Thalía se encontraba paseando bajo el sol de Madrid. Se encontraba feliz, al fin había llegado el día que esperaba. Algo tarde, pero recordó las palabras de alguien a quien admiraba, “más vale tarde que nunca”.


Miró la hora en el Reloj de Gobernación. Las seis en punto. Llegaba con el tiempo suficiente. Mientras se dirigía a su encuentro, se obligó a disfrutar del agradable paseo. Le encantaba pasear por Madrid en verano. Brisa suave, el calor suficiente para poder lucir vestidos claros por encima de la rodilla. Le gustaba mucho vestirse así, no solo por su ligereza y comodidad sino porque lo que provocaba en los demás: Las miradas culpables de los hombres casados hacía sus definidas piernas, sin vello, que acababan en un sugerente vestido, sus labios rojos que contrastaban con sus ojos negros. Sabía que las esposas de estos hombres la tomarían por una fresca, sin marido, dispuesta a seducir a sus maridos y romper sus familias “perfectas”.


¿De qué servía tener sensualidad, si no podía disfrutar de ella? Aunque todo eso dejaría de tener sentido dentro de poco. Se encendió un cigarro y lo puso en una boquilla para que fuera más cómodo fumar. Se sentó en una mesa y se pidió un café mientras esperaba. Le apetecía escuchar música pero por desgracia, en ese año, el jazz no había llegado todavía a Madrid.


Mientras que esperaba a su contacto de la capital, con el que era telegrama más importante de la historia, se puso a pensar como habían sucedido la cosas. El profesor Martín le mandó hace poco una carta “sabemos que estás haciendo, fuiste enviada a enmendar los errores del pasado, no para aprovecharte de ellos”. ¿Para qué servía entonces el conocimiento y la investigación?


Un chico con boina, una camisa blanca desgastada y con una corbata horrorosa apareció detrás de uno de los tranvías rojos que circulaban en la plaza del sol. Era un manojo de nervios pero feliz. Iba a ver a Thalía, la mujer más hermosa que jamás había conocido. No le correspondería jamás, lo sabía, pero aún así era un placer quedar con ella.


La mujer le pidió el telegrama al chico en cuanto llegó. Leyó la carta y sonrió. Acudieron a su mente los planes de los atentados fallidos, los movimientos por evitar al otro bando, aumentar las presiones entre los países y los resultados inesperados. La historia volvía a seguir su curso y ella estaría allí para enriquecerse a su costa.


―Tómate algo chaval― dijo Thalia mientras se levantaba para irse―. Está corre de mi cuenta.


Podía oler el mar, escuchar el jazz y aburrirse con las constantes reuniones que le esperaban.


Suspiro en paz. Mentalmente le dio gracias a la “Mano Negra”. 28 de Junio de 1920 y el archiduque de Austria había muerto.


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  • 3 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 5 meses

    Un tanto críptico pero sugerente, y me gusta como has alterado tu estilo, creo que no hubiese descubierto que es tuyo. Intuyo, por la puntuación, que te han penalizado dos veces.

  • Not Today darkman @Farran hace 5 meses

    Has moderado tu escritura, estás más formal en el estilo. No sé ver donde has fallado, ya nos lo comentarás. Hay alguna tilde que no has puesto y eso puede llevar a engaño, pero en si, el relato está bien, dentro del canon de los viajes temporales y el provecho que se puede sacar, si no tienes escrúpulos. No lo tires, alárgalo, o no, pero dale un poco más de vida, y de mala leche, que está Thalía te lo está pidiendo. Ya veras, preguntale...

  • Jesús @Jesus hace 5 meses

    La verdad es que falle en el narrador, es un narrador súper difícil de hacer y para te lo explican en los artículos. Luego han dicho que no se encuentra en los años 20.... hay referencias y cosas que lo sustentan pero vale, esto no es más que un pasatiempo y no me voy a poner a pelear con nadie. Para mi es un buen relato que busca jugar con algo diferente a lo que hago y hacer algo diferente. Estoy contento por ello y me siento muy en paz con el relato, se ve que a los "comentaristas" no mucho.


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