El Claro del Oso. Algunos decían que había tenido otro nombre. Uno más antiguo, más profundo. Pero de eso hacía siglos, y de todos modos Ada no creía en esas historias. La imponente estatua del oso era lo único interesante antes de que ellos llegaran, ¿qué otro nombre podía haber tenido? Aunque era imposible ignorar el aura de misticismo que rodeaba al lugar, un remanso de paz en medio del caos. La vegetación que trepaba por cada ruina en su afán de conquistarlo todo parecía evitar el lugar a toda costa, tan solo una corta hierba cubría la zona. Aquí y allá extraños artilugios y máquinas asomaban semienterrados, como silenciosos guardianes en una vigía infinita. A su parecer no eran más que chatarra, más bonita que la que podías encontrar en el resto de la derruida ciudad, pero chatarra al fin y al cabo. Por mucho que los demás tocaran e investigaran, nada de aquello había hecho el más mínimo intento de funcionar. Salvo la caja de imágenes. El tesoro del clan. Aquel mágico objeto fue lo que los reunió, y lo que los mantenía juntos. De vez en cuando llegaba otro viajero de tierras lejanas, y tras ver las imágenes elegían quedarse. Después de todo la comida nunca había sido un problema, todo tipo de animales habitaban aquellas ruinas, y casi parecían sorprenderse de ver humanos justo antes de ser cazados. Tampoco había tiempo para aburrirse, cada día descubrían un nuevo rincón sin explorar o un nuevo cachivache que admirar. Pero la principal razón por la que abandonaban el claro era para buscar los recuerdos. Al principio solo había uno. La máquina se encendía al anochecer, cuando la gran estrella dejaba de brillar. Y entonces el recuerdo empezaba a moverse, a cobrar vida sobre la pared menos destruida del claro. Noche tras noche. Hasta que un día dejó de funcionar. 

Ada rebuscaba entre sus cosas mientras tarareaba, buscando que ponerse para el esperado evento. Las últimas semanas habían sido demasiado monótonas, cada vez era más difícil encontrar recuerdos, y cada vez volvían menos buscadores. Pero esa mañana habían traído dos. ¡Dos! No podía esperar. De pronto sus manos se toparon con una caja de cartón en la que se leía: "1920". Era su favorita. Empezó a sacar prendas hasta que dio con las perfectas. Un vestido negro de talle bajo, un largo collar de perlas y un tocado del que sobresalía una hermosa y llamativa pluma. Salió, y su tarareo se convirtió en una canción, a la que se sumaron otras voces así como los sonidos de las criaturas que poblaban aquellas boscosas ruinas. Diferentes melodías se elevaban desde otros puntos del claro, hasta que todos se sentaron expectantes frente a la caja. Las formas y colores brotaron como si llevaran varias vidas encerradas en aquel recuerdo, deseosas de salir al exterior. Pero Ada no logró contener un pequeño suspiro. Nunca sería capaz de creer en las personas de los recuerdos, porque nunca les oyó cantar.

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