Daisy se quedó mirando al animado grupillo que la observaba fijamente a través del ventanal. Suspiró y dio una calada a su largo cigarrillo. Poco podía hacer, salvo fumar, retocarse el cabello estilo bob y escuchar charlestón.

En su pequeño universo, no había cabida para nada más que los “felices años 20”. Fuera, el circo continuaba. Enfrente, tenía a una joven con un vestido magnifico, de pronunciado escote y lleno de encajes; Daisy había dilucidado que se trataba de la Francia de Luis XV. A su derecha, un caballero medieval, de los que había estudiado en la escuela. A su izquierda, un extraño muchacho que pasaba horas y horas enfrascado en un utensilio luminoso.

Era bizarro, era terrible. Era el Maravilloso Circo de la Puerta del Sol. Daisy así lo llevaba leyendo años, en los carteles pegados en su jaula de cristal, escritos en todo tipo de lenguas, antiguas y nuevas.



Ella no esperaba este desenlace, cuando sedujo a aquel caballero que la miraba desafiante desde el otro lado del club. Nunca antes había visto a un hombre así. Cuando él le ofreció una droga que jamás había visto, la probó sin dudar. Despertó en un cuarto oscuro, lleno de amenazadores aparatos con luces parpadeantes. No fue hasta meses después, cuando se dio cuenta de que ya no estaba en Nueva York. Y tampoco en 1922.

Aquel hombre, aquel monstruo, les había reunido. A seres venidos de todos los confines del tiempo, para disfrute de sus contemporáneos, que les estudiaban embelesados.

Pero, desde hacia unos días, Daisy venía contemplando algo extraño. Nunca nadie la miraba como a una persona, como a un humano de verdad. Salvo él.



Le esperó fumando, escuchando por enésima vez aquel vinilo. Y cuando le vio, al filo del atardecer, se acercó. Apoyada en el ventanal, altiva y seductora.

—Hola —dijo él.

El cristal atenuaba su voz.

—Hola. ¿Qué quiere de mi?

—Vengo a sacarte de aquí.

El corazón se le aceleró.

—No le creo, caballero.

¿Cómo aquel joven, con su extraño atuendo metálico y ese aire desgarbado, iba a poder liberarla?

—Daisy, tapate los oídos.

—¿Cómo sabe mi…?

El estallido fue ensordecedor. El tocadiscos calló al suelo y su diván de seda quedó reducido a astillas. Lo último que Daisy percibió antes de caer en un profundo sopor, mientras sobrevolaba el circo, fue el reloj de la puerta del Sol, marcando el comienzo de la noche.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.