Hacía horas que esperaba debajo de esa farola, sentada en el bordillo, aferrada a la esperanza de que él estuviera bien.

La revolución de los muffins había ido demasiado lejos. Su ansia de acabar con las magdalenas había llegado a niveles inimaginables; y seguro que él se había visto envuelto. Se le encogía el corazón al pensar que podría pasarle algo.

Pequeñas lágrimas azucaradas resbalaron por sus esponjosas mejillas. Él nunca se retrasaba, solo podía haber pasado lo peor.

Unos pasos se hicieron eco en el silencio de la noche. Asustada, se levantó de golpe ¿Era un muffin o una magdalena? No había nadie en la calle. Estaba sola, nadie la escucharía gritar.

– Hola, cariño.

La aterciopelada voz de su magdalena hizo eco en la noche. Se acercó unos pasos hasta que la farola lo iluminó. Estaba destrozado. Tenía marcas de mordiscos por todas partes y hasta le habían clavado una vela en el costado. Pero aun así, sonreía con cariño; el mismo que le había dado fuerzas para arrastrarse hasta allí.

– Siento llegar tarde.

A muffin le dio igual. Solo lo abrazó repitiendo su nombre entre sollozos. Estaba vivo y eso era lo que importaba.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.