Como alguien más se atreva a repetir que ser madre es una experiencia maravillosa juro por la Cuatricorona que iré a la herrería, cogeré una de las hachas de Hans y dejaré clara mi opinión al respecto.

Tendrá que disculparme, señor guardia, pero es que no sé lo que me digo. Estoy cansada, empapada en sudor y con sangre por todas partes. Para colmo de males no sé si es mía o de mi hijo. Aunque, si le digo la verdad, y ahora que estamos en confianza, no estoy segura de que el crío sea mío.

Ya sé lo que va a decirme: que lo he parido, que docenas de personas han sido testigos de ello. Yo le digo que es imposible, pues no he conocido varón y no estaba embarazada. El agotamiento me puede y las rodillas flaquean. Acérqueme esa silla y le diré todo lo que necesite saber.

Me conoce. Al tomarme declaración le he desvelado mi apellido, por lo que no ignorará que mi familia es conocida en la capital. Debido a ello los domingos de mercado mi presencia no pasa desapercibida. Si ha tenido la oportunidad de pasear en alguna ocasión sabrá cómo es: Patrick exhibe ganado, Melinda «la bigotes» despacha fruta y verdura, Mánolo «el mollejas» grita las bondades de sus filetes, Gingivitis opera el cráneo a todo aquel que sufre migrañas… No me mire así, caray. Si ya estaba al tanto de la actividad del mercado me lo dice, de mil amores interrumpo mi relato y voy directa al incidente.

Venía con la intención de ponerme al día de las últimas novedades en moda. Ágatha estrenaba su colección de otoño y tenía el antojo de hacerme con un par de sus creaciones. En las semanas anteriores adquirí vestidos, abrigos y ponchos de excelente calidad. El invierno se acerca, ya sabe.

Paseaba cuando, de repente, me sentí cansada. Un calor sofocante me invadió, por lo que me encaminé a la fuente de la plaza central para refrescarme. Sin embargo, no llegué a probar el agua. Las entrañas se removieron y sentía como si me quemara por dentro. Me mareaba y apenas podía tenerme en pie. Grité y pedí auxilio. A partir de ese momento, los recuerdos son confusos. Por ejemplo, no sé cómo terminé en el suelo. Antes de abrir los ojos sentí el tacto de la piedra y la arena de la plaza. Tal vez me desmayara. El dolor, no obstante, era cada vez más agudo. Apreté los dientes y alcé la vista. Una pequeña multitud se había congregado a mi alrededor.

En cuestión de segundos mi tripa se hinchó y algo pataleaba y arañaba dentro. Patrick se acercó atento y me aseguró que no se separaría de mi lado. Ágatha trajo unas toallas con flores bordadas para acomodarme y Melinda tomó mi mano y me susurraba palabras tranquilizadoras. «Todo va a salir bien. Tú solo empuja».

Y vaya si lo hice. Aquello era cosa de brujería, sin duda, pues nunca vi o sentí cosa parecida. Me costaba respirar, como si una mano me oprimiera pecho. Me palpitaba la sien. Y lo que sentía de cintura para abajo, me va usted a perdonar, pero me lo guardo para mí. Baste decir que todo terminó. Debí estar horas allí tirada. Sin embargo, cuando expulsé a la criatura la situación se volvió más extraña aún. Se escuchaban llantos de recién nacido, mas allí ningún infante había. Ante lo extraordinario del suceso el populacho se arremolinó para ver, sin éxito alguno. Me puse a cuatro patas como buenamente pude, palpé el suelo en búsqueda de algún ser… Nada.

Por eso afirmo que, dado que mantengo mi honra intacta, todo fue una ilusión. Ningún nacimiento ha tenido lugar hoy. He sido humillada por magia de la más rastrera. Soy una víctima. Así que se lo ruego: cojan al malnacido que me hechizó y que ha nublado los sentidos de las buenas gentes de Sílgover, y ojalá le cuelguen de la torre más alta.


Yo le prometo a usté que no sé a qué viene tanto revuelo, señor soldado. Le acompaño al cuartel encantá, pero es que no me quedo tranquila si dejo mi puesto desatendío. La gente de esta ciudad son malnacidos o delincuentes. No, usté no, descuide. Se le ve en la mirada que es buena persona. Recuerde que me ha dicho que va solo a tomarme la declaración esa. No quiero líos, ¿eh? Tal vez haya escuchao rumores sobre que si me metí en una pelea con la Ágatha, que si prendí fuego a la barraca de la Emilia… Es la envidia la que habla, se lo aseguro.

