Los gritos inundaron el bullicioso mercado. De no ser por la urgencia y el dolor que se desprendía de ellos, nadie les hubiera hecho caso. Pero la gente enmudeció al escucharlos.

Mateo no tardó en reaccionar. Sabía que este día no tardaría en llegar y estaba preparado para ello. Cogió una pequeña bolsa de cuero que guardaba en uno de los armarios de la panadería y cruzó el pasillo atestado de gente en busca de Laura. El puesto de la pescadería siempre atraía clientes pero en ese momento era un lugar impenetrable.

—¡Por favor! —gritó Mateo intentando hacerse escuchar entre la gente—, ¡dejen paso!

La gente se apartaba a regañadientes, ansiosos por ver qué pasaba, con los móviles en la mano y grabando el puesto del mercado.

—¡Por favor, apártense! ¡Soy médico! —gritó mientras empujaba a la gente con los hombros. Llegó hasta el puesto y bordeó el mostrador. Laura estaba de rodillas en el suelo, gritando, abrazada a su enorme barriga—. Laura, tranquila, estoy aquí.

La pescadera levantó la cabeza y Mateo sonrió al rostro crispado de dolor que le miraba.

—Ya… ya está aquí…

—No te preocupes. Ya hemos hablado de esto, así que tranquila. —El panadero se arrodilló junto a ella y la sujetó por los hombros para obligarla a erguirse. Luego le tomó el pulso. Sacó un tensiómetro de su maletín y le comprobó la tensión mientras ella se mordía los labios intentando no gritar—. No te contengas, grita, llora, lo que necesites para desahogarte. ¿Cada cuánto son las contracciones?

Laura negó con la cabeza y volvió a gritar de dolor. Mateo sacó una toalla del maletín y la extendió en el suelo, al lado de ella. La gente observaba desde el otro lado del mostrador, grababan y echaban fotos, pero nadie se atrevía a ayudar.

—Ahora te voy a ayudar —le dijo con tranquilidad— y vamos a tumbarnos en la toalla.

—¡No! No quiero tenerlo aquí.

—Eso ya no es una opción, tengo que controlar las contracciones y la dilatación mientras llega la ambulancia. —Sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número. Tras él escuchó a algunos de los mirones decir que ya habían avisado, pero él llamó igualmente—. Soy yo, está pasando. En el mercado.

Asintió y colgó. Luego se puso de pie y sujetó a Laura por debajo de los brazos.

—Ahora vamos a tumbarnos —le dijo—. No va a ser fácil, pero estoy aquí para ayudarte. ¿De acuerdo?

Laura asintió. Volvió a gritar y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Tenía el rostro colorado y empapado en sudor. Con la ayuda de Mateo se puso en pie. El panadero observó cómo le temblaban las rodillas. A los pies de ella había un charco de líquido blanquecino salpicado de sangre. Mateo supo que no era buena señal.

—De acuerdo —dijo él cuando Laura estuvo recostada en la toalla—. Ahora necesito que abras las piernas y empiezas con los ejercicios de respiración. Yo tengo que comprobar que está todo bien bajo el vestido.

—¡Me duele mucho!

—Lo sé, cielo. Si sigues mis instrucciones haré que acabe cuanto antes y que el niño nazca perfectamente.

—Niña —dijo ella entre jadeos—. Es una niña.

Mateo asintió y se puso unos guantes de látex que había sacado de su maletín. Luego introdujo la mano bajo su falda y palpó con cuidado. Dio un vistazo rápido y volvió a mirar a Laura con una sonrisa.

—Ya está aquí, tu princesa empieza a asomar.

Laura sonrió y rompió a llorar de nuevo.

—¿Es…? —La pregunta quedó en el aire pero Mateo asintió.

Laura volvió a llorar, aunque ya no era de alegría. Otro grito de dolor fue apagado por la sirena de una ambulancia que se acercaba.

—Ya están aquí —dijo Mateo—. Tú no dejes de respirar y comienza a empujar. Son de confianza, así que tranquila.

Laura asintió. Los efectivos de la ambulancia no tardaron en llegar hasta el puesto de la pescadería. Mateo les hizo un resumen rápido y, tras ser examinada por ellos, decidieron que tendría que dar a luz allí.

—Es muy peligroso intentar moverla en estos momentos, la criatura tiene parte de la cabeza fuera. Gracias por su ayuda.

