Tras el Gran Incendio, solo dos documentos sobrevivieron. Uno rezaba lo siguiente:

A pesar del bullicio y el fervor mañanero, un cascabel, solo uno, le robó la vida al mercado. Los tenderetes perdieron color, las mercancías formaron parte pasiva de la escena, los vendedores mudaron sus proclamas por susurros temerosos.

El cascabel sonaba, perforando la decencia del lugar, abochornando a los que frecuentaban los comercios. La procesión de sacerdotisas irrumpió entre el gentío, que se apartaba para formar un bosque de estatuas ausentes.

Túnicas grises cubrían sus cuerpos, velos de oscuro lino ocultaban sus rostros, capuchas anchas escondían sus cabezas gachas.

La Orden del Rubor iniciaba su peregrinación, arrastrando sus pies entre puestos de frutas que perdían su color, y pescados que emitían olores ajenos al mar. Dice la historia que las mujeres de La Orden cubren todo su cuerpo como penitencia por sus pecados. Indignas de mostrarse a los demás, ocultas a la vista, pasan a ser apenas una mancha borrosa que nunca más formará parte del mundo. Una vez al año salen de su claustro, recordando a todos que el pecado vive entre ellos, viajando hasta el mar para enjugar sus pies, como si mojando su piel pudiesen lavar su alma.

Un cascabel atado del pelo de la más joven les anuncia y precede. Pero esta vez un gemido espantoso hizo girar los rostros hacia su deshonrosa llegada.

La sacerdotisa que iniciaba la marcha, por ende la más joven, recién llegada a su camino de expiación, se dejó caer de rodillas junto al puesto del pulpero. Su cuerpo se retorcía con estertores, sus gritos retorcían su velo, dejando entrever los relieves de su vil cara. El resto de sacerdotisas la rodearon conspiradoras. Como si hubiesen esperado aquel momento, como si aquel castigo a nuestro honor estuviese planeado, se pusieron a trajinar con herramientas surgidas de la nada.

Ni una palabra salía de sus bocas. Ni una mirada se atrevió a ver lo que hacían. Pero los gritos martilleaban la plaza, haciéndonos a todos los presentes estremecernos, encogernos; casi desaparecer dentro de cuerpos fingidos vacíos.

Un destello se vio entre las túnicas, un reflejo de piel pálida y un charco de penitencia.

La vieja de la mesa de tarot supo lo que venía, recogió sus bártulos y desapareció tras las sombras de su carro. La mayoría de las mujeres reconocieron aquellos gritos de dolor, las doncellas reconocieron en los hombres jóvenes los rostros de pavor, las ancianas casi olieron la esencia de la escena.

Un niño, a aquella plaza estaba a punto de llegar un niño. Fruto del pecado, motivo de penitencia, ajeno a la clemencia, era la prueba justa de por qué aquella mujer había entrado en la condenada orden. Los gritos se sucedieron en jadeos, los susurros se volvieron órdenes claras. Consuelos y súplicas vinieron de la mano.

Unas piernas impías se mostraron bajo las telas grises, débiles y temblorosas, húmedas y sucias. Indigna la escena. La gente, fervorosa, comenzó a observar, pues no querían mostrar miedo al pecado, querían hacerle frente. Si la Orden del Rubor se avergonzaba de aquello, era motivo más que sobrado para que los habitantes dignos se enfrentasen a ello. Y así lo hicimos.

Pronto las telas dejaron ver unos muslos, y entre aquellas piernas que habían caminado por sendas oscuras, comenzó a verse el horror.

Como si fuesen tentáculos, hilos oscuros de inmundicia e influjos viles comenzaron a reptar entre los muslos, abriendo las carnes entre alaridos de dolor, obrándose la desgracia que había condenado a la joven, pues sus llantos eran más de niña apenas mujer, que de mujer rogando ser niña.

Todos apartamos los ojos ante lo grotesco, pero pocos pudimos evitar volver la vista de nuevo a la crudeza. Y entonces lo vimos. De aquella matriz no surgió nada, nada más que aquellos tentáculos, que como flotando, resbalaban a unos palmos del suelo. Aquellos ríos de sangre y pecado, sin atreverse a tocar el suelo, se movían en la nada, sujetos a la indecencia, e indignos de posarse en tierra inocente. De aquella mujer no surgió criatura alguna, así lo juro, solo los lazos impuros de lo humano con el pecado.

Tal sería la indecencia que engendró a aquella criatura, que ni siquiera se atrevió a mostrarse al mundo.


Magistrado Don Escatroncio Apostasílibis. Del nacimiento de la deshonra.  



