El jueves por la mañana, Talios compró un huevo. Tenía el tamaño de una calabaza y pesaba como si estuviera lleno de lingotes de oro. Su superficie era rugosa y hacía cosquillas en las palmas de las manos. No pagó mucho por él, apenas tres reales. Petrus, el dueño del puesto de antigüedades donde lo compró, le dijo que lo había encontrado en unas ruinas al otro lado del océano. El bazar de Rayida era el típico mercado ruidoso, repleto de gente que caminaba de manera desordenada, que olía a queso y pan. A él no le gustaban las aglomeraciones, y por eso no solía frecuentarlo, pero sabía que en el puesto de Petrus a veces se podían encontrar gangas interesantes. Una vez compró una caja desvencijada de madera sucia y podrida que contenía una diadema que Talios vendió como parte del ajuar funerario de la reina Alessa. Con el dinero que ganó por su venta pudo comprarse un caballo nuevo y cambiar varios muebles de su casa. Solo los dioses sabían cuánto dinero podía conseguir con ese enigmático huevo de aspecto prehistórico si jugaba bien sus cartas.
Después de comprarlo, Talios se paseó con él por el mercado y lo exhibió a todo aquel que quisiera mirar. Con cada persona que se cruzaba, el valor del huevo aumentaba.

—Es un verdadero huevo de grifo —decía al principio—. ¿De grifo? ¿Quién ha dicho eso? No, es un huevo de hipocampo —aseguraba después—. ¿Un huevo de hipocampo? En absoluto. De hecho, si lo dejáis al sol durante dos días seguidos, nacerá un precioso basilisco —prometía más tarde.

Pero nadie quiso comprarlo. Talios se recorrió todo el mercado, desde el puesto de verduras de Annita hasta la tienda de pociones mágicas de Cloe. Notó que la bruja lo escrutaba con esa mirada suya que siempre ponía cuando desconfiaba de algo, con los párpados entrecerrados que convertían sus ojos violetas en dos rendijas diminutas.

Cansado de dar vueltas, Talios se sentó en uno de los bancos que rodeaban la plaza del mercado. Cogió el huevo y le dio varias vueltas mientras sentía su tacto áspero y rugoso bajo la piel de las manos. Entonces se le ocurrió una idea. Recordó lo poco que le había costado convencer al comprador de la diadema de que esta pertenecía a la difunta reina Alessa, y es que uno siempre cree aquello que quiere creer. Observó el huevo y pensó que realmente podía pasar por uno de dragón. Sí, se dijo; cualquier incauto lo confundiría con uno, pese a que los dragones llevaban siglos extintos.

Mientras lo sostenía entre las manos, el huevo hizo un ligero movimiento. Fue minúsculo, pero Talios creyó notar que algo se había movido allí dentro. Maldijo en voz baja; si el animal se decidía a nacer en ese momento, estropearía sus planes. La superficie rugosa del huevo empezó a resquebrajarse y Talios lo dejó en el suelo con un suspiro de resignación. Alzó la vista, por si alguien lo estuviera viendo, pero solo se encontró con la mirada de la loca de Cloe. La bruja se había puesto unos extraños anteojos redondos con monturas doradas que no hacían otra cosa más que aumentar su aspecto de chiflada. Talios volvió a mirar el huevo; supuso que tardaría horas en eclosionar, pero se equivocó. En cuestión de minutos la grieta se abrió del todo y la cáscara se partió en dos mitades tan perfectas que pareció que alguien las había cortado con un cuchillo. Talios se asomó y no encontró nada: el huevo estaba tan vacío como sus esperanzas en esos momentos. Se arrellanó en el banco y pensó en lo idiota que había sido al malgastar aquellos tres reales.


