La carne de oligornio se estaba vendiendo más rápido de lo que a la vieja Dezz le gustaba. Las propiedades del vegetal eran numerosas: reducía el colesterol, mejoraba la vista y la memoria, fortalecía los huesos, sus fluidos se usaban para tantos tratamientos de belleza como tentáculos tenía la ceriana en la papada y no sabía qué más. No obstante, ella prefería las denostadas tripas, por lo que esperaba irse del mercado con lo que de verdad quería sin tener que pelearse con nadie; ya estaba siendo demasiado difícil soportar la gravedad de ese asteroide, como para ponerse ahora a pegar patadas.

—¡Por Andrómeda! No se cuele —le espetó a un hombre de espalda ancha—. Si yo he aguantado aquí tres giros, usted lo hará también. —Señaló furiosa el diminuto satélite que orbitaba alrededor de la roca.

El susodicho retrocedió con expresión culpable y Dezz sonrió para sí misma, triunfante. De verdad, qué poca educación se gastaban algunos terráqueos.

Se fijó en el hortelano. Las cataratas que nublaban su vista no le permitían regocijarse como antaño con los cortes que este propinaba a la carne mientras la preparaba; le encantaba ver el despiece. Cuando por fin le llegó su turno, lo principal del oligornio ya se había vendido y solo quedaban los restos, justo como había predicho. No entendía por qué la mayoría escogía solo las piezas más bonitas cuando lo que el vegetal ofrecía se encontraba en todas sus partes, de las raíces a las orejas. Mejor para ella.

—Sácale el jugo, ya lo aprovechará alguien —ordenó.

Pagó los cinco cuarzos que costaba su pedido y se marchó de allí tan pronto lo tuvo en las manos. El mercado en su conjunto ni siquiera era interesante; además, estaba tan cansada que no veía el momento de subirse a la nave que la llevaría a su casa.

De camino al embarcadero paseó la vista por los demás puestos. La mayoría parecía ofrecer comida, ya fuese en crudo o cocinada, pero también creyó distinguir mesas llenas de ropa, incluso objetos que no tenían otras funcionalidades distintas a las de coger polvo y ocupar espacio. Hasta cierto punto, le parecía ridículo ir allí solo por el oligornio, pues no deseaba nada más, pero entonces se imaginaba integrándolo en un guiso y se le pasaba. Por ese vegetal merecía la pena cruzar la galaxia.


Giov estaba eufórico. Los olores, los sonidos, el peso de la gravedad sobre sus hombros… Era la primera vez que pisaba el asteroide de Harnan y todo estaba siendo justo cómo lo había soñado. Por todos los astros, ¡hasta tenía un mercado! Hacía siglos que prescindieron de ellos en su natal Higia, donde las grandes superficies los empujaron a la extinción, y encontrar uno tan vivo era raro y mágico al mismo tiempo.

—Si no os importa, me adelanto —hizo saber a sus tutores—. Hay mucho por ver y a vuestro ritmo no creo que nos dé tiempo a verlo todo… ¡perdón! —Juntó las palmas para disculparse—. Ya me entendéis…

—Ve, anda, ve. En el embarcadero nos reencontramos.

—¡Gracias!

El muchacho sonrió y corrió a explorar con la certeza de que nadie le iba a retrasar. Sabía también que se iba a perder, el mercado era inmenso, pero no le importaba; perderse allí sería toda una aventura que recibiría con los brazos abiertos.

Los comerciantes gritaban sus ofertas y cantaban su inventario, y Giov se acercaba sin poder remediarlo. «No piques», se recordó. Sin embargo, cuando quiso darse cuenta, ya se había gastado todos los cuarzos que llevaba en comida y ropa. Sentía el estómago pesado, pero un inconveniente así se antojaba menor cuando había tanto por recorrer todavía. 

Una mujer, tal vez silviana por el tono violáceo de su piel, le echó el humo de una pipa de tres boquillas cuando pasó por su lado. Giov tosió. El aroma dulce que le embriagó al principio se volvió picante e incómodo después, y tuvo que apartarse del camino para recuperar la compostura. ¡Qué experiencia más incómoda! Sacó uno de los pañuelos que se acababa de comprar de su bolsa y se cubrió la boca y la nariz con él, asegurándolo a la cabeza con un nudo en la parte de atrás.

Recobrado y más tranquilo, aunque algo mareado, se reincorporó a la corriente de gente. Sin embargo, la calma duró poco. Alguien gritaba cerca, a solo unos puestos de distancia. Dejándose llevar por la curiosidad buscó el origen, casi extasiado, y jadeó al ver de qué se trataba. Un chico no mucho más mayor que él se había puesto de parto allí mismo, ¡en pleno mercado! ¿Cuáles eran las probabilidades de presenciar algo así? ¡Y le había tocado a él! Su día no hacía más que mejorar.


