El cielo se ensombrece, en la chimenea crepitan las llamas sobre un gran leño que arderá hasta la mañana. Huele a pan recién hecho y a las ramas de serbal que adornan los dinteles. Huele a dulce y a la cera de las velas que no se apagarán hasta que hayan pasado los doce días del Yule. El calor me hace sentir soñoliento y pesado, hecho de hierro. Se me cierran los ojos y de pronto la habitación gira y gira y me devuelve a una noche fría de invierno que no es esta, a una noche diferente, en otra vida, cuando cruzaba los cielos con la gran diosa Freya y su carro de combate. Entonces mi nombre era también otro: Trjegul, el árbol de ámbar dorado, y yo no le temía a nada. Juntos, Freya y yo, sobrevolamos mares y tierras, bosques y estepas y el mundo gira y gira y ya no estoy con ella. Estoy hablando con un trol, uno bastante feo y tremendamente tonto. El muy estúpido se queda hablando conmigo hasta el amanecer. No sabe o no recuerda que, con la luz del día, se convertirá en piedra. Y así ocurre. Después, un rasgar del aire, un movimiento del cielo y el trol desaparece y también la luz y es ahora otra noche, en otro tiempo, cuando mis pasos sirvieron para forjar la cadena de Gleipnir que mantuvo a Fenrir bien atado. Ahí está, todo gruñidos y maldiciones, una bestia imparable sostenida por hierros que llevan mi sello. El mundo se agrieta y se contrae y quienes me acompañan ahora son los jotun, los gigantes de hielo, antes de ser derrotados por los dioses. Me empujan al interior de una jaula. Hablan con alguien. Hablan con Thor. Quieren que levante la jaula en la que estoy. No puede. El gran Thor solo consigue izar una de mis patas. Ahora soy una serpiente. Soy Jormungandr. Me siento fuerte, vivo, invencible. El mundo se detiene, se quiebra, se resquebraja. Estoy en un langskip, un barco largo de casco trincado en el que viajan gritos de guerra y barbas espesas. Hace frío y huele a sal y a viento. Volcamos y el mar es de pronto el cielo y el firmamento un mar inalcanzable. Abro los ojos. Me golpean el brillo de un fuego vivo, el olor a pan recién horneado, una fragancia a cera derretida y a serbal.

—¿Ha comido el gato? —oigo decir—. Está maullando entre sueños como un loco.

Estoy en casa, con mis humanos torpes, que no saben quién soy ni conocen mis vidas pasadas. Llevo cinco consumidas y esta es mi sexta. Desconozco qué ocurrirá en las tres que aún me quedan. Pero mi humana torpe tiene razón y ahora lo que tengo es hambre.

—Una latita de atún estaría bien —maúllo mientras me hago una bola de pelo junto al fuego—. De esas que sabes que me gustan.

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