El mercado rebosaba vida. La caravana se extendía kilómetros a lo largo del engañoso desierto, siempre en movimiento, trazando la misma ruta desde tiempos remotos. Carruajes movidos por bueyes, lagartos gigantes o incluso elefantes eran la norma allí. Algunos estaban conectados entre sí a través de cuerdas y escaleras, otros se unían con puentes improvisados, y los había tan inmensos que fácilmente podrían haberse confundido con castillos andantes. Aquella pintoresca procesión llenaba de color las monótonas dunas con sus exóticas carpas y bulliciosa conversación. Era un evento esperado por muchos, y considerado el más importante del año. A pesar de que los comercios más grandes pertenecían a las antiguas familias de mercaderes que iniciaron la tradición milenios atrás, vendedores locales se iban uniendo a lo largo del camino. Tanto ellos como los compradores y curiosos traían sus propias monturas, e incluso era costumbre correr y subirse a las plataformas exteriores de un salto si se contaba con la destreza física necesaria. Los trueques y las negociaciones se realizaban todas en el interior de aquel complejo de tiendas errantes, que crecía a medida que avanzaba, superando el tamaño de muchos pueblos y ciudades de la zona. También los había que venían a buscar dinero fácil. La gigantesca diligencia generaba tantos puestos de trabajo que era común estar rodeado por cazadores y mercenarios venidos de todos los rincones del mundo. Después de todo el camino estaba lleno de peligros. Peligrosas bestias y astutos ladrones acechaban en la oscuridad de la noche, atraídos por las luces y la música, esperando su oportunidad de hacerse con una parte del botín, o simplemente de llenar sus estómagos vacíos. Así era el mercado andante de Nushamad, o al menos eso era lo que se conocía desde fuera.

A pesar de que ayer fue un día nefasto Jouko no podía evitar sonreír. Las baratijas que él vendía no valían mucho, pero ya tenía una buena cantidad ahorrada. y hoy había decidido que se iba tomar el día libre para explorar. Recorrerse todo el mercado era virtualmente imposible, siempre había rincones ocultos, tiendas secretas aquí y allá que solo unos pocos conocían. Y eso sin tener en cuenta que el mercado estaba en constante evolución. Las tiendas se movían de sitio, y nuevas partes se iban anexionando a una velocidad mayor de lo que uno creería. De todos modos ser vendedor durante los últimos meses le había servido a Jouko para tener una idea general de la disposición de su zona, y sobre dónde se podían encontrar los artículos más raros y demandados. Ese día había decidido pasearse por el noroeste de la caravana. El cofre donde guardaba su escasa mercancía quedó oculto bajo unos tablones de una de las plataformas más grandes de la zona central. Su tío le había enseñado a sacarse las castañas del fuego, y le había dado un par de consejos. Entre ellos estaba aquel lugar, oculto entre dos tiendas más grandes, que Jouko usaba como escondite, almacén y dormitorio.

Sus pies corrían por las tablas de madera que actuaban como suelo, brincando de vez en cuando para evitar las brechas entre plataformas. Trepó hasta la grupa de uno de los elefantes para tener una mejor visión de los alrededores. Un gran bullicio se había formado un poco más lejos de donde se encontraba. Cuando un objeto fuera de lo común era traído al mercado atraía la atención de todos los que estaban por la zona. La curiosidad despertó en él. Llegó al suelo de un salto, y echó a correr. Pero cuando estaba a punto de llegar chocó contra un par de hombres que cargaban una gran caja de madera. El golpe mandó la caja a volar, que golpeó los tablones del suelo, abriéndose, y lanzando su interior en todas direcciones. Cinco huevos echaron a rodar, rebotando y saltando por el suelo. Los hombres que cargaban la caja estaban paralizados, parecían fuera de sí. Uno de los huevos se paró a los pies de Jouko, y sin previo aviso, explotó. Trozos de cáscara volaron, impactando en su mayoría contra Jouko, cubriéndole de una baba pringosa y espesa. Pero nada salió de su interior. La gente alrededor empezaba a darse cuenta del creciente caos. Más y más rostros se giraron a mirar. Y de pronto Jouko salió disparado, cayendo entre dos carromatos y aterrizando en la abrasadora arena, sus brazos peleando contra la fuerza invisible que le había hecho tropezar. Por suerte la gente estaba preparada para este tipo de accidentes, y pudieron remolcarle a tiempo. Sin embargo, nadie fue capaz de averiguar que había pasado con el huevo eclosionado. 

La policía local se presentó rápidamente en la escena. Y solo bastó el testimonio de uno de los testigos para encerrar a aquel pobre diablo. El huevo eclosionó y el joven se inclinó, lo envolvió con su cuerpo, y cuando volvió a erguirse estaba cubierto de babas y trozos de cascarón. Saltó de la cubierta para escapar, pero le atraparon a tiempo. 

La historia del engullidor de huevos se hizo famosa por todo el mercado en cuestión de horas. Y el culpable no iba a salir impune.

Jouko no dejaba de jurar que algo salió del huevo. Que le empujó y que forcejeó con él antes de que le rescataran. Lo repitió una y otra y otra vez. Pero eso no le iba a sacar de la cochambrosa prisión en la que se encontraba. Esos hombres que cargaban la caja trabajaban para un famoso mercader. Uno con el que era mejor evitar enemistarse. Y nadie debía haber sabido el contenido de aquella caja. Jouko clavó su mirada en la pared opuesta. Una rata correteaba de esquina a esquina, buscando alguna migaja. La sonrisa de Jouko se había borrado ya, su mirada clavada en aquel roedor que compartía su destino. Por eso no pudo evitar gritar cuando la rata colapsó, se elevó y despareció. Demasiadas cosas habían desaparecido ese día. Alargó la mano siguiendo una corazonada. Esta vez pudo contener su voz, mientras acariciaba el plumaje invisible de la bestia que ahora se había convertido en su nueva compañera.




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