El universo la odiaba, estaba segura. ¿Por qué no podía ese joven esperarse a que ella estuviera felizmente a bordo de su nave para ponerse de parto? Como matrona, estaba obligada a asistir cualquier alumbramiento que se encontrara en el Cinturón, y aquel no podía ser más inoportuno.

—Ya, ya, ya sé que duele —dijo entrando al círculo de curiosos que se acababa de formar en torno al chico—. Sujétame esto —añadió mientras le entregaba sin opción a réplica el oligornio empaquetado. Después hurgó en su bolso hasta dar con el botiquín de emergencia con el que siempre cargaba—. Y quítate los pantalones.

—¡¿Cómo?! ¿Aquí? ¿Ahora? —musitó el muchacho mientras se agarraba con desesperación la enorme barriga.

—No hace falta que te los quites del todo, con bajártelos es suficiente.

Consciente de sus reticencias, la vieja Dezz tomó la iniciativa y tiró de la prenda hasta dejarla a la altura de los tobillos. Coincidiendo con otro de sus gritos, seguramente producto de una nueva contracción, hundió la mano en su entrepierna sin pedir permiso.

—No lo esperaba hasta dentro de una semana…

—Habrán sido las condiciones de Harnan, que todo lo aceleran. Pero esto va a suceder ahora, quieras o no. Estás muy dilatado.

El chico gruñó y se dobló por la cintura, señal inconfundible de que a Dezz le tocaba actuar. Trató de ignorar a los mirones e indicó al joven que se acuclillara. Si no le fallaba su intuición, el parto sería rápido; la criatura estaba bien posicionada y el gestante estaba en buena forma.

—Venga, va, tú empuja cuando te vengan las contracciones —explicó mientras se sentaba en el suelo y extendía las manos para recibir al bebé.

Varios gritos, sollozos y gemidos después, un cuerpo invisible caía en sus brazos. Restos de sangre se pegaban a su diminuto cuerpo y ayudaban a perfilar una cría berreante en buen estado, aunque habría que esperar a que fuera visible para asegurar que todo estaba bien. La anciana, por el momento, dejó que las sustancias de su padre la cubrieran para no perderla de vista y poder ponerla en sus brazos. Solía pasar con los prematuros de los idanos, por lo que supuso que el simiente de aquel joven sería natural de Ida.

—Ni se te ocurra dejar caer el oligornio al suelo —le advirtió; que se las apañara, ella no había terminado ahí abajo.

¿La buena noticia? El sangrado no parecía preocupante.


¡Por todas las lunas de Júpiter! ¿Era real lo que estaba viendo? Giov se sentía fuera de lugar, todo a su alrededor daba vueltas. ¿Dónde estaba el bebé? No entendía nada, pero no podía dejar de mirar. Y de buscar, sobre todo, de buscar. Tiró del pañuelo para despejarse la cara y poder ver mejor. Lo que fuera que llevaba el humo que se había tragado no le sentó bien. Había visto a esa mujer acunar algo de la misma forma que lo hacía ahora el chico que estaba de parto, pero… ¿qué sucedía? Algo no estaba bien, lo notaba en las entrañas.

—¡Sangre! —exclamó en cuanto reparó en ello.

Tan enfrascado estaba buscando a la criatura que no se había fijado en el enorme charco de sangre que se acumulaba bajo la pareja. Los curiosos que tenía más cerca le miraron con los ceños fruncidos y la incomprensión en sus caras. ¿Qué les pasaba? ¿Es que no lo veían?

—¡Se está desangrando! —insistió.


La vieja Dezz refunfuñó al escuchar el revuelo a su espalda. Exageraban. Había sangre, sí, e igual no veía tan bien como antes, pero no era para tanto. Que se callaran y la dejaran trabajar, eso tenían que hacer. Y si tan preocupados estaban, que avisaran a los paramédicos del Cinturón, ella no podía hacer más con los medios de los que disponía.

Cortó el cordón de la cría, sacó la placenta y arrojó todo a un lado. Evaluó el estado de la entrepierna del muchacho y la limpió con cuidado.

—No está mal, pero un par de grapas no hacen daño. Deberías ir a un hospital —sugirió al tiempo que recogía y se ponía de pie, no sin esfuerzo. Ay, dichosa gravedad—. Lo siento por los pantalones, no fue mi mejor decisión dejártelos puestos.

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