—¡Pero qué demonios! —oigo que exclaman varias voces a la vez antes de que todo se vuelva negro.

Esta mañana hemos salido temprano de la aldea, yo quería llegar de los primeros a la explanada y escoger un buen lugar para poner el puesto. Aurora no ha pasado buena noche, se estuvo revolviendo en la cama antes de quedarse dormida y después siguió agitada con un sueño intranquilo.

El bebé está cerca, no cabe duda. Ella no duerme por la incomodidad de la barriga, yo no duermo porque estoy cagado de miedo.

No saber si lo que traemos es niño o niña o es grande o pequeño, no saber si vendrá bien o con algo mal… por saber no sabemos seguro ni cuándo vendrá. Aurora y yo tenemos una idea de cuándo fue que lo hicimos pero tampoco es que estemos seguros al cien por cien.


Está más callada de lo normal. Siempre ha sido muy rara y pensativa, es algo que me hipnotizó de ella cuando la vi por primera vez, el cómo parecía moverse como si no estuviera. Siempre he pensado que su nombre le hacía justicia. Mi Aurora tiene una luz especial…


Durante toda la mañana se acaricia la tripa y suspira de vez en cuando, a veces me da la impresión de que pone cara de preocupación o de dolor pero cuando me ve mirándola me sonríe así que me tranquilizo.

Apenas he acabado de montar el tinglado y los primeros paseantes comienzan a llegar. Este pueblo no me gusta mucho porque siempre se llena y aunque para las ventas no vaya del todo mal, Aurora está ya muy preñada y tanto alboroto de gente me da que no le viene bien.


Estoy discutiendo con una señora si mis melocotones son frescos o no cuando la oigo gritar.

Es un grito desgarrado. Varias cabezas se giran a mirar para nuestro puesto.

Casi no me da tiempo a cogerla cuando se cae al suelo resoplando y sujetándose la tripa.

—¡Aquí no! —grita cogiendo mi mano con tanta fuerza que por un momento pienso que me va a romper los dedos.

Pues va a tener que ser aquí, pienso al ver como chorrea agua por sus piernas y como el curandero más cercano nos queda como a tres horas y eso con suerte.

—Estoy aquí, tranquila —le susurro temiendo aún por la integridad de mis dedos.

Aurora se da por vencida sabiendo que el bebé va a salir aquí y ahora lo quiera ella o no y vuelve a gritar.

—Sitio, sitio —se abre paso una señora entre la multitud que nos rodea— yo sé lo que hay que hacer —asegura mientras se remanga y se mete en faena. Me quedo mucho más tranquilo y me centro en consolar a Aurora.


Todo pasa muy deprisa, tanto que no sé ni qué es verdad o qué me he imaginado.

La señora que grita órdenes, Aurora que me corta la circulación, los murmullos de la gente, el sol del mediodía cayendo sin piedad sobre nosotros, el sudor en mi frente.

El llanto.

La nada.


—¡Pero qué demonios! —oigo que exclaman varias voces a la vez, me giro a Julián y está blanco como la luna.


Ya no queda tiempo, el bebé está a punto de llegar y mi secreto saldrá a la luz. No sé cómo contarle la verdad a Julián, no sé cómo decirle quién soy, qué soy, pero inevitablemente todo se sabrá cuando llegue el bebé.

Mi niña, mi princesa de la luna, mi polvo de estrellas….

Durante generaciones he caminado la tierra sola, sin conocer lo que era el tacto, las caricias, los besos o la calidez hasta que llegó él. 

Fue un encuentro casual, no estaba previsto que nadie me viese en aquel prado y desde que él me vio ya no he podido desaparecer.


Esta noche casi no he pegado ojo, no saber cómo Julián se pueda tomar la verdad… no saber cómo contárselo todo, saber que me quedo sin tiempo a cada minuto que pasa.


Noto el calor bajar por mis piernas y horrorizada no puedo más que gritar de dolor y terror. No, aquí no, así no, ¡ahora no!

Ni cuenta me doy de que lo he gritado y ya tengo un ciento de personas a mi alrededor, aprieto la mano de Julián presa del pánico, temiendo perderlo cuando todo pase.


—Sitio, sitio —una amable mujer se aproxima, no dudo de su experiencia ni de que sus intenciones sean las mejores pero nunca ha visto algo así, ni ella ni ninguno de los que me rodean.

No puedo evitarlo, el bebé va a llegar, me parte por la mitad al dejar mi cuerpo. Oigo murmullos a mi alrededor y veo las estrellas mirarme a pesar de que el sol está en lo más alto.

El bebé llora y corro a quitarlo de unos brazos que no lo pueden ver.

Julián se desmaya a mi lado.

Los gritos de brujería se suceden y en menos que canta un gallo nos quedamos solos los tres.

—Ya habrá tiempo— susurro a Julián que sigue inconsciente a mi lado mientras que le meso los cabellos.

Sonrío a mi pequeña a la que solo yo veo, le beso la frente y consigo desaparecer.



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