Me dieron una paliza y me devolvieron a casa, a uno de los áticos de la Puerta del Sol número 13. 

Recuerdo ver el holograma simulando forja y el número mientras me transportaban como si fuese un vulgar saco de comida para perros. Ya no podía moverme. 

Y aquí me han dejado, apoyada en la barandilla de la terraza, vestida y maquillada de nuevo; en compañía de mis pensamientos. Hace frío para llevar esta ropa tan fina y estos tirantes. El viento mece los flecos de mi vestido, el collar se agita levemente y la cinta de la cabeza está apunto de taparme la vista. Siento leves descargas eléctricas en mis circuitos. No son agradables, que me pegaran hasta dejarme inmóvil tampoco lo fue. Gritaban — ¡Venganza! ¡Venganza!— ¿Venganza de qué? No lo entendí, tampoco sé porque me secuestraron. Mi dueño no sabe donde estoy y no le gustará. Soy un juguete muy caro, me lo dice muy a menudo, sobre todo mientras se desnuda. También dice que soy una buena compañía, pero ya no creo que le sirva. Mi cerebro funciona, mi cuerpo no. Tampoco sé si estos zapatos de tacón de estilo años 20 del siglo XX me sostendrán. Debió ser una época muy extraña, se ponían prendas inútiles e incómodas, como las corbatas y estos zapatos. Pero esta es la fantasía de mi dueño y para eso he sido fabricada. Oigo a la puerta. Nada puedo hacer ni decir. Son las voces de los lacayos de mi señor. Él es el Capo y todos le llamamos así. De hecho, maneja el contrabando de los nanobots médicos, solo los da a cambio de favores. Dicen que él tiene 200 años, que ha sobrevivido gracias a estos trapicheos. Quizás por eso me viste así, porque añora otros tiempos. 

— ¿Por qué la dejarían fuera? Anda, Gino, revisa que esté bien antes de que toquen las campanadas. 

— No se mueve, no reacciona. Nos va a matar. 

Chicos, comeos las uvas y disfrutarlas, serán las últimas. Ojalá pudiera usar la voz además de los pensamientos. 

—¿Habrán sido los Libertadores de las IAs? Es un grupo muy potente. 

—Hombre, Gino, buen intento, pero no cuela. Esto tiene que ver con los negocios sucios que montas a espaldas del jefe. 

Con las campanadas nadie oyó esos disparos, lo mató con un arma antigua. Mi dueño es un romántico. Nadie recrea la historia como él, nadie se molesta tanto en meter en el cerebro de su juguete tanta cultura. Él sí. Espero que al menos puedan repararme. 

—Vamos, muñeca, es hora de arreglarte. El trabajo está hecho y te he librado a ti y al mundo de esta escoria. Esta noche el jefe quiere fiesta. Además, toda la secuencia está grabada, lo va a disfrutar. 

Según mis viejos archivos de Hollywood a esto lo llamaría amor. Le diría al Capo que lo amo, pero no lo haré, al fin y al cabo solo soy un juguete roto.

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