—Todo lo que puedo decirle es que yo iba a tener un hijo pero cuando entré en el compartimento, solo ví a mi mujer postrada en el camastro y restos de sangre manchando la sábana que tenía encima.

El hombre que hablaba era el padre. Ojos negros, barba del mismo color y el ceño fruncido revelando su tensión. El que le interrogaba Aldus Bennet, alto y delgado, de rostro enjuto y cubierto con una capa negra. Estaban sentados alrededor de una pequeña mesa redonda de madera dentro de una amplia sala llena de cajas de verdura. Desde fuera llegaban a ellos rumores del mercado y aromas contrapuestos de especias y fermentos.

—Si quiere que le ayude necesito una descripción detallada de los acontecimientos de hoy —dijo Bennet lentamente, con semblante serio pero mirada serena.

El hombre suspiró y se cruzó de brazos antes de empezar.

—Hoy era un día como cualquier otro. Abrimos el puesto de fruta al alba. Mi mujer estaba muy cansada como era habitual en las últimas semanas. La matrona le había dicho que el tiempo necesario había pasado y que estábamos en fase de luna creciente. En cualquier momento podía ocurrir. Así que yo atendía y pesaba la fruta y mi mujer cobraba sentada en una silla. Después del mediodía note que estaba inquieta. Se levantaba y sentaba continuamente y respiraba hondo. Le pregunté si estaba bien y me dijo que no estaba segura. Le dije que sí no estaba bien que se metiera en la carpa, que me estaba distrayendo. En ese momento apareció la matrona. Dijo que venía de paso a ver que tal estaba todo. Las dos entraron en la carpa y yo seguí trabajando.

—¿Y qué pasó después? —preguntó Bennet.

—Pues eso, que seguí trabajando. Había gritos y jadeos de fondo pero no muchos. Estaba claro que estaba pariendo. Yo no pintaba nada ahí, así que seguí a lo mio. Ni había pasado mucho tiempo cuando oí un llanto de bebé. Dejé lo que estaba haciendo lo más rápido que pude y entré corriendo para ver a mi hijo. Al primogénito, a mi heredero. Pero no había bebé.

—¿Está usted seguro?

—Sí, no había nada —insistió el hombre. Solo una cuna vacía.Mi mujer no respondía a mis preguntas. También le pedí explicaciones a la matrona pero ella tampoco respondió. Estaban las dos como paralizadas. Levante la sabana que cubría a mi esposa y vi el cordón cortado, pero nada más, el cordón y sangre. No había ningún bebé. Alguien se lo había llevado. O eso o nunca hubo bebé pero eso es imposible. Mi mujer estaba encinta y yo oí llorar al niño ¡Lo han robado, Bennet!

—Siento hacerle esta pregunta pero necesito saber si tenía alguna duda respecto a la paternidad del bebé.

El hombre abrió los ojos y se le dilataron las pupilas.

—¡Por supuesto que era mío! —casi gritó —. ¿¡Porque me pregunta eso!?

—Es una pregunta habitual en estos casos. Perdone si le he ofendido. Solo trato de cubrir todas la posibilidades —respondió Bennet con  calma —. Por favor continúe.

—No hay mucho más que añadir —dijo de mala gana —. Inmediatamente después salí gritando que habían robado a mi hijo. Y poco después llegó usted.

El hombre se fue refunfuñando. La siguiente en entrar fue la madre. Era una mujer joven, de pelo castaño largo liso y ojos verdes. Tenía una mirada dulce pero triste. Caminó lentamente hasta la silla y se sentó ayudada por Aldus.

—Buenas noches señora. Sé que está agotada pero en estos casos es importante actuar con celeridad. Cuénteme los hechos tal y como ocurrieron.

—Desde que me levante sentí que hoy no era un día como cualquier otro —comenzó diciendo con tranquilidad —. Tenía náuseas y un presentimiento. Pasé toda la mañana fingiendo estar bien. Tratando de aparentar calma porque no quería estar de parto sin la matrona cerca. No me fiaba de mi marido.

—¿Por qué?

—Porque el hijo no es suyo —respondió.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque mi marido…bueno…digamos que ...no puede.

—Pero él considera que es suyo, me dijo que….

—No lo es. Se lo aseguro — dijo convencida.

—Entonces, y perdone por lo que voy a preguntar. ¿Le fue infiel?

—No he tenido relaciones con nadie en años —respondió con convicción.

Un silencio incomodo invadió la carpa. Bennet reaccionó con calma pero mostrando interés.

—Lo siento señora, le ruego me dé más detalles. No acabo de entender. Si no ha tenido relaciones en años cómo pudo haberse quedado embarazada.