Mateo asintió y se levantó dejando trabajar al equipo médico. Él estaba más que capacitado para ello, lo había hecho cientos de veces, pero ya no ejercía. Al menos no así. Se apartó un poco y se colocó detrás de la camilla, junto a los mirones. Algunos le aplaudían, otros le daban palmadas en la espalda, pero él solo estaba pendiente del parto. De nada más. Pasó un rato, no sabría decir cuánto, antes de escuchar el llanto del bebé. Mateo sonrió y los aplausos de alegría llenaron el mercado. El jefe del equipo médico le miró y asintió con la cabeza. No podían ver la criatura desde allí, pero no lo necesitaba.

Pasaron a Laura a la camilla, cubierta en todo momento por una gran toalla que impedía verle nada excepto la cara. Bajo la tela se notaba el bulto de su hija, apoyada sobre su pecho.

—Gracias —susurró, agotada, al pasar a su lado.

Él se inclinó sobre la camilla y le dio un suave beso en la frente.

—Todo va a ir bien, no te preocupes. No debes de asustarte.

Laura lo miró confusa, pero antes de que pudiera decir nada, el equipo médico empujó la camilla en dirección a la ambulancia. Mateo se quedó allí, mirando cómo se alejaba con aquel milagro entre los brazos, pensando. Sacudió la cabeza y corrió tras ellos. Los alcanzó antes de que cerraran las puertas del vehículo y se subió a la parte posterior.

La gente observó desde la puerta del mercado como ambos discutían. Mateo cogió una toalla y envolvió a la criatura con ella mientras Laura intentaba incorporarse de la camilla. Luego el panadero saltó de la ambulancia, cerró las puertas y salió corriendo. Antes de que nadie pudiera reaccionar, el panadero había desaparecido por una de las calles cercanas con el bebé de Laura.

***
***

—Según los testigos, aquel hombre subió al vehículo sanitario y le arrebató el bebé de los brazos antes de darse a la fuga…

Laura seguía tumbada en la cama con la vista clavada en una mancha del techo. La máquina que controlaba sus constantes pitaba regularmente con un sonido monótono al que no llegaba a acostumbrarse. Fuera de la habitación se oía el murmullo típico de un hospital. Y, frente a ella, una pareja de la policía tomaba notas en un cuaderno.

—Señora Guzmán, si no colabora y nos dice algo de valor no podremos encontrar a su hija ni velar por su seguridad.

La mujer suspiró. Llevaba un día entero ingresada y había tenido tiempo de reflexionar y pensar en lo ocurrido. Había comprendido aquellas palabras del panadero, había unido las piezas y ahora todo encajaba en su sitio. Y la llamada que había recibido unas horas antes le había terminado de ayudar.

—No ha ocurrido nada, agentes —dijo, sin apartar la mirada del techo—. La niña se encuentra bien, está con su padre y su seguridad no es un problema.

—Como comprenderá —le cortó uno de los policías—, debemos de estudiar estos casos en busca de violencia doméstica o de género. Hay varias denuncias de testigos que vieron lo ocurrido.

—La gente no sabe lo que vio —contestó Laura incorporándose de la cama y mirando fijamente al policía—. ¿Alguno ha podido describirle a mi hija? ¿Hay un solo testigo que la haya visto?

—Varias personas afirman que la niña…

—¡Mienten! Ninguno de ellos pudo verla, nadie. Ni siquiera yo cuando la tuve entre mis brazos.

—¿A qué se refiere?

—Cuando nació y rompió a llorar Mateo me la puso en el pecho, para calmarla. —Laura imitó el gesto de acunar a una criatura pequeña—. Estaba cubierta de sangre. Notaba su calor, la sentía temblar entre mis brazos. Pero cuando Mateo la limpió con la toalla…

El agente seguía apuntando y levantó la cabeza esperando la siguiente frase.

—¿Qué pasó al limpiarla?

—No la veía. Veía mis brazos, mi vestido manchado de sangre, pero no a mi hija.

—¿Desapareció?

—¡No! —contestó ella—. La notaba en mi pecho, la escuchaba respirar, pero no la veía. Era invisible.

Los agentes se miraron y guardaron silencio unos segundos. Luego uno de ellos anotó “Evaluación psiquiátrica” en la libreta y lo subrayó un par de veces.

—Señora Guzmán, hay veces que la mente nos juega malas pasadas…

Laura suspiró y se volvió a recostar sobre la cama.

—Por eso mismo Mateo insistió en llevársela. Está más segura con ellos.

—¿Ellos? —preguntó uno de los policías—. ¿A quién se refiere?

—A su padre y el resto de personas que son como ella.


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