Era una enamorada de los años veinte y se le daba muy bien bailar. Por eso había elegido ese personaje, además de ser la más original entre todos sus colegas de la puerta del sol. Se sentía atractiva y especial con su collar largo de perlas rodeando dos veces su cuello, los labios resaltaban en su blanquecino y delicado rostro, el carmín rojo los hacía más carnosos. Los guantes ceñidos hasta el codo, la boquilla larga para el cigarrillo apagado y las plumas que vestía alumbraban su elegancia. A través de la raja de su ceñido vestido negro se podía ver una pitillera plateada atrapada en su liga, que le daba el broche de oro sensual.

Se quedaba quieta, con la mirada perdida hasta que algún turista la devolvía a la vida con una moneda, para bailar el mejor charlestón de Madrid durante unos segundos, después volvía a adoptar otra posición, inerte si no fuera por sus pensamientos.

Le gustaba el mimo que se vestía de conejo y que todos los días se situaba cerca de ella y aunque le hacía competencia no le importaba. Pero no sabía si ella le gustaría al él. Supo que sí cuando un día el señor conejo se acercó, pagó el precio para devolverla a la vida y le dijo:


–Lo mejor será que bailemos

–¿Y que nos juzguen de locos, señor conejo?

–¿Usted conoce cuerdos felices?

–Tiene razón, bailemos.


Y bailaron felices… Toda la vida.

info.comments
  • 4 comentarios

popup.comments_logged_in