Un extraña sonrisa pintó la triste cara de la madre.

—Porque Dios lo puso ahí.

Bennet prefería no haberlo oído pero la mujer lo había dicho y eso tenía implicaciones importantes. Aunque ella no lo supiera.

—Prosiga —dijo con gravedad.

—La matrona me ayudó a entrar en la carpa y dispuso todo para el parto. Nunca le he visto la cara pero venía muy bien recomendada y la verdad que me transmitía mucha confianza. Puede que tenga una deformidad, no sé, siempre me ha gustado su voz tranquila y el brillo de sus ojos turquesa bajo el velo. Ella sabía que yo pensaba que mi hijo había sido puesto ahí por Dios y nunca lo había cuestionado —la mujer hizo una pausa frotándose la cara. — Como le dije llevaba toda la mañana con dolores. La matrona me dijo después de mirar que el bebé estaba cerca. No sé cuánto tiempo pasó pero a mí me pareció una eternidad. Yo empujé y grité. Lo único que veía eran los ojos turquesa llenos de excitación. Su voz me animaba mucho, me daba energía. Entonces sentí cómo algo se rompía ahí abajo. Incliné mi cabeza hacia adelante exhausta y por un segundo pude ver las manos de la matrona como agarrando algo en el extremo del cordón pero ahí no había nada. El llanto llegaba a mí pero no veía al bebé. La matrona me empujó la cabeza hacia atrás.

—Tranquila, descansa —me dijo.

—¿Dónde está el bebé? ¿Está bien? ¿Es un varón? —dije yo. 

—El bebé está bien. Es una hembra. Todo saldrá bien —respondió ella.

Oí cómo cortaba el cordón. El lloro cesó y en ese momento entró mi marido. Miré a mi alrededor y no vi al bebé. Mi marido se enfureció al no verlo tampoco. Me preguntó qué pasaba pero no sabia que decir. Le preguntó a la matrona y ella también calló. Era una situación muy confusa y angustiosa. Después, salió afuera y se puso a gritar pidiendo ayuda.

—¿Qué pasó cuando se fue su marido? —pregunto Bennet.

—La matrona se levantó rápidamente y empezó a recoger.

—¿Qué pasa? —le pregunté desesperada.

Ví como echaba una manta sobre la cuna de esparto y esta se abultó. Oí otra vez aquel llanto y supe que ahí estaba mi bebé y que había sido Dios quien me lo había puesto. Lo dicen los escritos: El que no será visto al nacer.  

 —¿Está diciendo que su bebé era invisible?

—Sí, sí. Es El Invisible — respondió la mujer con una mirada que transmitía fanatismo —. La matrona es una de las madres del Mesías, las que buscan al Invisible. Así que no hay porque preocuparse, mi hija está a salvo con la matrona y pronto me reencontraré con ella. He sido bendecida, elegida por el Señor. ¡Élla ha llegado y yo la he engendrado! 

La mujer estaba muy excitada. Realmente creía lo que contaba y lloraba desconsoladamente. No estaba claro si de angustia, de alegría o ambas. Bennet dudó un instante. Luego se levantó y se acercó a ella.

—Siento tener que hacer esto pero es por el bien de su hija —susurró.

La mujer abrió los ojos incrédula. Aldus Bennet sacó un cuchillo y le cortó el cuello. La mujer cayó al suelo y se desangró rápidamente.

Bennet salió al exterior. El mercado se había reactivado al caer el sol. Una brisa nocturna le refresco la cara. Le esperaba la mujer de ojos turquesa.

—¿Te has encargado de él? Está obsesionado con encontrar a su hijo y por alguna razón convencido de que es un niño — le preguntó.

—Sí —respondió mientras aseguraba con cuidado la manta de lana entre sus brazos.

—Has sido muy descuidada —añadió —. Ella lo vió todo. He tenido que matar a la pobre mujer. El plan era llevárselo sin más. Tal vez sea mejor así. No queremos rumores sobre profecías cumplidas.

—Lo siento, perdí el control. Era el momento que había esperado toda mi vida, para lo que he sido entrenada, como todas nosotras, pero nunca pensé que me tocaría a mí.

—A alguien le tenía que tocar. Has sido elegida. Criarás al Invisible a la espera de que su imagen se nos revele. Ve, cumple con tu misión. Tal vez nos encontremos en unas décadas y entonces me inclinaré ante tu hija y serviré al Mesías.

La mujer se despidió de Bennet. Este dió un largo suspiro, como liberándose de una pesada carga, y tomó la dirección contraria perdiéndose en el trajín nocturno del mercado.

info.comments
  • 0 comentarios

popup.comments_logged_in