Alisha resopló y se apartó el pelo rubio de la cara, mirando a su alrededor con la mandíbula apretada.

«No puedo creer que haya perdido a la katusaneli. Una hembra preñada, nada menos. Y todo por culpa de Diran. Ese entrometido no sabe cuál es su lugar».

La chica se limpió las hojas y ramitas que se habían enganchado a su túnica mientras cojeaba entre los puestos de miel de caléndula arcoíris, alfombras planeadoras y brochetas de lagarto ígneo. Encima de que había tenido la deferencia de ir a buscar a Diran a la biblioteca, donde el muy patán roncaba como un dragón sinusítico, al acabar la reunión con el profesor Krauney le había puesto la zancadilla, dedicándole una sonrisita y un «Cuidado» cargado de sorna. Todavía le dolía la rodilla. Podía visualizar el moratón formándose en su delicada piel.

Tenía que encontrar a la katusaneli cuanto antes, el profesor Krauney lo había dejado claro; el animal podía proporcionarle un ingrediente vital para sus investigaciones, y a ella podía conseguirle créditos extra en la asignatura de pócimas y elixires. No era que le hiciesen mucha falta, pero no estaba de más ganar puntos con el profesorado.

Reprimió un grito de frustración ante la cantidad de gente que se movía por el lugar, de un tenderete a otro. Echaba de menos estar entre los muros de La Torre, la más insigne escuela de hechicería, con sus amplios pasillos llenos de cuadros de reputados exalumnos y sus impresionantes escaleras, símbolo del duro ascenso hacia el éxito. No veía la hora de volver.

«Casi la tenía».

Había encontrado a la hembra tras internarse en el profundo y horrible bosque, y el animalillo se le había acercado. Pero, justo cuando estaba a punto de rozar el pelaje rayado azul y violeta del felino, Diran surgió de la espesura. La katusaneli había huido, y había ido a elegir el Gran Mercado de Suruma, la capital de la magia, para ocultarse. Como si no fuese ya bastante difícil localizar a un animal que se vuelve invisible a voluntad.

«Voy a encontrar a ese bicho aunque sea lo último que haga».

 

El muchacho resopló. Apoyó la espalda contra uno de los puestos, que ofrecía distintas especias y raíces. El aroma era tan relajante que tuvo que ahogar un bostezo. Agradecía poder salir de la sombría academia de paredes tortuosas que parecían venirse encima. Y todos aquellos peldaños... Diran prácticamente vivía en la biblioteca, la estancia más grande a la que tenía acceso. Además, al contrario que los niños ricos que se compraban los aprobados con el dinero de papá, mamá o el hada madrina de turno, él tenía que estudiar para conservar la beca y poder graduarse como hechicero.

Esa noche la había pasado en vela entre torres de libros, sólo para ser atacado por la estridente voz de Alisha en cuanto descansaba la vista un par de segundos. Luego se había visto arrastrado al despacho de Krauney, el lugar más abigarrado de la de por sí recargada torre, como si las excesivas decoraciones y efigies de gente que había dejado de ser famosa décadas atrás pudiesen otorgarles una clase que no tenían.

Pero a los ricachones aquello parecía encantarles. Eran como urracas, abalanzándose sobre cualquier objeto brillante.

El profesor les había soltado a saber qué rollo sobre el deber de contribuir al avance de la comunidad. El quid de la cuestión era que el hombre se había quedado sin maullido de katusaneli para sus mejunjes. Por lo que Diran sabía, era un ingrediente terriblemente complicado de obtener, a pesar de la relativa abundancia de aquellos félidos, ya que sólo servía si el maullido era emitido mientras el animal era invisible. En esas condiciones su sonido se volvía visible, como un riachuelo de colores cambiantes que se elevaba en el aire, y podía recogerse con un frasco especial.

Diran se había encogido de hombros cuando Krauney preguntó si aceptaban la tarea, en contraste con Alisha, que asintió con energía. La muy burra estaba tan desesperada por unas migajas de aprobación que tropezó al intentar salir del despacho al mismo tiempo que él.

—Cuidado —dijo.

Quiso añadir que no era una competición y que los katusaneli saldrían huyendo si hacía tanto ruido, pero ella le lanzó una mirada furibunda y se fue cojeando. Más tarde, mientras paseaba disfrutando de la libertad, se la encontró cerca del linde del bosque junto a una hembra. El animal tenía las orejas gachas, pero Alisha extendió la mano, ajena a la advertencia. Diran decidió intervenir para evitar que le arrancase el brazo. 

