Cerré la puerta de la alcoba con cuidado. Lilain, la criada, me echó un breve vistazo que seguro le bastó para hacer la pregunta correcta.

     —¿Dónde está el bebé? Está claro que ya has dado a luz.

     —Ayer al mediodía. Con tan mala suerte que me pilló en medio del mercado.

     —¿Te vieron? —Se llevó las manos a la cabeza—. Sin embargo, sigues con la corona.

Me llevé ambas manos hacia la corona para comprobar que seguía allí. No quise delatar mis inseguridades y fingí colocármela bien. Lilain estaba preocupada por mí, y con razón. Cuando una reina da a luz a un hijo que no comparte con el rey, debe renunciar a su cargo justo antes de ser desterrada. Su hijo debía entonces ser asesinado inmediatamente. Me retorcí las manos con nerviosismo. Había estado a punto de correr esa misma suerte.

     —Me vieron, pero no es lo que parece. Tuve que bajar al mercado, no tenía más remedio, aunque había notado contracciones mucho antes. Me tumbé del dolor entre unos puestos de verduras y no me quedó más remedio que resignarme a dar a luz delante de los campesinos.

     —Ay, debió de ser horrible. —Me agarró de las manos para detener mi gesto impulsivo, después me recogió el pelo detrás de la oreja.— Pobrecilla.

Me dejé hacer. Estaba agotada y no tenía ganas de nada.

     —Pero —Lilain volvió a retomar su interrogatorio enseguida—, ¿qué hiciste cuando vieron los ojos naranjas de tu hijo? Enseguida descubrirían que se trataba de un híbrido silfo.

     —Le apliqué un hechizo de invisibilidad antes de que eso ocurriera. Vieron que nacía, pero no le vieron a él.

Lilain se tapó su gesto de horror y ahogó un quejido.

     —¡Magia! ¡Has usado magia feérica!

Le tapé la boca enseguida y miré a mi alrededor. La puerta seguía cerrada, y no parecía acercarse nadie. Me había puesto a mí misma en peligro al usar magia de ese tipo. A parte de que resultaba demasiado llamativo para el pueblo, el padre de la criatura ya se habría dado cuenta de que había usado magia que él mismo me entregó. Hundí el rostro en el vestido de la criada y comencé a llorar sonoramente. 

     —¡Ay, Lilain! —suspiré profundamente—. A estas alturas ya se habrá dado cuenta. ¡Él me lo ha quitado! ¡Oblaknu me ha quitado a mi bebé!

     —Mi reina, por favor, no lloréis.

     —¡Pero es cierto! Lo hice invisible para protegerlo de su padre, pero mientras dormía, lo robó de su propia cuna

     —¡Farsante! —Oblaknu entró por la ventana en la que nos había estado espiando.

Me abracé aterrada a Lilain. No entendía cómo podía haberlo arriesgado todo alguna vez por ese silfo desagradecido. Me lo había jugado todo por él: mi poder, mi reino, mi buena fama... 

     —Yo no he robado a ese bebé. —El silfo agitó sus alas, furioso.

Noté como cada centímetro de mi rostro se volvía totalmente pálido. Lilain se interpuso entre Oblaknu y yo.

     —Te seguía en el mercado —explicó—. Me había hechizado a mí mismo para parecer un humano. Y confía en mí cuando te digo que no he podido sufrir más al verte allí sufriendo y no poder correr a tu lado.

     —Yo ya no creo tus palabras innecesariamente poéticas —escupí—. Fueron palabras como esas las que utilizaste para seducirme.

     —Yo estaba plenamente enamorado.

     —Y me obligaste a estarlo a mí con esa magia tuya.

El silfo se calló al instante. La criada clavó su mirada en mí, suplicando que le dijese que todo aquello era mentira. Yo desvié la mirada de los dos. Aquello que dije no era totalmente cierto. Era verdad que Oblaknu había usado magia feérica para que yo le correspondiera, pero el resto del tiempo sí que le había amado como aquellos amores de leyenda. Apreté los puños. Eso era lo que más me molestaba.

     —Cuando vi nacer al bebé —prosiguió—, primero me asusté. Era totalmente invisible, y pensé que el niño no había nacido sano. Pero después recordé que te había entregado el don de la magia.

     —Lo ocultaba de ti —reconocí—, para que no pudieses llevártelo lejos.

     —No, Coira, lo ocultabas porque eres una cobarde.

     —¿Cómo puedes estar llamando cobarde a la reina? —Lilain saltó en mi defensa.

     —¿No lo entiendes? —se dirigió directamente a la criada— A ella no le importaba el bebé. Lo escondió para que no le quitasen la corona, para que no la desterrasen. ¡Lo mató con sus propias manos y lo hizo invisible para que nadie le descubriese!

Lilain me miró con el desprecio y el miedo del que mira a un ladrón y se apartó de mí a trompicones. Oblaknu la sujetó para que no tropezase.

     —Después de matar a mi hijo, ¿sigues usando tu magia para poner a todos en mi contra?

Oblaknu me miró con severidad.

     —¿Hasta cuando quieres que dure esta farsa?

Me fallaron las piernas y caí de rodillas al suelo. Me agarré la cabeza todo lo fuerte que pude, como impidiendo que estallase y todos los pedacitos se dispersasen por el aire. Oblaknu encontraba placer en la crueldad hacia los humanos. Dos sustantivos que nunca podían ir de la mano. El silfo era capaz de hacer creer a cualquiera lo que fuese, incluso yo me estaba empezando a creer su versión de la historia. Incluso tú, que ni siquiera estás dentro de ella.

     —Necesito que lo digas —susurré—. Necesito que dejes de hacerle creer en tu versión inventada.

     —¿A Lilain?

     —No. Al que no es de este mundo. 

     —Tienes el magnífico don de hacer creer a cualquiera lo que sea —dijo esto exactamente como lo había pensado momentos antes y me produjo un escalofrío duradero mientras hablaba— Además del don del dramatismo.


info.comments
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 3 meses

    Un homenaje a La historia interminable, me gusta mucho como llevas la sospecha hacia el propio narrador ¡¡¡en primera persona!!! Me parece complicado lo que has hecho.


popup.comments_logged_in