Mirta sacude la cabeza para librarse del embotamiento posterior a los viajes a través de portales espaciotemporales. Recién aterrizada desde 1927, su anacrónico atuendo no llama la atención entre la multitud ataviada con gorros rojos y disfraces que ni siquiera comprende. Las perlas del collar enrollado a su cuello tintinean, pero el sonido es engullido por el alboroto de las miles de personas reunidas en la Puerta del Sol para recibir el nuevo año.

En un gesto automático, desliza la mano derecha, embutida en un guante terciopelo, bajo la estola de marabú. Recorre con los dedos el bolsillo oculto en la tela. Vacío. A pesar del carísimo vestido negro cubierto de plumas y pedrería, se siente desnuda sin sus frascos de hechizos. Pero es imposible viajar entre portales llevando elementos líquidos.

Aprieta los dientes. No importa, ella se basta y se sobra para detener a Safir. Ha cruzado tantas veces a ese lugar y ese momento que ni siquiera un novato perdería el rastro de su magia. Mirta sigue, ese cosquilleo que se revuelve en su estómago y que amenaza con explotar cuando le ve . A escasos metros del enorme árbol de Navidad luminoso que preside la plaza, con la mirada perdida entre la gente. Ni siquiera la ha visto. Sí que se ha vuelto descuidado. El Safir que ella recuerda no se expondría de esa manera. Una sonrisa lobuna asoma en los labios de la bruja y sus pasos devoran la distancia que la separa de su presa.

—Por fin has llegado —saluda el hechicero—. Te esperaba.

Sus palabras la paralizan. La risa de Safir es como el ronroneo de un felino, uno grande y astuto. El familiar hormigueo en la nuca que siempre la avisa cuando las cosas van mal  despierta. Mira a los lados, pero no logra distinguir nada entre el mar de cuerpos.

—No te creo. Lo que pasa es que te has descuidado. ¿Sabes cuántas veces has viajado a este momento?

La risa cesa, y la frialdad de su rostro es aún más inquietante.

—¿Y sabes lo que he aprendido en esas visitas? —Mirta no responde—. Que aquí todo es falso. Magos que solo hacen juegos de manos, sanadores que venden mentiras y brujas que ven el futuro a través de las ondas. Es imposible encontrar algo auténtico. Pero por fin tengo lo que necesitaba. —El hechicero la mira de arriba abajo y ella da un paso atrás—. Tras la última campanada, la tierra se abrirá —señala con la mano una línea blanca dibujada en el suelo. Mirta no necesita seguirla para comprender que dibuja un pentagrama— y Lilit resurgirá.

La carcajada del hechicero queda sepultada bajo la primera campanada. Mirta se gira, dispuesta a huir, pero se encuentra con un encapuchado. Ni siquiera siente la puñalada antes de caer de rodillas al suelo. Contempla con impotencia cómo su sangre se propaga por la línea blanca.

—No sabes cuánto tiempo he tardado en comprender que dejar de huir de ti era la única forma de conseguir traer auténtica sangre de bruja.

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