La algarabía y el caos que reinaban en aquel mercado eran todo lo opuesto al mundo al que Léa estaba habituada. No sabía muy bien qué pretendía descubrir con aquel viaje; de lo que estaba segura era de que no habría sido capaz de seguir con su soporífera vida en París ni un minuto más. Las crisis existenciales de los 30 tenían estas consecuencias, y después de hacer una docena de cursos gratuitos sobre "cómo encontrar tu vocación sin despeinarte" y leer innumerables artículos que aseguraban que "si quieres cambiar de vida solo tienes que intentarlo", había decidido pasar a la acción.

El mercado callejero era una amalgama de animales muertos y vivos de toda índole. Al parecer, el tópico que aseguraba que los chinos comen de todo, era cierto. Se preguntó si en un viaje de búsqueda espiritual, en el cual se suponía que debía tener la mente abierta y probar cosas nuevas, no atreverse a catar la carne de serpiente era hacer trampa. "Bah, como si se fuera a enterar alguien", pensó.

Se paró frente a un puesto de fideos que parecían más acordes con su nivel de atrevimiento culinario, y pidió por señas lo que quería. Mientras esperaba que le llenaran el cuenco, se fijó en el curioso animal que estaba atado a una de las patas del tenderete de al lado. Debía de ser un armadillo, porque su apariencia era la de un mamífero pero tenía el cuerpo cubierto de escamas como las de un pez. El dueño del puesto de al lado se percató de su interés, y le dijo algo en chino, señalando al bicho. Léa negó, mientras le decía que solo hablaba inglés en ese mismo idioma. El hombre insistió, agitando las manos con vehemencia. El armadillo, por su parte, se enroscó hasta formar una bola, lo que atrajo de nuevo su atención.

—Son muy graciosos, ¿verdad? —dijo una voz en francés a su espalda.

Se volvió, sorprendida por oír hablar en su lengua en un lugar tan inesperado.

—Por su acento, me pareció que era usted francófona, al igual que yo —dijo una mujer que debía rondar su misma edad, vestida con una americana beis.

—Ha acertado. ¿Viene de París también?

La otra negó con la cabeza, agitando su coleta castaña.

—Bélgica. Pero me encantaría vivir allí, es una ciudad preciosa.

—Sí, desde luego. —Se dio cuenta de que sus fideos estaban listos hace un rato, así que pagó y tomó el cuenco y los palillos.

Se sintió un poco incómoda al pensar en ponerse a comer frente a la por el momento todavía extraña. Por un lado, le apetecía entablar conversación; por otro, estaba a gusto estando sola sin tener que estar pendiente de nadie. La mujer pareció notarlo y pidió también en el mismo puesto, mientras comentaba con tono despreocupado:

—Los pangolines son unos animales realmente curiosos, y este lo parece aún más.

—Ah, ¿no es un armadillo? —se sorprendió.

—Es normal confundirlos —sonrió—. En mi caso los conozco bien, soy bióloga especializada en animales asiáticos. Trabajo para la Comisión Europea y estoy haciendo un informe sobre...

La frase fue interrumpida por un chillido procedente del pangolín.

—Qué demonios... —Léa casi deja caer el cuenco por el susto.

Su compañera se había agachado para observar al mamífero escamoso, y el dueño del puesto volvía a hacer aspavientos. 

—Es una hembra, y está a punto de parir —comentó la experta de la Comisión—. Ven, ayúdame —le dijo a Léa como si nada. No supo si reír o llorar. Desde luego, si algo tenía claro es que no quería dedicarse a ser veterinaria, así que si el mensaje que quería lanzarle el universo era ese, el viaje había sido un fiasco.

—Solamente necesito que la sujetes así... Tranquila, si lo haces de esta manera no te hará daño. 

Su forma de proceder y dar indicaciones era tan tranquila, que Léa se descubrió obedeciendo sin pensar. 

El dueño del falso armadillo ni se acercó; solamente se retorcía las manos con una expresión extraña en el rostro. Aunque Léa pensaba que sería una experiencia traumática, no fue para tanto. El animal parecía a punto de caramelo, y su compañera sin nombre enseguida exclamó "Il vient!". Sin embargo, al poco tiempo de decirlo, cuando retiró las manos de la madre pangolín, la mujer palideció. Léa miraba y remiraba, pero no era capaz de ver qué estaba mal. 

