrió. Cuánto desearía acompañarle en su viaje. Estar junto a él en sus momentos de inspiración, visitar los cafés que frecuentaría, conocer a los amigos y amantes que con toda seguridad cosecharía.

—Le deseo un buen viaje.

—Gracias, me temo que no será fácil.

—¿El qué? —preguntó ella.

—Ser poeta en Nueva York. —respondió—. Mi corazón y mi alma siempre estarán ligados a esta tierra, a estos pueblos y a sus campos —su mirada se perdió en algún punto al final de la calle Montera—. En fin, no la entretengo más, señora. De nuevo, muchísimas gracias.

El poeta giró sobre sus talones y se dirigió a la boca de metro por la que Dolores había emergido minutos antes.

Lola tuvo un impulso. Quiso advertirle. Que se quedara en Nueva York, Buenos Aires, la Habana. Donde quisiera, pero que jamás volviera a España, un país que sería incapaz de admitir ni sus ideas liberales ni su condición. Un país donde los poetas como él serían silenciados, si no erradicados, durante las siguientes décadas.

Pero era una profesional y su labor era precisamente la contraria: le gustase o no, tenía que preservar la historia de España.


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