Hoy es un día nublado y un poco frío, de los que me gusta disfrutar paseando. Además, es mi cumpleaños. Ya es una costumbre que el día que cumplo años vengo al rastro a dar un paseo, si es que ese día coincide como hoy en festivo, ahora mucha gente le llama mercadillo o mercado, yo le digo rastro, como siempre se ha dicho, lo recorro de cabo a rabo, me encanta zambullirme entre los puestos, respirar el aire animado y observar, sobre todo observar sin ser observada. Los días nublados son mis preferidos, siempre he sido rarita. Mi madre ya me lo decía: «si no fuera porque te he parido yo, diría que no eres hija mía, con lo que a mí me gusta el sol». Mi padre sin embargo no me dice nada, de hecho no dice nada desde que nací, se quedó mudo de la impresión y a los pocos días lo ingresaron en un psiquiátrico, no ha vuelto a hablar desde entonces. Yo nací aquí, en el rastro, por lo que me contaron fue un parto prematuro, mi madre empezó a romper aguas en esa esquina de allí siendo yo un feto de siete meses. .


     «¡Bragas, bragas!, ¡rojas verdes y amarillas! Si lo que quieres es mojar, ¡tanga rojo te has de llevar! Si eres pura y casta, ¡con la blanca basta! Para una noche elegante ¡braga negra por delante! Oiga señora ¡Bragas a un euro!» –grita un gitano detrás de un mostrador desmontable, lleno de coloridas bragas, sujetadores y pizarras escritas con graciosos mensajes de tiza blanca.


     Aquí en este rinconcito es donde nací. Me gusta quedarme parada un rato en este mismo lugar, inspirar aire e imaginar ese día hace veinticinco años. Mi madre tumbada en el suelo, con fuertes dolores y contracciones con mi padre de rodillas cogidos de la mano, seguro que con un buen corro de curiosos alrededor. Después de unos cuantos empujones me gustaría poder ver la cara que pusieron todos cuando me asomé a la vida. Una niña normal y corriente, si no fuera porque nací siendo invisible y así sigo a día de hoy. Es una peculiaridad muy extraña, ni me quejo ni me alegro de ello, simplemente ha sido así. Como todo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes, está claro que no puedo hacer una vida normal, no puedo tener un trabajo normal. Pero claro, es que no soy normal, soy invisible y eso es algo que también tiene muchas ventajas. Tengo que reconocer que de niña lo pasé mal, no podía relacionarme con otros niños y no tuve amigos, pero a mis veinticinco años ya he superado todo eso y disfruto de mi invisibilidad. 


     «¡Calcetines, calcetines! Altos bajos gordos y delgados, azules negros y de colores ¡Tres pares dos euros! Tenemos el calcetín perfecto para el caballero selecto» –grita el vendedor vecino del de las bragas.


     Tengo que reconocer, que alguna vez me he visto tentada de aprovechar mi condición de mujer invisible. Como carterista hubiera sido insuperable, pero mi madre se molestaría y lo que más quiero en el mundo es a mi madre. También podría ser protagonista en el programa cuarto milenio de Iker Jimenez, pero así vivo muy tranquila. 

     No dejo de preguntarme porqué soy invisible, parece algo increíble y por más vueltas que le he dado, no he hallado respuesta. Ni siquiera en google.


     «¡Toallas, toallas! Grandes y pequeñas, de ducha y de playa. ¡Para el payo y la paya!


     Allí al fondo de la calle hay una mujer que me está mirando. No puede ser, cambio de acera y me sigue con la mirada. Se ha quedado paralizada, pero más sorprendida estoy yo. Me acerco hacia ella. Es una gitana vieja, con delantal sucio y pañuelo negro en el pelo, lleva un ramillete de romero en la mano e intenta huir al acercarme.


     –¡Alto, eh para! –le digo.

     –Déjame en paz –me responde la gitana, volviéndose hacia mí con cara de incredulidad, la misma que debo de tener yo ahora mismo.

     –¿Puedes verme? –le pregunto.

     –Claro que puedo verte, eres clavadita a tu madre –me responde.

     –Soy invisible, nadie me había visto antes. ¿Conoces a mi madre?

     –yo sí puedo, soy la única en el mundo que puede verte. Cuando lo hice no pensaba que la maldición fuera a funcionar. De verdad que lo siento mucho.

     –Te acabo de preguntar si conoces a mi madre.

     –Asín es, conocí a tu madre el día que te parió –respondió la gitana–. Le leí la mano, le predije su futuro y ella se rió y no quiso pagarme su suerte. Así que la maldije: «¡Que lo que llevas en el vientre nazca aquí en el rastro y que no lo puedas ver jamás, ni tu ni nadie menos yo!». Acto seguido rompió aguas allí donde estabas parada.

info.comments
  • 0 comentarios

popup.comments_logged_in