El reloj marcaba las diez y media pasadas y su corazón dio un vuelco. Nunca había deseado tanto como aquello, vivir alejada de aquel mundo. Vivir sin miedo, sin préstamos, sin deudas y con amor. Solo pensar en el futuro dibujaba una sonrisa en su rostro, pero los nervios difuminaron la euforia y se fijó en la plaza. A pesar de la hora, aún rebosaba de vida, una que iba apagándose con cada tic tac. Avanzó unos pasos y decidió que lo mejor era apoyarse sobre la Puerta del Sol. Volviéndose invisible ante tanto jolgorio.

Todo iría bien se repetía constantemente, pero lo único que oía su corazón eran las campanadas marcando las once de la noche. Se quitó la diadema y rozó con la punta de sus dedos las plumas que sobresalían. Había sido un regalo de Paco, quería sorprenderlo llevándolo consigo. Nunca lo había llevado por miedo a ser descubiertos, pero aquel sentimiento había sido reemplazado por la esperanza, aquella era su noche. Con cuidado volvió a colocar su corta y rubia melena entre sus fauces y al ver que la plaza se quedaba vacía y nadie llegaba, comenzó a jugar con su largo collar. 

No va a venir, él nunca llega tarde se confesó ante si misma. Su corazón buscaba desesperado alguna excusa, pero su cerebro le gritaba que era hora de irse. Jugueteó con su pelo y terminó haciendo caso al primero. Se quitó uno de sus guantes, y se sentó sobre él tras colocar su vestido de lentejuelas y flecos. Se habían prometido la libertad y él nunca faltaba a su palabra. Aquel pensamiento calmó sus miedos y omitió las campanadas que marcaban la medianoche.

—¿Clara? ¡Clara! 

Aquella voz...podría reconocerla en cualquier parte. Se levantó y corrió a sus brazos. ¡Cómo podía haber pensado mal de él! Ya no quedaba nadie en aquella plaza, ningún ojo curioso que pudiera ver su largo e intenso beso. Agarró sus manos y se miraron a los ojos. Estaba tan radiante, tan feliz que empezó a dar vueltas y vueltas ondeando su vestido.

—Para. Para, amor. -exigió Paco, pero ella estaba radiante y no le obedeció. - ¡He dicho que pares!

Y paró en seco y lo vio. Vio que él no sonreía. ¿Lo había hecho al verla? Él no irradiaba felicidad, él parecía distante...Y nervioso. Le miró e instintivamente dio dos pasos hacía atrás.

—No...no entiendo. - su voz se entrecortó a la vez que aparecían tres hombres trajeados como él. -¿Cómo has podido? ¡Me has vendido!

—¿Porqué huir y tenerte a ti, si puedo tenerlo todo? -sin pestañear dos veces sacó una pistola y disparó. - Aquí o matas o te matan, amor.

Cayó al suelo inerte, con la traición escrita en la frente. Su último deseo se desvaneció en la noche, sin saber muy bien cuándo había merecido aquel puñal por la espalda, o lo peor, por qué.

—Y...¡Corten! Escena válida.

Se encendieron los focos, se felicitaron y comenzaron los preparativos para la siguiente escena. Aquella película acababa de comenzar...por el final.

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