Oiga, ¿la que sale del cuartel no es Adela «la candela»? Si no le importa, prefiero esperar a que coja calle abajo y que no me vea. No por na, pero es que tras lo que le ha pasao en el mercao estará ofuscá. Mire, ya tenemos vía libre. Para estar recién parida bien que apretaba el paso, ¿verdad? Ande, vayamos dentro y tenga la bondad de ofrecerme un vaso de vino, que tengo la lengua que parece la suela de una chancleta. La vida de una honrada verdulera no es sencilla.

La verdá es que con un par de tragos y el calor de la habitación a una le entra un sopor que ya ya. No se me preocupe. Le dije que le contaría to lo acontecío hoy y se lo voy a relatar con pelos y señales. Ya dejé caer antes, cuando estábamos camino, que la cosa no era pa tanto. A ver, entiéndame. Es que yo he visto a hombres desmembrar dragones y a dragones desmembrar hombres. Más lo segundo que lo primero, no nos engañemos. Total, que he presenciao magia blanca, magia negra, magia morada y magia rosa palo y, a mi edad, es complicao sorprenderme.

De buena mañana vi como la señorita Adela llegó al mercao. No es que fuera clienta habitual, pero durante los últimos meses gustaba de venir. La mujer madrugaba para encontrarse con la menos gente posible, ya se lo digo yo. Daba unos paseos por los puestos, aunque una ya sabía dónde iba a dejarse los cuartos.

Las rupias las apoquinaba en el puesto de la Ágatha, que es una infeliz que dice que tiene nombre de piedra preciosa y es más fea que un kraken vuelto del revés. Por mi frutería solo pasaba a tocarme el género y, a veces, cogía alguna manzana, la olía con los ojos cerraos y la volvía a dejar en su sitio. ¡Será desgraciá! Ay, que me pierdo y me voy del tema. Deje que dé un sorbito más de tinto que tengo el gaznate más seco que el escupitajo de una momia.

Todos los domingos compraba amplios vestidos, pañuelos y abrigos, y cada semana de una talla más que la anterior. Con el paso de los meses me fijé en lo gorda que estaba, en que tenía los andares cada vez mas lentos y los tobillos más rechonchos. Decía que tenía un problema con el metabolismo, la jodía. Lo que tenía era un bombo que de los que cuesta horrores ocultar. Que la llaman «La candela» porque echa fuego entre las piernas, señor mío. Aunque una cosa es que hagas honor a tu mote y otra muy distinta es que te quedes preñá sin marido. Ya sabe cómo se las gasta la familia de la joven. Si se llegan a enterar de que la pequeña de la casa esperaba un churumbel, la ponían de patitas en la calle. Y más cuando la preguntaran quién era el padre, porque mire que dudo que supiera contestar a eso, la muy golfa.

Total, que se puso de parto. He asistío a varios y este ha sido rápido y sin muertes, lo que ya es un logro. Se tiró al suelo haciendo teatro del suyo; Patrick vino a asistirla, que como tiene experiencia con los partos de sus yeguas y sus vacas, sabe qué hacer; la modista vino con unos trapos inservibles y yo me acerqué a la muchacha y le susurré al oído lo que me salió del alma: «Despojo inservible. So puta».

Entre berridos y sofocos la criatura  llegó al mundo. La gente corría de un lado a otro, las beatas se santiguaban, las caras se les desencajaban… «No hay nadie», decían. «¡Es invisible!»… Mire que hay que ser cenutrios. No era un crío como los demás, o eso alcancé a ver, pero estaba cubierto de sangre, así que esta delataba su presencia. Después, cuando la limpiaron con un trapo, al pequeño ya no se le pudo seguir la pista. No digo que no fuera invisible, ojo. Ya le he contao que cosas más raras se han visto. Si esa calentorra se ha tirao a medio reino habrá yacido con brujos, magos, monstruos y publicistas. Y no quiero ser malpensá, es solo que resulta demasiao conveniente que un hijo no deseado se desvanezca como por encantamiento, ¿no le parece?

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