—¡Ya la tenía!

—¿Pero no ves que casi…? —La chica echó a correr sin escucharlo. Él resopló. Si no quería tener que explicar cómo su compañera se había matado persiguiendo a una gata invisible, iba a tener que seguirla.

 

La clave para capturar a la katusaneli era la discreción. Por suerte, Alisha tenía la elegancia natural de una bailarina y buena mano con los animales. Probablemente el animal hubiese buscado un rincón oscuro y tranquilo… No podía haber muchos sitios así en el concurrido mercado. Dedujo que el establo sería una zona relativamente tranquila a aquellas horas y se deslizó en el edificio.

La mitad de las cuadras estaban ocupadas por animales, muchos de los cuales Alisha sólo había visto en dibujos. La chica los ignoró y revisó los huecos vacíos. Era complicado, pero si uno se fijaba bien era posible localizar a un katusaneli invisible por la leve ondulación en el aire que producían al moverse.

—Está aquí —dijo una voz conocida.

Con horror, Alisha descubrió a Diran acuclillado frente a unas balas de paja. Seguro que la había estado espiando.

—Si crees que vas a robarme… —comenzó, pero él hizo un gesto para acallarla.

Ella lo ignoró y dio un paso hacia el punto que él había estado mirando. La katusaneli estaba aovillada, alternándose entre la visibilidad y la invisibilidad con cada contracción. La gata dejó escapar un gemido y Alisha vio por el rabillo del ojo que Diran se erguía. No era de extrañar: el primer maullido de un katusaneli era el más poderoso. Seguro que el chico quería conseguirlo para ganar puntos con Krauney.

Un sonido, como un vacilante gorjeo, llenó el aire de chispas verdes y rosadas. Alisha se apresuró a abrir su frasco de cristal topacio y embotellarlas.

—¡Ja! —Dedicó a Diran una sonrisa victoriosa. Él la miraba con los ojos muy abiertos—. Lo has intentado, pero esta vez gano yo.

No podía esperar a ver la cara de su maestro cuando viese que lo había conseguido.


No fue difícil encontrar a la katusaneli. El dolor la hacía volverse visible cada pocos segundos. Diran la vio escurrirse en el interior de los establos y decidió seguirla; le daba igual la tarea o que Alisha se descalabrase, en aquel momento le preocupaba más que algún espabilado enjaulase al pobre animal para luego venderlo. Aquellos felinos sufrían mucho en cautividad.

Encontró a la gata haciendo un nido en un montón de paja y se agachó a una distancia prudente, sin hacer ruido. Si ella lo vio, no pareció molestarse. Diran estuvo un rato vigilando su respiración entrecortada, hasta que un ruido lo desconcentró. Vio a Alisha caminando pegada a las paredes como una cucaracha y tuvo que contener una carcajada. La habría dejado seguir a lo suyo, pero si seguía molestando a los demás animales, alguien acabaría por acercarse a comprobar la causa del alboroto.

—Está aquí —dijo cuando la chica estuvo bastante cerca para no tener que gritar.

Intentó pedirle que guardase silencio, pero al verlo Alisha prácticamente lo arrolló para abalanzarse sobre la katusaneli, que emitió un bufido de advertencia.

—Ten paciencia —suspiró, pero la muchacha no le hizo caso.

Un remolino chispeante de colores vivos flotó sobre sus cabezas. Alisha se levantó de un salto y lo encerró en un vial. Diran frunció el ceño y se fijó en el recipiente. Abrió muchos los ojos y fue a advertir a la chica, pero ella se rio y se marchó corriendo. Diran negó con la cabeza y miró a la katusaneli, que lamía con fruición un espacio aparentemente vacío del que de tanto en cuando brotaban oleadas musicales de color. Sonrió para sí.

—Verás cuando descubra que el maullido se ha escapado del frasco porque ha usado un tapón de corcho y no de cristal.

La gata centró en él sus ojos tornasolados, bostezó y entornó los ojos con pereza. Diran alargó la mano con precaución y la acarició entre las orejas. Al momento el animal emitió un sonido vibrante y satisfecho. Su figura se difuminó en el aire y el ronroneo adquirió un plácido tono gris perla.

Era bonito. También mucho más raro y útil que el maullido, que sólo servía para causar una sinestesia transitoria en quien lo inhalase y dar un toque colorido a las pócimas para luego venderlas más caras. Seguro que Krauney daría lo que fuese por tenerlo. Sin embargo, Diran decidió no embotellarlo. Su gran belleza radicaba en la efimeridad.

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