Los golpes en la ventana despertaron a Erik casi rayando el amanecer. Cerró los ojos con fuerza y contó desde veinte a cero muy despacio, intentando arañar los últimos resquicios de sueño que se iban escapando, pero el repiqueteo no cesaba. Siempre al mismo ritmo tap-taptap-tap los golpes persistían sobre el cristal hasta que él se levantó más por inercia que por fastidio.

Tenía los músculos doloridos tras las diez horas de trabajo en la construcción del nuevo cortijo, pero consiguió abrir la contraventana tras el tercer intento. 

Como suponía, los ojos dorados de Ginevra lo esperaban con satisfacción.

—¿Qué te pica hoy? —Erik apoyó los codos en la repisa de la ventana. Tenía legañas en los ojos y seguramente luciría una barba de dos días, pero esperaba que ella no se diese cuenta con la escasa luz de la mañana—. ¿Me llevas a los acantilados? ¿Las cuevas de Ruimish? No querrás ir al Prado de los Mil Tréboles, ¿no?

—Hoy no saldremos del pueblo. —La chica sonrió ampliamente y a Erik le dieron ganas de besarla en el hoyuelo de su mejilla—. Tienes que venir. Al mercado. Ahora mismo.

—¿Me dejarías al menos ponerme unos calzones?

—Tienes dos minutos. —Ginevra parecía a punto de estallar de pura emoción—. Te espero en el puesto del tuerto.

Erik cerró la ventana con más cuidado que antes, minimizando el ruido con la punta de los dedos. Su cabeza empezaba a funcionar con normalidad y se dio cuenta que había sido una temeridad dar golpes en las paredes sin que hubiera cantado los gallos siquiera. Sus padres podrían despertarse y pedir unas explicaciones que él no tenía ganas de dar.

Cogió aire mientras escogía unos calzones limpios. En teoría, cortejar a una chica debía de ser mucho más sencillo. Escabullirse del trabajo dos o tres veces, infiltrarse en la taberna, sentarse en el rincón más oscuro tras la barra donde podían robarse un par de besos sin que el tabernero los viera donde, quizás y con suerte, podría rozar sus enaguas con la punta de los dedos. Nadie le había advertido que tendría que desollarse las manos contra la roca desnuda mientras escalaba el monte de Stonal o que debía medir la velocidad de sus pies porque a Ginevra le había parecido una buena idea molestar a las abejas del panal más grande del pueblo.

Pero, en fin, por amor haría cualquier cosa. Y tenía que demostrarlo como fuera.


La chica se apoyó en el puesto del pescado. Aún quedaba un par de horas para que los tenderos preparasen la mercancía de venta al público, pero ya podía saborear el aroma de las especias en el viento o notar bajo sus botas el traqueteo de los caballos al pasar. Todo el pueblo estaba ahí y, al mismo tiempo, no estaba en ningún sitio en particular. Era algo que solo ella podía comprender. No sabía explicar con palabras el centenar de sabores que aparecen en su lengua al caminar por el puesto de la fruta, ese que de madrugada estaba vacío y sin vida, ni siquiera podía contener los escalofríos cuando sus ojos se posaban en el tenderete mercería y un millar de texturas rugosas y suaves y rasposas y blandas cubrían su piel. Implosión de colores infinitos. Perfumes con olores exóticos. Historias de lugares lejanos. Todo venía a ella en una sola inspiración y se quedaba en su interior marcando una huella cada vez más profunda.

Pero hoy no era el día para quedarse maravillada sintiendo la vida pasar. No. Había algo más importante que hacer.

—Siempre me pregunto qué mirarás con tanta atención. —Erik apareció por detrás y le tendió una margarita silvestre—. La he visto en el camino y… bueno, ya sabes. Para ti.

—Gracias, Erik. —Ante sus ojos, la margarita se encogía hasta convertirse en semilla y luego volvía a crecer para marchitarse en una de las heladas más frías del país—. Es muy bonita.

