Él entró en casa con la ilusión de encontrarla dispuesta a salir con él del brazo para celebrar su aniversario.

Antes de abrir la puerta de su habitación, suspiró para prepararse. No podría soportar que ella no le reconociera otra vez.

Pero las lágrimas resbalaron por su cara nada más verla. La única luz que la alumbraba salía de una vela sobre una magdalena que ella sujetaba entre sus finos y pálidos dedos.

─Felicidades, cielo mío.

Él se acercó, la abrazó con fuerza, la besó con pasión y apagó la vela para poder acariciarla en la intimidad de la noche y olvidar así que ella podría borrar de su memoria, sin pretenderlo, aquel momento y muchos otros que se habían regalado.

Quería hacerla feliz, quería amarla por encima de las lagunas que a veces encharcaban su memoria, quería regalarle el brillo de sus ojos, quería cantarle al oído aunque desafinara, quería que siguiera siendo la reina de sus días, quería estar siempre contemplando su sonrisa.

La quería a ella. La quiso desde jóvenes, la quería entonces y la querría en todos los momentos de su vida.

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