El azar quiso, que el otro documento esquivo, fuese este:

El clamor alegre del mercado decoraba la plaza como parte de su alma misma. Entonces el leve tintineo, ronroneo pulcro del cascabel, extendió su manto de silencio. Los puestos repartidos por la plaza parecieron ceder su protagonismo, todo el género expuesto a compradores (y a pillos), aguardó sumiso. Los mercaderes suavizaron sus pregones hasta convertirlos en un susurro respetuoso.

El cascabel sonaba, acariciando a cada ser presente, bendiciendo a cuantos nos encontrábamos entre puestos y carromatos.

La procesión de sacerdotisas fluyó entre la gente, que le cedía amplio paso, observando desde respetuosa distancia. El gris de las túnicas, pleno como las nubes que dan vida a los campos, se filtraba como una niebla que protege a los gazapos de las águilas. El limpio lino cubría los sacros rostros, las capuchas impedían que las auras divinas interfiriesen en lo mundano.

La Orden del Rubor, puntual, se encaminaba a su santuario marítimo para asegurar que los barcos volviesen a los puertos y los navegantes sanos.

Cuentan Las Escrituras que las mujeres de La Alta Orden reservan la imagen de sus cuerpos tan solo a La Verdad y al Culto. Tímidas como La Verdad, llenas de honra como El Culto, ofrecen su ser entero, con humilde respeto.

Cada primavera cruzaban la ciudad, exponiendo a los ciudadanos a bendiciones y milagros, recordándoles que aún hay esperanza, que hay quienes entregan sus vidas en pos de la buenaventura.

La más divina criatura, la de menor edad y mayor pureza, marchaba en cabeza, mostrando que ni la experiencia ni la sabiduría son dignas líderes frente a la honestidad.

Un leve estremecimiento recorrió entonces la procesión.

La guía de la marcha, acunada por la fe, se arrodilló entre sus conciudadanos como abatida por una visión magnífica.

Su cuerpo se ondulaba como las olas del mar, de su garganta salían ensalmos de vida, haciendo que su santo rostro guiñase a la suerte a través de su velo.

Sus hermanas pronto asistieron en su éxtasis, prestas a ofrecer su benevolente ayuda, mostrando a los pueblerinos la gloria de los afortunados. Diversas prendas sagradas corrieron de mano en mano.

No necesitaban palabras, la providencia les guiaba.

La joven volcaba su ser a través de su voz. Los que estábamos en la plaza no podíamos más que mirar a nuestros propios pies, abrumados por tan glorioso ensalmo, tan desacostumbrado entre mortales.

El fluir del agua gloriosa bendijo entonces la plaza. Con el rubor de un florecer temprano, las piernas de la sacerdotisa mostraron su humana gracia.

Como temiendo la santidad de la escena, la bruja de las cartas huyó hacia los callejones de los malnacidos.

Las mujeres contuvieron sus alientos, queriendo ser comadronas del milagro, pero aguardando por no poder abrazar la grandeza del momento; los jóvenes y las muchachas se miraron con esperanza y aires de promesas tiernas; las ancianas se consagraron al ciclo de la vida.

¡Un niño! ¡La sacerdotisa nos honraba con el fruto de su vientre! ¡Una criatura entregada al culto desde antes de su llegada al mundo! Una promesa de prosperidad, una alabanza a la vida.

Rezos y ensalmos, éxtasis y sacrificio carnal. La vida se abría paso.

Húmeda pureza y estremecimientos de gloria.

No pudimos evitar encandilarnos con el milagro, La Orden nos glorificaba, temblaba la dicha en nuestros cuerpos.

Pronto, como el fluir de un río, la luz se abrió paso entre las nubes grises. Entonces lloramos de emoción.

Al principio solo vimos ínfimos ríos de vida brotar de la dichosa, formando girones en el aire, como pequeños surcos que dibujaban el milagro. La sacerdotisa lloraba por amor. No podíamos creer lo que veíamos, pues nada veíamos, y comprendimos que veíamos todo.

Aquellos hilillos de sangre pura y tibieza sagrada no flotaban en el aire, sino que dibujaban unas siluetas, la forma de una criatura. Los incrédulos dirían que allí no había más que los rastros del culmen de la vida, pero los puros y verdaderos nos percatamos de la gracia.

Cada hilillo de vida resbalaba delatando perfiles humanos. Los influjos de la santa madre dejaban entrever lo que los ojos no percibían. Allí había un bebé, no podíamos verlo, pero gracias a la humedad que le había sustentado, podíamos intuirlo.

El bebé no era visible a ojos humanos, tan determinada estaba su alma a entregarse a La Orden que nació la criatura oculta al mundo, ofreciendo su cuerpo y alma al completo a La Verdad y El Culto. No pudo haber sucedido de otra forma. ¡Bendito sea!


Madre Sumisinda Vivesantos.

 Los Dichosos de Plaza Bendita.  


Y ahora me pregunto yo: ¿qué páginas de nuestra historia escogió escondernos el azar?

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