Era noche de mercado, pero una quietud más extraña que los que habitualmente caminaban entre sus puestos reinaba en el gran Mercado De Lo Extraño y Lo Oscuro. Se trataba de un evento muy selecto, que solo se celebraba las noches de luna llena y que cambiaba de ubicación de una vez para otra, siempre en zonas muy amplias. Tanto vendedores como compradores necesitaban una invitación para poder acceder a él, no era un sitio en el que se admitiese a cualquiera.

El característico olor de la sangre de demonio aun flotaba en el aire. El hedor sulfuroso se extendía como una enfermedad, impregnándolo todo a su paso para que ninguno de los presentes pudiese olvidar lo que había ocurrido. Esa era precisamente la gran pregunta. ¿Qué había pasado? ¿Por qué se había derramado sangre en un lugar protegido por todas las leyes sobrenaturales? ¿La mujer murió al dar a luz u ocurrió algo más?

El inspector Aaron Sylvain se revolvió el escaso pelo castaño en un inútil intento de aliviar la sensación de que le iba a estallar la cabeza. Llevaba más de un siglo en el departamento de delitos sobrenaturales y cuando por fin iba a salir de allí y dar un paso adelante en su carrera, le endosaban ese caso en el que ni el tiempo, a pesar de que allí transcurría más despacio, jugaba a su favor. Tenía que resolverlo antes de que la noche terminase porque, si ese momento llegaba, el Mercado se desvanecería y el asesino, si es que lo había, quedaría libre. La presión, de por sí bastante alta en su profesión, empezó a afectar al inspector provocándole una sed cada vez más intensa y difícil de ignorar.

—Quiero volver a hablar con los testigos. Juntos. —pidió Sylvain. Se estremeció por el roce que se provocó él mismo al hablar, cuando las sensibles puntas de sus colmillos tocaron el labio de abajo. Supo entonces que tenía que resolver el caso lo más pronto posible, por quedar bien ante sus superiores y por sí mismo, para que la ansiedad no le volviese loco.

—Sí, señor —respondió su ayudante, aunque no sonó convencido del todo.

Salió, por tercera vez, en busca de los testigos más fiables que habían encontrado. Los tenían a todos bajo custodia policial en la plaza central del Mercado. Los interrogatorios los realizaban en la parte de atrás del puesto de una maga famosa por las potentes pociones que preparaba en el momento de la compra. Siempre encantaba ese espacio para que fuese más amplio, utilizaba varios calderos para poder trabajar en varios mejunjes a la vez y, como era ya mayor, le gustaba tener un rinconcito en el que tomarse un descanso.

El inspector Sylvain se quedó a solas con el bebé que habían encontrado junto al cuerpo. Era sin lugar a dudas hijo de la mujer muerta. Le encontraron cubierto por la misma sangre oscura y apestosa que la mujer demonio tenía entre las piernas y bajo ella, por no hablar del asqueroso bulto de la placenta tirado cerca que delataba que acababa de dar a luz. En ese momento dormía tranquilo. Presentaba un aspecto muy similar a un bebé humano cualquiera excepto por el brillo queratinoso de su piel, que parecía estar formada por una multitud de escamas diminutas. Aparecía y desaparecía de forma intermitente, era tan pequeño que aún no controlaba bien la capacidad de hacerse invisible a voluntad.

—Todo sería más fácil si pudieras hablar y contarnos qué ha ocurrido —se lamentó el inspector.

Se volvió al escuchar un carraspeo a sus espaldas. Se trataba de su ayudante acompañado por el brujo Merlion y la vampiresa Anna Petrova. Ambos eran vendedores habituales del mercado y, en esta ocasión, los que tenían sus puestos más cercanos al de la demonio muerta.

—Siéntensen, por favor.

El brujo declinó la invitación con un gesto y se quedó de pie frente a los dos policías, con las piernas separadas y los brazos cruzados a la altura del pecho. Sus ojos de un tono azul oscuro poco natural parecían relucir en la penumbra. En cambio Anna sí que prefirió tomar asiento. Ocupó una vieja mecedora que no pegaba nada con su elegante vestido negro ni las botas altas hasta la rodilla. Lo único que ambos testigos tenían en común era la sonrisa lobuna que le dedicaban a Sylvain, que por eso había decidido cambiar de estrategia e interrogarlos a la vez, contrastar sus versiones a ver si así sacaba algo en claro.

—Me gustaría aclarar algunos detalles de sus declaraciones —comenzó Sylvain, intentando mirarles a los dos a la vez—. Afirman ustedes que la señorita vino acompañada.

