La niña estaba cubierta de escarcha. Su rostro, dulce y plácido, esbozaba una sonrisa que su mirada congelada hacía extraña. Parecía acariciar con la mano un abrigo imaginario que cubriese sus hombros, mientras con la otra agarraba un hatillo lleno de comida que los oportunistas no habían logrado arrancarle. Sin marcas de haber sido agredida, era evidente que había muerto de frío.

Por alguna razón, la ternura de un recuerdo conmovió al severo alguacil Béizin. Se giró hacia la anciana y mientras señalaba al cuerpo acurrucado en el hielo, dijo:

—¿Es la huérfana?

La vieja se cubría con un chal de lana que apretaba contra su pecho con cada ráfaga de viento.

—Jiulé. ¿La conocía? Rondaba el mercado pidiendo limosna. —Béizin permaneció en silencio—. Ayer la vi en la tienda de Landau. Le rogó a ese huraño un abrigo, tenía frío. La hizo pasar a su tienda. —Lo escrutó un segundo, prudente, tratando de averiguar lo que pensaba—. ¡Miré porque temí por la niña!

—Continúa —replicó, impávido.

—El peletero llevaba apresado un enorme armiño blanco que se retorcía furioso. Estaba preñado. Sobre el mismo mostrador lo tumbó y comenzó a acariciar su vientre murmurando palabras incomprensibles. ¿Magia? ¡Lo puso a parir! Con su mano libre tiraba de algo invisible que salía del interior. Conté quince. Le dijo: «Te daré un valioso abrigo, pero no volverás jamás a pedirme nada». A continuación, con su maza, golpeó la mesa salpicando gruesas gotas de agua. Arrastró lo que fuese que había sobre la tabla hacia un cubo y desapareció en la trastienda. Me fui al rato, cansada de esperar, pero más tarde vi a la niña correteando entre las mercancías. Le pregunté por qué estaba tan contenta, respondió que porque llevaba un abrigo invisible.

Béizin levantó una ceja inquisitivo:

—¿De qué lo acusas exactamente? Levantar falso testimonio es delito.

—Así bajen los siete jinetes muertos y me lleven. Ese monstruo la engatusó, pobre niña. Es propio de Landau.

El alguacil despidió a la mujer. Una vez a solas tocó el hombro del cadáver. Si tuvo tan valioso abrigo, ya no lo portaba.

La jaima de Landau estaba hecha con pieles de bisonte, instalada en el mercado del Puente Nuevo. Olía a carne podrida y sulfuro. Landau permanecía sentado, dando puntadas al aire con una aguja sin hilo. Miró al agente con expresión de estar siendo importunado:

—¿Qué se le ha perdido, alguacil?

—Una mendiga murió anoche. Dicen que usted la engañó. Creía llevar un abrigo invisible.

—¿Armiño de luna? —se rió con desprecio—. Mejor haberle regalado mi negocio directamente.

—¿No tiene de ese tipo de material?

—¿Crías concebidas en el preciso momento en que la Luna llena está en lo más alto del firmamento? Hay que matarlas nada más paridas o se vuelven blancas. Es casi imposible conseguirlas.

—¿No tuvo una camada de esas criaturas ayer?

—Apenas he juntado para la manga de un abrigo en años, ¿ve? —Y le mostró lo que fuera que llevase en las manos y que no se podía ver.

—Los niños son fáciles de embaucar, puede que como una broma...

Su expresión cambió:

—¡Ya sé lo que ha pasado! ¡La vieja les ha ido con mentiras! No quise pagar su chantaje y finalmente lo ha hecho. Vino temprano, diciendo que se chivaría a la guardia de que por mi culpa había muerto esa niña —volteó los ojos, aburrido—. Ayer nacieron crías de conejo blanco, es lo que vio esa ignorante. Le hice un abrigo a la huérfana con retales de anteriores camadas, algo estropeados ya. Poca cosa. ¡Pregunte por ahí! Seguro que lo malvendió. Su mezquindad la mató, no yo —rezongó—. Me pasa por tener buen corazón.

Béizin caminó por el laberíntico mercado, preguntando aquí y allá, hasta dar con un buhonero que la recordaba:

—Sí la vi, alguacil. De genio vivo, una pícara simpática. Ayer mismo discutía con un palafrenero que lleva monturas a la villa de Glendicc, un chico de ánimo templado. Le vendía un abrigo invisible —se rio—. Cuentos de briboncillos. El muchacho es de buen carácter, le siguió el juego. ¡Voto a Rontar! ¡Hasta pensé que tal abrigo existía! —Volvió a reír—. Movían las manos como si tocasen una delicadísima tela. Le dio treinta kikts, demasiado, pienso. Luego se acostumbran a holgazanear.

—¿Qué fue de ellos?

—La niña se dirigió calle abajo, hacia el puerto, él partió este amanecer hacia Glendicc.