—Eh… —El chico se pasó la mano por el cabello corto, fruto de haber tenido piojos durante la primavera—. ¿Y qué querías?

Tenía que estar preparada. No podía dudar ahora. Debía cumplir con su destino.

—Ven, te lo enseño. —Forzó a su cara a sonreír—. Un viajero vino la semana pasada y metió un montón de huevos en el puesto del tuerto. Dijo que yo era la elegida y solo yo sabría cuándo eclosionarían.

—¿Huevos de qué?

—No tengo ni idea. —Ella destapó la tela que cubría el nido. La pequeña docena de huevos palpitantes respondió a su presencia—. Pero tenía razón, Erik. Siento que van a nacer, lo siento dentro de mí. ¿A que son bonitos?

Erik no supo qué responder. Bonitos no era la palabra que se le venía a su cabeza. Más bien eran aterradores. No era natural que un simple huevo vibrara. ¿Y esos colores? Parecían cambiar de un parpadeo a otro. Incluso parecía que una luz extraña aparecía del interior del cascarón.

No le gustaba. No le gustaba en absoluto. Era demasiado extraño para que fuera natural. El mercader ese había debido engañar a Gin para que se quedara con unos huevos de serpiente o algo parecido.

—Ginevra, esto no me gusta… Mejor vamos a buscar al tío Herb, él sabe mucho de animales.

—¿Qué crees que les hace querer salir? —La chica parecía hipnotizada mirando el nido de monstruos—. O sea, son unos bebés, ¿no? ¿Cómo saben qué es lo que tienen que hacer?

—No lo sé, Gin. Instinto, supongo. —Erik comenzaba a sudar frío en la zona baja de la nuca. Todo su cuerpo comenzaba a gritar para que saliera corriendo de allí—. Pero, hazme caso, vámonos de aquí. Ya se ocupará alguien de ellos.

Pero... un momento. Había algo en esos temblores que le resultaba familiar. Algo que había escuchado antes.

Bam-bambam-bam.

BAM-BAMBAM-BAM.

La chica clavó sus uñas en el brazo de Erik y le impidió moverse del sitio. La vibración iba en aumento. Se acercaba el momento. 

—Instinto, exacto. —Era un terremoto, pero mucho más intenso. Los temblores nacían de los bichitos y sacudían sus entrañas—. Es por instinto, solo es eso. No puedes enfadarte con un bebé por llorar en mitad de la noche o por vomitar la leche materna, ¿a que no?

—S… supongo que no.

La primera eclosión fue como respirar aire helado en medio del desierto. No lo veía, nunca veía a ninguno de sus pequeños, pero sabía que estaba ahí, reptando hacia su primera comida.

—Todo irá bien. —El primero de sus hijos llegó a su destino. Comenzó a comer a través del vientre, donde el calor corporal se mantenía mejor y los órganos eran más blandos, para que sus diminutos dientes pudieran masticar con más facilidad. Ella le tapó la boca a su víctima y lo sujetó en el suelo mientras el resto de sus pequeños salían de su cascarón—. Shhh. No llores, Erik. No pasa nada. Solo es su instinto, querido. Solo es eso.

Cuando los últimos estertores de la muerte abandonaron su cuerpo, todas sus pequeñas larvas ya comenzaban a abrirse paso por las vísceras del chico. Con cuidado, ella arrastró el cadáver hasta su choza vacía, la que nadie conocía. Allí, sus bebés podrían alimentarse y crecer durante un año entero. Un año enseñándoles a sentir con los siete sentidos, a ver la realidad desde distintos planos, a moldearse un cuerpo que sea atractivo para los humanos, a ganarse su confianza con risas o juegos o excursiones o historias de príncipes y princesas estúpidos. Luego, solo tendría que dejarles marchar para que ellos comenzasen a buscar sus propias víctimas.

Pero no estaba preocupada. Conseguirían salir hacia delante. Era su instinto.

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