—Sí —contestaron ambos, el único punto en el que coincidían.

—¿Podrían describir otra vez a su acompañante?

—Era una mujer —contestó Anna.

—Era un hombre —le contradijo el brujo.

Sylvain contuvo el reflejo de llevarse nuevo las manos a la cara.

—Necesitaba ayuda. Ya sabes —Merlion dibujó una barriga enorme con las manos en el aire delante de la suya—, no podía montar el puesto ella sola. Por eso se trajo un hombre, para que le ayudase. Tardaron horas —se burló.

—Era una mujer, querido, nosotras sabemos más de esas cosas —le interrumpió la vampiresa—. Cuando llega el momento lo que quieres es una mano femenina cerca. Entre mujeres nos entendemos, no sé si me entiende inspector —le guiñó un ojo de forma seductora.

—¿Alguno le vio con claridad? —preguntó Sylvain con voz fría, esforzándose por ignorar las punzadas de sus colmillos.

—No. —Volvieron a coincidir y por la forma en que se miraron, el policía se dio cuenta de que les hizo mucha gracia.

—Entonces no podéis estar seguros. ¿Podría haber sido una mujer? —preguntó girándose hacia Merlion, que seguía manteniendo una pose defensiva.

—Era delgado, escuchimizado, supongo que por poder… —el brujo se encogió de hombros.

—¿Y un hombre? —le preguntó ahora a Anna.

—No me acerque a comprobarlo, pero podría haber sido un hombre escuchimizado. Últimamente hay muchos de esos, pero también hay mujeres con el pelo corto y que visten pantalones y camisa.

Continuaron así unos minutos más, pero Sylvain no consiguió sacarles nada más. Cambió de tema y les preguntó por los últimos momentos de la mujer y los primeros del bebé.

—Escuché unos gritos pero eso es habitual en el Mercado. No le di importancia —explicó Merlion—. Siguieron, era bastante molesto y por eso salí a ver qué pasaba. Estaban detrás de su puesto. Se le veían las piernas tiradas en el suelo, a la muerta —especificó—. Parecía que había alguien se había caído y fui a ayudar. Sin prisa —admitió sin pizca de vergüenza—. Entonces le vi, estaba arrodillado a su lado. Cuando se dio cuenta de que le miraba se levantó y salió corriendo. No le miré a la cara —añadió, adelantándose a la siguiente pregunta de Sylvain—. Me llamó más la atención que tenía las manos manchadas de sangre y el puñal que dejó caer.

—¿Y la mujer?

—Ya estaba casi muerta, no había nada que hacer. No podía ni hablar, me señaló hacia donde se fue el hombre. Pensé en ir tras él, pero no me pareció bien dejarla sola.

—Que altruista por tu parte —interrumpió la vampiresa con ironía.

—También estaba el bebé. No lloraba ni hacía ruido, lo vi por casualidad. Lo cogí y se lo puse en los brazos. Parecía contenta. Y eso fue todo. Se murió.

—Yo lo olí —explicó Anna y el inspector le dedicó toda su atención, con la esperanza de dar con un gesto o alguna pista que delatase quién mentía—. Cuando rompió aguas no le di importancia, ni cuando empezó a sangrar. Eso es normal al dar a luz, pero luego empezó a haber demasiada y demasiado rápido. Muy mala señal —negó con la cabeza—. Estaban las dos en la parte de atrás. Una tumbada en el suelo y gritaba por el esfuerzo. La otra estaba entre sus piernas pero no pude ver lo que hacía hasta que se giró. Tenía las manos manchadas de sangre, separadas como si cogiera algo y de repente apareció el bebé en ellas. Cuando se dio cuenta de que le miraba se asustó, dejó al bebé en el suelo y huyó. Vi que Merlion rodeaba el puesto y se acercaba a la mujer caída. Ya no gritaba.

—¿Y la otra? —preguntó Sylvain.

—Vi que corría hacia el puesto de Skain, tiene que estar aquí, nadie ha salido del Mercado.

—¿La habéis visto en la plaza?

Ambos, Anna y Merlion, intercambiaron una mirada antes de responder.

—No lo sé. No la vi de cerca.

—Puede, no le vi de cerca.

Sylvain esperó hasta quedarse solo, cuando se llevaron a los testigos de vuelta a la plaza. Entonces no pudo seguir manteniendo una expresión impasible. Este caso iba a acabar con él y con su carrera, seguía sin saber si se trataba de un asesinato o de un mal parto.


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