Reconocerá que, como la idea le divertía, allí se plantó. En la Puerta del Sol, a 31 de diciembre, en las preuvas. Con su vestido rojo de los años veinte, con sus lentejuelas, sus flecos y sus medias de rejilla. Los tacones son una tortura (menor que el sobeteo descarado de los babosos que la rodean, eso sí) y la pluma en la cabeza es más incómoda de lo supuesto. Espera a su mejor amiga y su novio. Juntos parecerán sacados del musical Chicago.

El móvil zumba. Lo coge como puede de su minúsculo bolso, con cuidado de no tirar el vasito con uvas. «Tía no llego pasarlo bien». Chasquea la lengua.

—Ese gesto denota decepción o fastidio.

A su lado se coloca una mujer alta, de ojos azules, con el pelo largo, rubio y liso. Viste un jersey beige de cuello vuelto y unos vaqueros. Al igual que ella, porta un recipiente con uvas y, al igual que ella, va sin abrigo. Así es Madrid en una mañana de diciembre. Así es el cambio climático, se dice convencida.

—Qué perspicaz.

—Muchas gracias —la desconocida carraspea—. Mis palabras son sinceras en el caso de que «perspicaz» signifique sagaz, astuta, aguda y/o inteligente.

—Sí —duda—. Eso es.

—Fantástico. Es que no soy de aquí. —Lo cierto es que su acento es extraño, pero no logra identificar su procedencia—. Bonito vestido.

—Se supone que era parte de un disfraz en grupo, pero mi amiga ya no viene y mi pareja no aparece.

El teléfono vibra de nuevo y masculla un insulto.

—¡Y no va a aparecer! —Alarga el brazo y enseña la conversación de whatsapp a su interlocutora: «No puedo acekarm, bb. Estoi liao. Ns bmos»

—Puaj. Su ortografía es atroz.

—Me han dado plantón, joder. —Suspira y mira al cielo raso—. ¿Qué voy a hacer ahora?

—Baile charlestón —La pluma cae al ojo de la joven. Sopla para devolverla a su lugar de origen. Levanta una ceja—. No me mire así. Se puede aprender. Yo lo hice.

—¿Sabes bailar charlestón?

—Desde ayer.

—Muy graciosa.

—El reloj comienza a repicar. La gente grita.

—Silencio. Si entiendo este ritual, el ensayo general de la despedida del año está a punto de comenzar.

—Exacto. Primero vienen los cuartos  y enseguida llegarán las campanadas. Nos comeremos una uva cada vez que suene el reloj.

—Uvas. Las golosinas de naturaleza.

Primera campanada.

—Tengo curiosidad. ¿Por qué has venido? ¿Turismo? ¿Estudios?

Segunda..

—Me hallo en una situación similar a la suya. Quedé en venir disfrazada y encontrarme con unos amigos.

Tercera.

Observa a su acompañante. Qué tipa más rara. No lleva ni un gorro de papel brillante, ni un collar de plástico. Solo sujeta el vaso con una mano y una uva enorme con la otra.

—¿Y se puede saber de qué vas vestida? —Eleva el tono de voz.

Cuarta.

De repente, un tercer brazo la rodea por la cintura y tira de ella hacia la extraña.

—De humana. —Sonríe y, tras volver su iris negro, guiña un ojo.

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