La primera historia que Eyra me contó me daba miedo, pero hasta mucho después no supe entender por qué. Era la historia de un antiguo Yggdrasil sagrado cuyas dos únicas y gruesas ramas ascendían hacia el cielo para luego curvarse sobre sí mismas, sosteniendo, cada una en el interior de su espiral, un único fruto grande y ovalado, de un intenso color rojo. Aquellos dos frutos tenían el poder de dar la vida, pero comer su carne estaba prohibido: a lo único que podían aspirar los guerreros que acudían desde todas las partes del mundo era a beber su delicioso jugo, que el propio árbol se encargaba de ordeñar cada cincuenta años. Así se sucedían los inviernos, pero un día ahora remoto se libró cerca del árbol una batalla que dejó tras de sí un gran reguero de cadáveres. La muerte atrajo a los cuervos que, hastiados de carne humana, volaron hasta el Yggdrasil. Los peregrinos les advirtieron que era sagrado, que incontables nidstang recaerían sobre quien probara sus frutos. Pero el cuervo más grande había quedado hipnotizado por el color de aquellos ópalos, por la tersa textura que se adivinaba bajo la piel de la superficie. Esperó a que los peregrinos estuvieran distraídos y se abalanzó sobre uno de los frutos, picoteando su carne sin mesura hasta prácticamente devorarla por completo. 

“¿Por qué sonríes?”, me preguntó Eyra, enigmática, al terminar su relato. A esas alturas ya debía saber que nada bueno, hermoso ni digno de celebraciones podría emerger del fruto de una profanación. “A veces eres muy estúpida”, me dijo. Pero aquella historia se había grabado en mi cabeza, tan inexplicable como profundamente. Noche tras noche soñaba con aquel fruto de corazón palpitante de ámbar, con las sinuosas grietas que la pulsión vital de esa alimaña anónima trazaba en la superficie escamosa.

“¿Y nunca has llegado a ver lo que emerge del fruto?”, me preguntaba Eyra por la mañana. Yo siempre le decía que no. Siempre le mentía. Porque en realidad, el fruto de mi sueño sí que había resultado tener una forma humana: veía sus brazos y sus piernas viscosas y desnudas, la larga cabellera oscura cubriendo por completo su rostro. Y cuando alzaba sus agarrotadas manitas para apartarla igual que apartaría una cortina…

Siempre llegaba la hora de despertar.

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