No tiene por qué tener miedo. Tampoco tiene ninguna razón para temblar encima de sus tacones de aguja si apenas han dado las tres de la tarde del día más caluroso de agosto. El aire acondicionado dejó de funcionar y el director ha cancelado la grabación de las escenas en la Puerta del Sol (una réplica perfecta hecha con madera de pino y pasta endurecida) hasta nuevo aviso. Natalia se sintió aliviada cuando recibió el correo la semana pasada. Ya no tendría que llamar a la maquilladora cada cinco minutos para que le arregle el rímel.

Ahora, su maquillaje da pena, pero no por el sudor. A pesar de que intenta contener el hipo y los sollozos, las lágrimas manchan su cara, arrastran el colorete y el pintalabios carmín. Ni hablar. Natalia no piensa acabar sus días así. Ya es suficientemente malo que la chantajeen con vídeos de hace veinte años (la gota que colma el vaso de la amargura) como para que, encima, los titulares se ceben con ella por haberse suicidado con cara de payaso retirado. Así que se pasa las manos por la cara para limpiar todo rastro de pintura. Que los periodistas la vean así: vieja, miserable, acabada. Un error que cometió hace un milenio, un paparazzi con ganas de gresca y un fajo de billetes. Bum. A la mierda su reputación. Está harta de pasar de intentar sobornar a los periodistas. Esta solución es mucho más sencilla.

Se quita los zapatos de tacón. Al notar sus propios dedos congelados en la piel, piensa que ya debe haberse matado. Pero no. Las pastillas todavía no han hecho su efecto. Debe de ser que su cuerpo ya sabe cuál es su destino y está empezando a morir antes de que ella termine el trabajo. Qué amable.

Natalia se termina en cuatro tragos la botella de champán rosado y su chal de cuentas traquetea con el movimiento. Se rasga la tela del puto disfraz y las lentejuelas golpean el suelo. A la mierda la fiesta de «Nostalgia de los años veinte» de Celia Sánchez. A la mierda los putos estándares y belleza que han marcado la vida de miles de mujeres como ella, cuyo único pecado ha sido la necesidad de sentirse amadas.

El hormigueo en las manos le indica que las píldoras ya están haciendo su efecto. Ha sido una buena idea morir mirando esa Puerta del Sol, esa magnífica entrada al nuevo año que para millones de españoles significa un comienzo. Aunque el edificio sea falso, Natalia siente esa adrenalina, esa emoción por empezar de nuevo. Es muy tarde para ella, pero para otras chicas puede que no lo sea. Puede que ver su cadáver les haga cambiar de camino hacia uno más amable. 

Natalia lo hace por ellas. Que su muerte les haga ver que no merece la pena seguir este patrón de balones estomacales y cirugía estéticas. A estas alturas, es lo único que le puede pedir a la vida.

O, más bien, a la muerte.

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