Nábubu era la ciudad más importante del sector cálido del planeta. En realidad, era más bien un entramado anárquico de edificaciones en torno a un enorme mercado central, La Plaza Supervivencia, erigido sobre un esqueleto de puestos permanentes y aderezado con un enjambre de tenderetes temporales. En ese momento, una pareja de guardias imperiales seguía a un hombre que correteaba con torpeza entre el incesante tráfico de gente.

—Más despacio, ciudadano —insistían los oficiales.

Pero el tipo, que no tenía ni un solo pelo bajo el pañuelo que le cubría la cabeza, no aminoraba el paso.

—Tienen que verlo, entonces me creerán —repetía entre resuellos—. Pero recuerden que lo primero que hice fue ir a avisarles. En cuanto nos dimos cuenta de que ninguno de los dos veía al recién nacido, supimos que debíamos informar.

Los guardias se miraron con resignación. Lo único bueno de ser destinado a un rincón tan perdido e inhóspito de la galaxia era la tranquilidad. Su trabajo solía limitarse a detener a raterillos, solucionar trifulcas entre vendedores y evitar que timaran a los compradores inexpertos. Pero ese día parecía que todo iba de mal en peor. Primero, la aparición de una mujer muerta a pocos kilómetros de la ciudad. Una ciudadana de Itaquia, nada menos. Y después aquel mercader histérico que aseguraba que una desconocida acababa de dar a luz un bebé invisible en el puesto regentaba con su esposa.

Llegaron a una pequeña construcción de formas redondeadas, poco más que un cascarón con un orificio de entrada y otros dos más pequeños que hacían las veces de ventanas. En el interior encontraron a una mujer medio desmayada en una silla. Tenía el brazo sobre la frente y gemía entre lamentos. A su lado, una cría cargada con una voluminosa bolsa de tela marrón intentaba darle aire con un rudimentario abanico. El mercader se despojó del turbante mientras se acercaba a ellas.

—Darii, querida, ¿qué ha pasado? —preguntó—. ¿Dónde están la mujer y el bebé? —Giró sobre sí mismo para inspeccionar la estancia. Cuando su mirada cayó sobre la niña, la miró con extrañeza—. ¿Y tú de dónde has salido?

La chiquilla iba a responder, pero la mujer salió de su trance y se lo impidió.

—¿Por qué has tardado tanto? Se desvaneció delante de mis propios ojos, como arena barrida por el viento. No quedó nada de ella. Seguro que era magia prohibida. ¡Cuánto miedo he pasado! 

Se sumió de nuevo en sus quejidos, mientas el hombre la miraba desconcertado.

—¿Y bien, ciudadano? ¿Puede explicarnos qué está pasando aquí? —Anú, el agente de más edad y, por tanto, mayor rango, decidió que ya era hora de hacerse con el control de la caótica situación—. No sería prudente hacernos perder el tiempo.

—No, no. —Agitaba las manos con nerviosismo—. Les juro que yo dejé a mi mujer aquí con el bebé invisible y con la desconocida que acaba de alumbrarlo. No les costará encontrarla, era itaquiense.

Los oficiales se miraron. No necesitaban más para activar el protocolo de investigación. Ollier, el más joven, envió un mensaje solicitando refuerzos y otro para informar al comisario de Nábubu .

—¿Hay algún lugar más tranquilo en el que podamos tomarles declaración? —preguntó Anú.

—¿Declaración? Pero si no hemos hecho nada. —El mercader sudaba, no solo por el calor, pero la gélida mirada del agente pareció enfriar sus nervios—. Tenemos un pequeño almacén en la trastienda.


Unos minutos después, los agentes estaban sentados en un cuartucho sin ventanas. El novato que les habían enviado como único apoyo hizo pasar a la mujer, que narró su historia:

—Dos desconocidas llegaron a nuestra puerta, necesitaban ayuda porque una estaba de parto. Supongo que como vendemos hierbas medicinales, pensaron podríamos hacer algo si surgían complicaciones. ¡Qué mala fortuna la nuestra! El alumbramiento estaba bastante avanzado, y todo iba bien, cuando la otra mujer se marchó. Así, sin decir nada. Ni gracias, ni adiós. Nada. Ahí fue cuando mi marido y yo empezamos a ponernos nerviosos, pero lo peor llegó cuando nació el bebé. Yo… lo sostuve en mis brazos, ¿saben? Sentí su peso, sus movimientos. Escuchamos su llanto, pero por el Sagrado Imperio, allí no había nada. Bueno, ya me entienden, sí que lo había, pero no podíamos verlo. Entonces me acordé de esas historias y envíe a Darii a buscarles. No me miren así, ya he dicho que solo son historias. ¡Qué digo historias! Propaganda de la resistencia, sucios traidores. Por eso me pareció que el Imperio debía enterarse cuanto antes de lo sucedido. Y después de que él se fuera, cuando parecía que las cosas no podían ser más inverosímiles, ocurrió: la mujer desapareció, delante de mis propios ojos. Se desintegró, partícula a partícula. Eso fue demasiado para mis nervios. Verán, soy una mujer de salud delicada y espíritu sensible, y sufrí un ataque de ansiedad. Tienen que comprenderlo. ¿Un recién nacido invisible y una itaquiense que se desintegra? Me entró el pánico, no sabía qué hacer. Y mi esposo tardaba tanto… Creo que la niña escuchó mis gritos y entró a ayudarme, aunque no lo recuerdo con claridad. 