El alguacil montó en su caballo y lo arreó con furia. Empezaba a tener un desagradable presentimiento.

Galopó feroz como diablo montado en niebla. Por suerte aquel mozo andaba despacio. Lo encontró a mediodía. El semental se encabritó y danzó a dos patas delante del aterrado muchacho.

—¡Piedad, caballero! No me matéis, os daré cuanto tengo.

—No temas. Necesito saber de tus tratos con una niña y cierto abrigo invisible.

Cuando el miedo se hubo esfumado, le contó lo ocurrido de buena gana, entristecido al saber que Jiulé había muerto:

—Al principio pensé que era un engaño, que solo pretendía sacarme algunos kikts, pero mientras jugábamos con su abrigo invisible, fue descubriendo sin darse cuenta su triste situación. Qué huerfanita más valiente. Necesitaba dinero para llevar leña y comida a sus hermanos.

—¿Y lo compraste?

—No creo que tuviese tal prenda, en verdad. Decía que se la había fabricado un curtidor que debía mucho dinero a su padre, a cambio del pagaré.

—¿Un pagaré?

—Era hija de cazador, supongo que por pieles y bestiezuelas. No lo sé. Dijo que había hecho aquella copia con hilo de telaraña —rio— y que me la dejaba por algo de dinero. ¡Qué ingenio! Me enterneció. Prometió que antes de que llegase la primavera me devolvería el triple de kikts al vender la auténtica. Los di por perdidos, claro. —Hizo un gesto triste de desdén—. Se puso tan contenta.

—¿Si miro en tu zurrón no encontraré...?

—¿Un abrigo invisible? —Negó apesadumbrado—. Me dijo que vivían bajo el Puente del Gobernador. Espero le pueda ayudar.

—Bastará.

El corcel se encabritó al sentir las espuelas en su carne y partió raudo, retornando a Meillin con su pecho empapado de espumarajos blancos.

Cerca del río encontraron una patrulla de guardias. El caballo giró sobre sí mismo, jadeante. Béizin los increpó:

—¿Sabéis de niños huérfanos que duerman bajo el puente?

—Sí, alguacil, esos malandrines son la pesadilla de los mercaderes. Ayer hicimos un desalojo, por las quejas.

El alguacil tenía un rictus pavoroso, blanco, parecido al de un muerto. Ironizó:

—Jamás he visto tanta devoción por la ley y el orden.

Uno de los soldados se rio con pillería sin percibir el agrio gesto del jinete debido a la creciente oscuridad:

—Maese Béizin, el curtidor Landau trajo dos barricas de amontillado. ¡Estimularon el fervor de las tropas! Los echamos a palos, ¡que los del barrio de la condena se apañen con ellos!

Pero el alguacil no sonreía, más bien su expresión helaba la sangre:

—Os conviene encontrar a cada uno de esos chiquillos y traerlos sanos y salvos. En especial dos hermanos pequeños. ¡Más os vale!

Picó espuelas y se dirigió a la jaima del curtidor. Entró sin miramientos. El rudo Landau lo ignoró, al menos mientras no tuvo la espada al cuello.

—Te lo cortaré a la menor provocación. Esos hermanitos tenían tu armiño invisible, ¿no es cierto? El que diste a Jiulé a cambio del pagaré de su padre. Sabías que no podría venderlo inmediatamente, era demasiado valioso. Antes se lo robarías. Ella lo llevó a sus hermanos para que lo guardaran y se protegieran del frío mientras buscaba comida. Puede que hasta la siguieras al puente. Jiulé sabía que si lo vendía podría darles mejor vida. Una buena hermana. Acompañaste a los guardias, solo tú sabías lo que tenían esos niños y se lo quitaste a la vista de todos, mientras los echaban. Jiulé no los encontró y vagó de noche en su busca, hasta morir.

—Una niña tonta —respondió entre dientes.

—¿¡Dónde está el armiño!?

Landau se rio:

—¡No tengo tal cosa! Eso le diré al juez. ¿Acaso tú lo has visto?

Con un movimiento sutil de la espada, el alguacil le hizo un arañazo en el cuello. El taimado curtidor se echó las manos a la garganta horrorizado, su sangre goteó dibujando el perfil de una prenda sobre sus rodillas.

—Me preguntaba cómo podías soportar el frío de esta noche con esos pantalones de fino hilo. Creo que te acusaré de ladrón para empezar. Es una suerte que el armiño de luna no pueda ensuciarse con sangre, por negra y abyecta que sea ésta.

El alguacil recordó el rostro de Jiulé, tan parecido al de su propia hermana, que hizo de madre y padre cuando era niño. Algo se había removido muy debajo de su serio gesto. Abrazó a aquellos pequeños, cuando los llevaron al cuartel los aterrados guardias, como si sus propios hijos fueran.

Jamás había visto nadie llorar al severo Béizin hasta entonces.

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