Aquella era la primera vez que Simón visitaba el mercado del puerto, que a esa hora bullía de actividad. Sus ojos, abiertos de par en par, iban de un lado a otro maravillados por la abundancia de mercancías exóticas y sus oídos se deleitaban con el variopinto sonido de cien lenguas distintas. Aquel mercado no era como los demás. Solo abría sus puertas una vez al año y en él se daban cita comerciantes de todo el mundo, ofreciendo los objetos y manjares más extravagantes que uno pudiera soñar. Había hechiceros vendiendo misteriosos brebajes y brillantes escamas de dragón; mercaderes de telas, especias y licores; sacerdotes de distintas religiones que predicaban sus credos entre los viandantes. Todo era color y algarabía, nada que ver con la existencia triste y gris que Simón había experimentado hasta entonces.

Mientras escuchaba a un criador de caballos pregonar las extraordinarias características de sus animales, un golpe de viento procedente del mar le arrancó el sombrero y lo arrastró frente a un puesto particularmente concurrido. Tras colocárselo de nuevo en la cabeza, Simón se deslizó entre las piernas de los espectadores hasta llegar ante un enorme tanque de vidrio en cuyo interior nadaba un gigantesco pez. No, no era un pez, era...

—¡Acérquense! —clamaba la dueña del puesto—. ¡Contemplen a la increíble sirena de los mares del sur!

Efectivamente, la criatura tenía cola de pez, pero su torso era humanoide, con dos largos brazos en lugar de aletas y un rostro casi humano, aunque falto de expresión.

Cerca del tanque había un cartel en el que se indicaba que el raro ejemplar sería subastado al día siguiente.

Simón observó a la sirena, fascinado, pero no tardó en descubrir que algo extraño le ocurría. No nadaba ágilmente por el espacioso contenedor, como habría cabido esperar, sino que se encontraba acurrucada en el fondo y de vez en cuando se retorcía angustiosamente.

Simón apoyó la mano en el cristal, preocupado. «¿Estará enferma?», se preguntó.

T’kal observó, rebosante de odio, al niño que apoyaba la mano en su prisión. Las contracciones habían aumentado en número e intensidad en las últimas horas y sabía que era cuestión de tiempo. Pronto su bebé nacería en aquel diminuto mundo y ella moriría, como todas las hijas del mar hacían tras dar a luz. En condiciones normales esto no le habría preocupado. Pasar el testigo a la siguiente generación era un gran honor entre los suyos. Pero su hija no iba a crecer en el mar. Ni siquiera sabía si sobreviviría tras su muerte, porque las sirenas, al nacer, no eran visibles para el ojo humano. Un mecanismo de defensa muy eficaz en la naturaleza, pero no en cautividad, ya que si aquellos monstruos no eran capaces de verla, ¿cómo sabrían que debían alimentarla?

Había tratado de retener a la pequeña en su interior todo el tiempo posible esperando algún milagro, pero este no se había producido. Las contracciones alcanzaron su punto álgido y T’kal supo que había llegado el momento. Se enroscó sobre sí misma para concentrar sus fuerzas y expulsó a su hija al minúsculo recinto que había sido su hogar desde que la capturaron. «Lo siento, G’eil». Ese fue su último pensamiento antes de abandonarse a la oscuridad que la invadía.

Entre los congregados en torno al tanque se había hecho el silencio. Simón miraba fijamente, con lágrimas en los ojos, el cuerpo de la sirena, que flotaba inerte. La propietaria del puesto indicó a uno de sus empleados que le diese unos golpecitos con un palo a través de la escotilla de alimentación, pero la criatura no reaccionó.

Maldiciendo, la mujer le ordenó que la sacase de allí y la llevase al taxidermista. Al menos, podrían subastar el cadáver.

—Y echa el agua del tanque al mar, ya no la necesitamos —añadió.


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