Cualquiera que se detuviera al filo del peñasco no se daría cuenta, la única pista sería el ruido de las olas pegando debajo. La oscuridad era singular en aquel sitio y tiempo sin nombre y sin más vida que un fresno de pocas hojas y una cabra bruna y carente de energía.

Con el tiempo el vendaval incrementaba su fuerza, la temperatura disminuía, la lobreguez ennegrecía y el gran fresno permanecía inmutable reconfortado con la compañía de la cabra que se acostaba en sus raíces. El árbol le correspondía arrojando de vez en cuando algunas hojas que su compañera saciaba cuando su oído le revelaba su caída. Despertar, saludar a la luna, comer, defecar y esperar en la penumbra hasta quedarse dormida. Así era la rutina de la única vida que acaecía, sin embargo aquella noche la cabra la rompió.
    Yacía a la orilla del risco con la nariz escarchada por el viento recio y frío que la congelaba, resignada con la barbilla recostada sobre sus patas, esperando el final que, no sabía hace cuánto, quería que llegara. Había vivido tanto y tan sola que ya nada le quedaba más que dejarse envolver en el crepúsculo. A su espalda, la luna menguante apenas visible, la observaba con nostalgia cada vez menos refulgente, como queriendo desaparecer con ella.
    El fresno extrañó a su compañera. Tiraba astillas, hojas y hasta ramas, pero la cabra no respondía. El gélido ambiente la arrebujaba al igual que la nevisca que poco a poco atoraba cada uno de sus músculos. Impávida se mantenía con constantes parpadeos flojos aguardando lo que creía ser el fin del mundo, o al menos el suyo. Y cuando su corazón y sus párpados entregaban sus últimas revoluciones una luminiscencia borrosa apareció debajo del escollo.
    La cabra se levantó rompiendo el carámbano entre sus rodillas y se percató del reflejo, abajo en las tinieblas del mar. El gran fresno parecía arder en llamas cuando en realidad nueve esferas luminiscentes colgaban de la punta de sus ramas. Se acercó sigilosa y de pronto los globitos empezaron a caer. Una fogata comenzó a crearse alrededor del árbol a pesar de la corriente. La cabra espantada corría a su alrededor olvidando su esperado destino, intentando apagarla cuando a su lado emergieron siluetas grandes y pequeñas que cantaban y bailaban alrededor del fresno. Las llamas manaron hasta llegar al cielo y después de un estrepitoso trueno la luna borró su rastro y una enorme estrella redonda y caliente coloreó el horizonte. La fogata amainó y de las cenizas surgieron duendes, gigantes, elfos, humanos y hasta dioses que se abrazaban e intercambiaban pequeños obsequios todos distintos y peculiares.
Asombrada la cabra observaba. Y pudo ver que dentro de cada esfera había alguien como ella, distinto físicamente pero similar en su alma, que le agradecía por haber cuidado de aquel árbol como su vida.
De ese momento en adelante esperaba sin miedo la penumbra sabiendo que con ella venía el inicio de nuevos días.

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