Y ahora, aunque podía verme en el espejo aún seguía siendo invisible. Mi carne morena se había tornado solida desde que puse un pie en esta tierra. Relucía, resaltaba bajo los rayos de sol, pero nadie me veía. Solo yo lo hacía frente al espejo. ¿Por qué?


Limadou vino al mundo después de que un turista dejara su huella en mí. Yo no lo quería, tardé muchos meses en cogerle algo de cariño, pero no deseaba verlo. No quería. Y así nació, invisible, en aquel sábado abrasador en mitad del mercado. Las mujeres lucían sus pelucas, su tez oscura preciosa bajo el arropo de mil telas de colores y sus grandes collares. Naciste entre el puesto de tecnología y la tienda de los pollos muertos colgados boca abajo. En la arena de la calle, yo no quería mirar, no deseaba verte. Y así sucedió. Tras muchos dolores naciste, invisible tras el reguero de sangre, invisible al final de tu cordón umbilical. Y como no podía verte fue todo más fácil y te dejé allí.


Aquella mujer estaba loca, simular un parto en mitad de un mercado, vaya ocurrencia. Fingir un nacimiento delante de mis pollos muertos, qué poca vergüenza. ¿Es posible que la mandase Mbgue, para espantarme la clientela? Luego apareció la otra loca, la que simuló recoger al bebé, la que simulaba ser su madre hasta que murió.


Cuando mi madre murió poco a poco dejé de ser transparente. Estábamos en España dos por el precio de uno, pues a mí nadie me veía. Pero se murió pronto y así empecé a descubrirme en el espejo. Mis facciones eran diferentes al del resto de personas que veía por la calle. Era negro, algo que empezaron a decirme en el barrio. Solo un pequeño grupo, pero lo decían a diario. Lo repitieron tantas veces que poco a poco me volví invisible para la gente. Nadie me atendía, nadie me escuchaba y ya no estaba mi madre quien tanto luchó por mí. Quien me recogió del mercado y me puso en su carrito lleno de amuletos y menjunjes, mi madre a quien llamaban loca.


Era una maldición. La curandera ejecutó sus rituales de purificación, me dijo que le pusiera un nombre y que esa sería la mejor manera de tener un bebé invisible y librarme de él. Le pedí que lo arrancará de mis tripas, pero dijo que no tenía poder para eso. Ahora, desde la orilla de LaTierra de los Muertos, sé que quería ese demonio para ella sola. Me engañó, aunque no me importe mucho, pues también me quitó el problema, a Limadou.


Le serví la sangre de pollo y se la dio al niño. Loca de remate estaba la muy bruja. Eso es lo que le daba al bebé en los biberones; sangre de pollo recién sacrificado. Después de unos días le dije que no volviese, que emponzoñaba mi tienda, que espantaba a los clientes. Tenía que haberla dado veneno mezclada con la sangre. ¿Cómo iba a saber que era un monstruo? Ahora solo me queda ver el Apocalípsis desde La Tierra de los Muertos.


Mi madre me ayudó a despertar un poder que dijo que ya poseía desde los tiempos en los que estuve en el vientre de la mujer que me parió. Algo que venía impreso en los genes de los hombres blancos que conquistaron mi país de origen, algo que yo heredé del hombre que me engendró. Era hora de utilizarlo, de rendir un justo homenaje a mi madre muerta. Seguramente estará viéndome desde La Tierra de los Muertos. Quiero que se sienta orgullosa de mí.


Antes de morir observé a aquella bruja como alimentaba a mi bebé, yo no podía verlo, ni nadie, pero la sangre de pollo desaparecía bajo los arrullos. Morí con la primera lágrima que eché por mi niño; entre dolores, no me advirtió de que eso pasaría. Ahora solo puedo ser una testigo muda de la tragedia de la humanidad. Limadou está listo, todos en La Tierra de los Muertos lo sabemos.


Solo tenía que respirar tranquilo, tumbarme en mitad de la plaza y esperar que mi cuerpo hiciese el resto, que empezase a convulsionar. Esta era la manera de volverme visible en aquella ciudad. Me atendieron, la multitud se agolpó a mi alrededor, incluso los que me llamaban negro como si eso fuese algo malo. Empecé a escupir sangre, a vomitar, dieron un salto horrorizados, pero ya era tarde. Todos estaban prigandos, todos estaban tocados por mi poder. Mamá espero que estés orgulloso de mí, que como reina del infierno te estés riendo. Nuestra obra está a punto de concluir.


¿Acaso la sangre de mis pollos estaba sucia? ¿Será esta mi tortura para el resto de la eternidad? La noticia se estaba extendiendo, la enfermedad podía proceder de las aves de corral. Nadie lo sabía. Al igual que nadie vio a aquel bebé invisible, excepto la reina de este lugar cuyas carcajadas son insoportables.


Ese que muere, escupe y ríe es mi hijo, al que no quise ver. El niño invisible para todos, el niño medio negro que no existía. Este horror es la herencia que dejé en La Tierra, lo que merece el padre que le engendró y todos los que son como él o de su raza. Los que me desprecian pero quieren saborear mi carne y las riquezas de mi país. Este es mi hijo y si lo hubiese sabido nunca le habría abandonado.

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