Anochecía cuando me senté bajo los viejos pórticos de la plaza donde se instala el mercado. Cada mañana se llenan las paradas con diversos productos, del campo, de las granjas, o también de géneros no alimentarios. Estaba exhausta y me eche una cabezadita. Al despertar, todas las paradas estaban con lonas por encima y por las calles adyacentes no se veía un alma. Mi abultada tripa les ha dado lástima, ya que me han dejado algunas monedas a mis pies.

Las amplias columnas del mercado han sido mi refugio. El suelo está frio, pero en el sector de verduras he apilado unas cuantas hojas verdes que estaban esparcidas por los rincones. En aquel espacio no he estado mal, tampoco es tan húmedo como donde los pescados. Esas hojas, un poco resecas pero cómodas, me han ayudado a no estar directamente en contacto con la desagradable superficie rugosa del suelo. Era más de medianoche cuando, por fin, ha asomado su cabeza entre mis piernas. Debía tener pelo, lo sentía en mis manos sin verlo. Esa ha sido la única referencia que recuerdo de su persona, el resto era su llanto y un campo de vibraciones cálidas que escondían un cuerpo invisible.

Si me pide porqué he venido a este lugar, le diré que ha sido para dejarlo con su padre, quería que él se hiciera cargo del pequeño. Con todo mi dolor por tener que abandonarlo. Lo he envuelto entre periódicos que he encontrado dentro de una de las columnas del recinto solitario. Entre las páginas podía intuir su forma. Estoy segura de que su padre lo reconocerá. La botella de alcohol era para desinfectarme, se lo juro. He dejado, como en un altar, una pequeña luz de cera cerca de su cabeza, en ese momento, como si fuera un milagro, me ha parecido ver brillar sus ojos, pero al fijarme más de cerca han desparecido. Puede que lo haya imaginado, o ha cerrado los ojos. Súbitamente una sombra se ha abalanzado sobre de mí y todo ha empezado a arder. En la lucha con el agresor desconocido, no he podido evitar que el pequeño desapareciera entre los girones de los periódicos calcinados. No me ha dejado sacarlo de entre las llamas, seguro que no ha quedado nada de él, como mucho, solo un manto de podredumbre quemada.

Cuando ha llegado aquel engendro del demonio, yo aún estaba medio desnuda por el parto. Sin poder reaccionar me ha golpeado con algo contundente y he perdido los sentidos. Al volverme la consciencia jadeaba encima de mí, me estaba violando sin compasión, a la luz del fuego, que ha ignorado, con mi pequeño ardiendo, aunque no se oía ningún llanto, y yo sin poder hacer nada, estaba confusa y aturdida. Pero he reaccionado, lo he arañado y me he quitado de encima a aquel salvaje agresor, y al empujarlo con todas mis fuerzas para quitármelo de encima, seguramente se ha golpeado con alguna columna, entonces han llegado ustedes. Eso es todo, señorita agente.



Mire, guapa agente, he oído ruido en un rincón del mercado, soy el vigilante nocturno y no me duermo nunca. Así, cuando esa respiración agitada se ha hecho más audible, he localizado el sitio donde se encontraba esa chica. Y más tarde se ha sentido el llanto de un crio, que yo nunca he visto. Solo por un momento me ha parecido intuir algún movimiento entre los papeles que ella me ha quitado, pero nada más, yo no lo he visto ni entre lechugas ni coles resecas. Pero ha sido entonces cuando ella ha prendido fuego a esas revistas que suelo esconder en el hueco de una de las columnas del mercado. Las escondo ahí, para cuando hago la ronda y me aburro. Me paro, me siento al pie de una farola, y al cobijo de la columna leo un rato. No tengo garita, solo un pequeño cobertizo sin puerta, así que me estoy todo el rato andando por entre las paradas y descanso donde puedo o hay un rincón cómodo.

Y bien, cuando he visto el fuego, me he lanzado a intentar sofocarlo con un extintor, uno pequeño que suelo tener a mano en el cobertizo, a donde he ido en una carrera al ver las llamas. Ella me ha visto venir y ha intentado arrebatármelo, con lo cual, y sin querer, en el forcejeo se ha golpeado en la sien, y ha caído inconsciente unos segundos. He visto que tenía sangre aún fresca por las piernas y la he apartado del fuego para que no se quemara y la he cubierto. Tenía que dejarme espacio para apagar el principio de incendio. Después, he mirado de limpiarla con cuidado, pero se ha despertado y me ha arañado la cara y el cuerpo, y gritaba no sé qué de un niño nacido, que yo no he visto, como no fuera transparente, está claro.

Y si dice ella otra cosa, no la crean. Ya me dirá usted qué hacia esa chica a estas horas intentando quemarme el mercado, y dándole tragos a aquella garrafa de aguardiente. Mire, el botellón aún está al lado de la columna. Si ha dicho otra cosa, ella miente, guapa agente.


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