—No vuelvo a salir en Nochevieja —refunfuñó Claudia. Sus amigos se rieron.


—Todos los años dices lo mismo y luego eres la primera que quieres comerte las uvas aquí —le recordó Marta.


No se dignó contestar: la muy pedorra tenía razón y no se la iba a dar. Se sentó en el escalón de una de las tiendas que rodeaban la Puerta del Sol, con cuidado de que no se le estropeara el vestido de flecos estilo "felices 20", y cerró los ojos para ver si desaparecía el martilleo instalado en sus sienes. "Solo un momento...".


El tirón en el cuello provocado por su cabeza al deslizarse hacia delante la despertó de golpe. Al abrir los ojos, se quedó sin aliento. Sus amigos habían desaparecido y el paisaje que la rodeaba no podía ser más distinto: los edificios, la forma semicircular, el celebérrimo reloj de las campanadas, eran los mismos, pero el gentío, los comercios, las estaciones de metro, todo aquello ya no estaba. En su lugar, podía ver escaparates con carteles de estilo modernista, un suelo de tierra en lugar de las aceras y el asfalto habituales y, más preocupante aún, un guardia acercándose a ella con el ceño fruncido.


—Señorita, no son horas para ir sola por la calle —dijo.


—Disculpe, ¿me puede decir en qué año estamos? 


El ceño del policía se marcó aún más, pero terminó por responder:


—1920.


Claudia se llevó las manos a la cabeza.


—Dios mío...


Sopesó sus opciones con nerviosismo. Si realmente había viajado en el tiempo, necesitaba hablar con algún científico. Y el CSIC seguro que existía en aquella época, tenía que ser muy antiguo.


—¿Qué es eso del CSIC? —preguntó extrañado el guardia.


—El Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 


—Ah, se refiere usted a la JAE, lo que preside Don Santiago Ramón y Cajal.


—Justo, me he liado con el nombre.


El policía se acercó a un coche de los de película en blanco y negro y encargó al conductor ir al edificio de la JAE y preguntar por un tal Don Hilario. Cuando regresaron, el hombre que bajó del coche tenía el aspecto del típico científico despistado.


—Qué interesante... —dijo tras escuchar su historia—. Estos objetos de su bolso que me ha mostrado tienen que corresponder a una tecnología futura sin duda. Tengo una teoría, pero me temo que tendremos que esperar un año para comprobarla. 


—¿Qué? —exclamó Claudia alargando la "e" al máximo.


—Me ha contado que en su año de origen, 2020, existía controversia sobre si inauguraba una nueva década o no. Mi opinión es que asistimos a un desdoblamiento del continuo espacio-tiempo: coexisten dos realidades, una en la que la década comienza en 2020, y otra en la que empieza en 2021. Usted ha debido colarse por un resquicio entre ambas. Si es cierto, debe volver a este mismo punto dentro de un año, y regresará a su línea temporal, de 1921 a 2021. 


—¿Y qué hago aquí un año entero? —Claudia no sabía si reír o llorar.


—Está contratada como becaria de investigación en mi departamento. ¡Sus conocimientos me vendrán de perlas!




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