El siguiente en declarar fue el marido. Los agentes tomaron nota de su visible nerviosismo y de su, quizá exagerada, estupefacción ante los hechos:

—Esta situación es muy desagradable para mí. He estado pensando y, por el Emperador Todopoderoso, espero equivocarme, pero creo que sé lo que ha ocurrido. ¡Ay, qué desgracia la mía si se confirman mis sospechas! Me siento un esposo horrible, pero debo mi lealtad al Imperio antes que a ninguna mujer, por mucho que comparta mi hogar. Verán, en cuanto nació el bebé, mi esposa empezó a hablarme de una profecía sobre la llegada de un salvador, bueno, así lo llamó ella, que derrocaría a nuestro amado Emperador. Yo jamás la había oído, pero al parecer tendría sangre de Itaquia y estaría oculto al mundo hasta tener edad suficiente para llevar a cabo su misión. Así que, ya ven, me envió a buscarles para que lo capturaran. Pero cuando volvimos ya no estaban ni el bebé ni la madre, y estaremos de acuerdo en que lo de la evaporación de la mujer es absurdo. Lo que yo creo es que me envió a buscarles para tener una coartada y no levantar sospechas mientras los ayudaba a escapar porque, he aquí la dolorosa verdad, ella pertenece a la resistencia.


La niña compareció ante ellos, con cara de susto y la bolsa apretada contra el regazo.

—Yo no he hecho nada, agentes. Ni siquiera les conozco. Llegué al mercado hace unas semanas como aprendiz de mi tío, domador de aligores. Precisamente aquí le llevó uno, y tanto rato ahí encerrado lo está poniendo nervioso. Así que tengo que irme urgentemente, por favor. Si se me escapa puede causar problemas, y mi tío me hará pagar por ellos. Yo solo vi a una mujer con un fardo salir corriendo de la tienda mientras la otra chillaba como si la estuvieran matando. Entré a ayudarla, la verdad es que creí que la que huía le había robado.


Por último, el novato hizo pasar al comerciante del puesto de al lado, que insistía en hablar con ellos porque disponía de información importante.

—Esta mañana escuché gritos en el puesto de mis queridos vecinos. No era la primera vez, suelen discutir con frecuencia. Sobre todo por las prolongadas ausencias del marido para recolectar hierbas durante las que al parecer suele proveerse también de enfermedades que solo se contraen en ciertos ambientes. Ya me entienden. La esposa le acusa de mujeriego, él lo niega todo, pero la cosa nunca iba a más. Pero hoy los gritos eran distintos. Estoy seguro de que era la voz de otra mujer. Chillaba como si la abrieran en canal hasta que, de repente, enmudeció. Cuando oí lo de la itaquiana asesinada… Oh, no me miren así, en la Plaza las noticias vuelan. Creo que ellos la mataron. Seguro que era una amante a la que había prometido convertir en su esposa. O quizá la había dejado embarazada. Vino a buscarle para exigirle cumplir con sus responsabilidades y los muy indeseables acabaron con ella. 


Cuando se quedaron a solas, Anú silbó mientras se estiraba en la incómoda silla. 

—Vaya con el comerciante de hierbas. Menuda historia se ha montado para deshacerse de la amante incómoda y de la esposa aburrida. Se va a pudrir en una cárcel imperial.

—¿Usted cree, oficial? —El frío saludo del comisario sorprendió al agente.

—Por supuesto, señor —respondió al tiempo que se cuadraba para saludarle—. Cuando lea los testimonios verá que es explicación lógica.

El comisario revisó los archivos.

—¿Y la niña de la bolsa? ¿Todavía está aquí? —preguntó al fin.

—Tenía mucha prisa y no estaba implicada, así que la dejé ir.

—¿Sola?

Anú negó con la cabeza.

—Con el novato. Ahora que lo pienso, ya han pasado varias horas…

—¡Inútiles! La cría os ha tomado el pelo. Llevo toda mi vida en este mercado y os aseguro que el domador de aligores no tiene sobrinas. La resistencia os ha robado el bebé de la profecía delante de vuestros propios ojos.

info.comments
  • 0 comentarios

popup.comments_logged_in