—¿No estaba a punto de salir?

—Ya lo ha hecho —respondió levantando las manos, unidas formando un cuenco. 

—¿Qué dices? Ahí no hay nada.

—Toca.

Estuvo a punto de decir que ni loca, pero la curiosidad fue más fuerte. Palpó lo que aparentemente era nada, y sus ojos se abrieron de par en par al notar que un ser diminuto ofrecía resistencia a las yemas de sus dedos.

—Creo que se trata del nacimiento del primer animal invisible de la historia. Por cierto, me llamo Anne Marie.



Horas después de que la chica del puesto de fideos hubiera salido corriendo, Anne Marie cogió de nuevo en sus manos al minúsculo pangolín bebé, que había permanecido en su bolso envuelto en un pañuelo de seda. Parecía muy probable que la joven se hubiera creído la patraña que le había contado acerca de que trabajaba para la Unión Europea. En todo caso, dudaba que fuera a contar nada de lo ocurrido. Y, si lo hacía, quién iba a creerla.

En cuanto al dueño del animal, había presenciado todo en silencio. Anne Marie se puso un dedo sobre los labios, un fajo de yuanes cambió de manos rápidamente y el hombre asintió. En el intercambio, pudo ver que apretaba en la mano un amuleto con cinco monedas atadas con una cinta roja. El dinero haría que se olvidara pronto de los males que pudiera haber invocado la cría de su mascota, futura cena o lo que fuera que representase para él el pangolín hembra.

Anne Marie tenía que reconocer que el asombroso alumbramiento al que había contribuido aquella mañana la había pillado desprevenida. Como era habitual, el plan estaba trazado a la perfección, pero los imprevistos siempre aparecían. Su capacidad para mantener la calma ante ellos era la que marcaba la clave para que fuera la mejor en su mundillo. El objetivo requerido por su cliente estaba cumplido, y encima tenía aquel bonus: un animal invisible. Quién sabe lo que podría conseguir un laboratorio sin escrúpulos como aquel con un espécimen como ese.

Se reunió con su contacto en una suite del Renaissance Wuhan Hotel, muy lejos del mercado donde había tenido lugar todo. En un maletín llevaba la muestra de sangre del pangolín que le habían pedido, y en el bolso seguía el recién nacido. Había sido toda una aventura dar leche a una criatura invisible, pero como seguía moviéndose, deducía que lo había hecho correctamente.

El señor Chang (claramente un nombre falso) solamente comprobó que la jeringuilla que había utilizado era la que ellos le habían facilitado. Se mostró muy pesado con eso, y casi parecía más interesado en que hubiera hecho la inyección que en la muestra de sangre en sí, a pesar de que le habían dicho lo interesante que era para poder investigar nuevos compuestos que pudieran llegar a convertirse en medicamentos. Al ser un animal protegido, no era fácil acceder a los pangolines, y por eso habían tenido que recurrir a ella y a su capacidad de cumplir cualquier encargo por extravagante que fuera.

—Señor Chang, ahora que la cuestión de la muestra de sangre se ha aclarado, me gustaría mostrarle algo. O más que mostrarle, dejarle que lo toque —dijo con una sonrisa insinuante.

El otro se envaró, en lugar de soltar una risita floja como harían muchos. Perfecto, le gustaba la gente formal.

—Perdone la pequeña broma. —Y procedió a explicarle todo. Cuando terminó, el señor Chang se limitó a sonreír de forma siniestra:

—Nunca he creído mucho en los augurios, pero me temo que debo replantearme mis convicciones. Hoy ha presenciado el nacimiento de dos entes invisibles: uno, un pequeño mamífero que cuando llegue a adulto parecerá recubierto por una armadura; otro, una amenaza que también parecerá débil al principio, pero que cuando alcance su mayor esplendor se revelará como el mayor enemigo de la humanidad. Y nosotros tendremos la única armadura frente a él.

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  • 1 comentario
  • Cris Part @CrisPart hace 1 mes

    Me gustó mucho el capítulo. Siento curiosidad por saber como sigue la historia


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