—Me encanta tu ropa —dijo la joven, acercándose a Marianne.

Ella se tensó. La había visto observándola con gesto curioso desde hacía un rato. Había rogado por pasar desapercibida entre aquella marea de gente que cantaba y bebía, pero ahora sus peores temores se habían cumplido y tenía que hablar con alguien. Sonrió, ruborizándose ligeramente, y meneó la cabeza. El collar de perlas tintineó.

—Ha sido una broma de mis compañeros, al saber que venía —respondió, ajustándose el pequeño sombrerito y la boa de plumas—. Por lo de los años veinte.

—Sí, parece mentira, ¿verdad? Estar ya en esta década…

—Es increíble, a mí me fascina —contestó Marianne, llevándose otra uva a la boca. Ya había acabado con la mitad, estaban deliciosas.

—¿No las guardas para las campanadas?

—Yo… no. No soy de aquí —sonrió avergonzada, pensando que debería haber recordado una costumbre tan básica.

—¿Nunca has venido a la Puerta del Sol en Nochevieja?

—Solo la he visto en grabaciones.

—Pues ya verás cómo se pone esto cuando den las doce… Es mucho mejor que en la tele. Además hoy la noche está preciosa, con esas luces tan raras… es como una aurora boreal.

Marianne alzó la vista y contempló el cielo ondulando y tiñéndose de los colores del arcoíris, como si alguien hubiese derramado varios botes de pintura fantasmagórica desde las alturas. La multitud aplaudía y señalaba, abriendo más botellas de champán. Era la hora.

—Son las bombas nucleares. Ya las han detonado en la atmósfera —dijo, sin poder evitarlo.

—¿Qué?

—Supongo que ya no importa si te lo cuento… Todo esto quedará arrasado dentro de nada. Yo he venido a verlo, es parte de mi tesis, la Tercera Guerra Mundial. Nos dejan usar la máquina para viajar hasta este siglo y ser testigos de cómo empieza, de forma excepcional.

—Me estás asustando…

—No te preocupes, terminará dentro de poco. ¿Sientes ese viento, el aire caliente? La onda expansiva está a punto de alcanzarnos.

La gente en torno a ellas empezó a cantar una cuenta atrás. En unos segundos sonarían las campanadas. “Cinco, cuatro, tres, dos…”. Marianne pulsó el botón de retorno escondido en la palma de su mano y la energía cuántica del portal temporal la envolvió, preparándose para llevarla de regreso al año 2432. La muchacha la contemplaba aterrorizada.

—Feliz fin del mundo —le dijo antes de desaparecer. En ese instante todo a su alrededor se llenó del brillo abrasador de mil soles.

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