Cloe se había fijado en el huevo en el mismo momento en el que Petrus lo colocaba en una de las repisas de su puesto en el mercado. No le hacía falta consultar en su manual de animales mágicos para saber que era de dragón, pero aun y así lo hizo. Encontró una reproducción tan parecida al de Petrus que pensó que tenía que ser el mismo. Pertenecía a un dragón verde de las marismas y, tras leer su información en el libro, descubrió que poseía una cualidad muy interesante. Mientras colocaba sus pociones y ungüentos en las vitrinas de su puesto, Cloe se preguntó si debería comprarlo. Un huevo de dragón en malas manos podía ser muy peligroso. Cuando alzó la vista y vio que el inepto de Talios se interesaba por él, pensó que ya había llegado tarde. Ese estúpido no sabía detectar un tesoro ni aunque le pusieran delante mil monedas de oro auténtico. Ya le pasó con aquella diadema mágica perteneciente a la suma hechicera Morgana Le Fayen y que él, inocentemente, vendió como parte del modesto ajuar de la reina Alessa.

Cloe vio cómo Talios se paseaba ufano con el huevo en las manos. Se lo enseñaba a todo el mundo, el muy idiota. Por suerte, ninguno de los incautos que se cruzó con él se interesó por el huevo. Cloe se ocultó entre los frascos de sus pociones y vio cómo Talios se sentaba en un banco y observaba el huevo con el ceño fruncido. A saber qué oscuros pensamientos cruzaban por su cabeza; la bruja rezó para que no pretendiera lanzar el huevo al río o romperlo para cocinarse una tortilla.

Y entonces ocurrió: el huevo empezó a romperse. Una grieta bien visible surgió en la parte superior de la cáscara y cruzó hasta abajo justo donde Talios lo estaba sujetando. El hombre lo dejó en el suelo y se quedó contemplándolo con expresión bovina.

Cloe pensó que era un buen momento para probar sus gafas de revelación de magia invisible. Había tardado meses en fabricarlas y todavía no las había probado, así que ignoraba si iban a funcionar. Sabía que las había guardado en uno de sus baúles, pero no recordaba en cuál. Maldijo y, frenética, se puso a buscar mientras con el rabillo del ojo no perdía de vista la evolución del huevo. En el tercer baúl sus manos se cerraron sobre unos anteojos redondos de cristal. Cloe los sacó y se los puso con rapidez. Al instante, el mundo que la rodeaba cambió de color. Cualquier elemento imbuido por un ligero toque de magia refulgía con una tonalidad entre el dorado y el azabache. Se dio cuenta de que algunos de los objetos del puesto de Petrus brillaban, así como la mayoría de las pociones que ella vendía. Incluso sus manos destilaban un ligero tono ambarino. Pero ella se concentró en el huevo que seguía a los pies de Talios: estaba cubierto por un aura de intensos destellos morados que palpitaban como un enorme corazón. La grieta que se había formado en el huevo se abrió del todo y la cáscara se partió en dos mitades perfectas.

Cloe palideció. Talios no lo veía; nadie en el mercado lo veía, por supuesto. Pero gracias a sus anteojos mágicos ella fue testigo de cómo del interior del huevo salía un pequeño dragón del color de las esmeraldas. Movía los cartílagos de sus alas como si intentara volar. El dragoncito llegó de un salto al suelo y arqueó la espalda para emitir un gorjeo que nadie oyó. Cloe se apartó las gafas durante unos segundos y comprobó, no sin cierta emoción, que en el lugar donde escasos segundos antes había habido un dragón verde, ya no había nada. Volvió a ponérselas y allí estaba de nuevo. Como si necesitara convencerse de que lo que veía era real, echó un vistazo al manual de animales mágicos y releyó la información sobre el dragón verde de las marismas. «Animal violento y tremendamente peligroso, se aprovecha de su invisibilidad para atacar a su víctima cuando esta menos se lo espera».

Cloe volvió a mirar a Talios, que seguía sentado, enfrascado en a saber qué clase de pensamientos. El dragón se había subido al banco de un saltito y parecía olisquear al hombre. Cloe prefirió no ver lo que iba a pasar a continuación; se quitó las gafas y así, lo único que vio fue a Talios caer del banco y revolverse sobre el suelo como si estuviera sufriendo un ataque al corazón, mientras su pecho se abría en canal. Y después, quietud.

Cuando se volvió a poner las gafas, el dragón había desaparecido. Lo único que delataba su existencia eran unas pequeñas huellas sanguinolentas que se perdían detrás del banco en dirección a la ciudad.

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