Seguía los pasos de mi amo mientras la cuerda tiraba de mi cara, aunque a esa altura no la necesitaba. Llevaba siendo suya desde que nací y nunca me escapé ni lo mordí, y aún así no me había ganado la confianza del amo. Así que caminaba detrás de él lenta, cansada y cargada. Tenía las cestas llenas de aquellos frutos en el lomo y una cría en el vientre, pero faltaba poco para deshacerme de uno de los fardos. Mi pollino pataleaba sin descanso, seguro nacería fuerte y veloz, cosa que al amo le gustaría. Agité las orejas y resollé cuando un nuevo tirón de cuerda me obligó a apurarme, pero cada vez me costaba más esquivar a los humanos.

Una nueva patada de mi cría, más parecida a una coz que a un toque juguetón, me arrancó un rebuzno. Era la hora. Me tumbé con torpeza en el estrecho espacio que los pies me dejaron hasta recostarme de lado. Una cesta se soltó y la otra se aplastó, así que por fin tenía libertad para acomodarme. Respiré con pesadez y noté la primera contracción, que acompañé de un líquido amarillento y un grito de dolor. La arena se me metía en la nariz y el sabor del desierto se me pegó al paladar, tenía que pujar.

Cerré los ojos, apreté los dientes y empujé hasta que sentí las patas salir. Luego vino la cabeza, medio cuerpo y, por último, el otro par de patas. Ya había nacido. Me levanté ligera como una pluma y me sacudí la arena del cuerpo, quería estar limpia para recibir a mi pollino. Me giré contenta y lo busqué. No había nada. Olfateé la arena mojada, lo llamé y volví a girar. Nadie vino. Estaba segura de haber parido, de haber sufrido sus patadas y de haberlo gestado durante tantos meses. También de haber olido a vida y de haber sentido su piel contra la mía. Sin embargo, ninguna cría acudió a mi llamado. El amo volvió a ponerme las cestas maltrechas y tiró de mí con rabia, seguro que un par de golpes me esperaban al llegar a casa.


***


No sabía si era el día de los turistas o qué, pero el zoco estaba a rebosar. Bueno, el zoco y todo Marrakech. Era muy fácil reconocerlos porque tenían la piel quemada e iban en manga corta en pleno invierno, estaban locos. Caminaba esquivándolos con torpeza y los escuchaba pedir perdón en todos los idiomas del mundo. Y todo porque la burra no ayudaba. La tenía desde que era una pollina y la quería con el alma, pero desde que estaba embarazada iba mucho más lenta. Así que estiraba de su cuerda para mantenerla cerca de mí y evitar que me la robaran, todos sabíamos que ella valía por dos y no era nada difícil venderla en pleno mercado. Quizás, si nacía una hembra, podría cambiarla por alguna de las telas que quería mi mujer.

Me detuve un momento frente al puesto del mercader que tenía los peores precios y los mejores tejidos. Esos colores vivos encandilaban a todo el que pasaba por ahí, pero el que mi esposa quería era el rosa con motivos dorados. Lo tenía colgado al frente por ser el más bonito de todos y tanto él como yo sabíamos que no me lo podía permitir. Pero ese era el que Safwa quería para la boda de su prima. Iba a acariciar la tela una vez más cuando noté la cuerda tensarse y el peso muerto del animal. Si la burra hubiera rebuznado antes, yo le habría quitado las cestas para que estuviera más cómoda. Sin embargo, me giré a tiempo de ver cómo una se hacía añicos bajo ella y la otra se vaciaba por completo. La mitad de los dátiles que necesitaba vender se convirtieron en puré mientras la otra mitad rodaba entre los pies de la gente. Intenté recuperarlos, pero los ladrones fueron más rápidos y se llevaron un sabroso botín.

Volví a mi animal y pedí espacio para que pujara tranquila, seguro que no le gustaba estar tan rodeada de humanos. Cuando la arena se ensució de líquido, algunos vítores animaron a la burra. Ella rebuznaba, bufaba y apretaba los ojos, pero nada salía. Parecía esforzarse al máximo para sacar de su cuerpo algo que no existía. Entonces me sentí derrotado: había tenido un embarazo psicológico. En cuanto ella acabó, comenzaron las burlas hacia mí. Le coloqué las cestas como pude y me esforcé por ignorarlos, no era su culpa ni era la primera vez que pasaba. Tiré de ella para que me siguiera y me hice la nota mental de revisarla esa misma tarde, aquel líquido me preocupaba. Entonces, con los hombros caídos, la venta perdida y una burra que lloraba junto a mí, volvimos a casa.


***


Catorce meses me había pasado encerrada en un sitio oscuro, cálido y rodeado de agua. Pateaba intentando romper las paredes, pero eran muy elásticas y encajaban el golpe con soltura. A veces, cuando mi hogar se quedaba muy quieto, probaba a morderlo para ver si salía de allí, pero nunca funcionó. Otras veces jugaba a dar coces cuando se movía y lanzaba la pata en medio del vaivén para frenar su ritmo, aunque tampoco lo conseguí. Hasta entonces. Di una fuerte coz y, al poco tiempo, se detuvo en seco. Me bamboleé allí dentro y choqué contra las suaves paredes, pero no me hice daño. Nunca me había hecho daño estando ahí. Algo confusa, me quedé muy quieta y afiné los sentidos todo lo que pude, parecía que algo estaba a punto de pasar.

Mi casa empezó a temblar y el agua que había allí comenzó a vaciarse por una pequeña abertura que se abrió frente a mí. Noté el rayo de luz en mis ojos y los cerré cegada, por primera vez sentí el dolor y me arrepentí de aquella coz. De repente, me vi empujada al exterior sin saber muy bien por qué. Caí sobre un lecho cubierto del mismo agua que me mantuvo viva y entorné los ojos. Había muchos seres a mi alrededor. Me miré a mí misma y no me encontré; quizás seguía en mi hogar y todo era un error, pero no se sentía tan cómodo. Una mujer como yo me acercó el hocico y logró olfatearme, tenía orejas largas, ojos grandes y pelo negro, igual que yo.

Quise rebuznar para que supiera que estaba justo bajo ella, pero no lo logré. La vi girarse y alejarse de mí, así que me apuré a levantarme y mis tambaleantes patas lograron sostenerme. Sin embargo, ella era mucho más rápida y pronto perdí su cola de vista. Tampoco pude olerla, había tantos perfumes en ese lugar que me desorientaron. Con la piel pegajosa y los sentidos embotados, me hice un ovillo sobre el pequeño charco. Decidí quedarme allí por si ella volvía a buscarme, seguía siendo la primera persona a la que vi así que debía ser alguien importante.

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